sábado, mayo 03, 2008

elogio funebre de la amistad cuento de moran

Elogio fúnebre de la amistad

SALTARON DEL vehículo con toda seguridad disparando y cargando con ansiedad esos cartuchos letales hasta quedarse ciegos

GREGORIO MORÁN - 22/10/2005


En el mundo antiguo la amistad estaba muy por encima del amor. Quizá hemos ido perdiendo ese sentimiento fecundo, pletórico de entusiasmo, ajeno al placer y muy distante de los recovecos que exhiben el erotismo, la pasión y todo lo que nos conduce indefectiblemente a lo posesivo de una relación de pareja. La amistad es algo parecido al primer ejercicio solidario del ser humano en su tránsito del animal salvaje al individuo societario. Dicho con brusquedad: la amistad es un estadio de sentimientos donde el sexo no ha volcado su carácter excluyente. El amigo es un pariente voluntario, libre, querido, sin ningún apego a las obligaciones de la sangre que marcan a la familia. Es decir, una relación basada en la libertad. Es posible que sea por esto que la amistad produce un arraigo que supera matrimonios, divorcios, enfermedades y sufrimientos. En definitiva, la amistad es un sentimiento ajeno a la religión y a las relaciones de poder, de sangre o de fe. Un sentimiento laico, difícil de encontrar en la Biblia y en los libros sagrados.

Por eso cuando Jaime Pié Estaún y Jorge Torralba Gállego cenaron la noche de vísperas del 12 de octubre, con toda seguridad debieron asumir sus vidas cotidianas con la misma seguridad de siempre. Eran del mismo pueblo, tenían la misma edad, con apenas tres años de diferencia, se conocían se podría decir desde el vientre de sus madres porque todo había trascurrido siempre en el reducido ámbito de la costumbre inmemorial de Loarre, una pedanía de Huesca con castillo, donde la gente apenas si habla con el acento aragonés a menos que viaje a la ciudad y se tenga a resguardo la consideración de extraño.

Murieron de sangre y bala en una mala madrugada otoñal, de esas que tanto gustan a los cazadores con el dedo duro de la espera y la experiencia.

Me los imagino tranquilos, entre la carne abundante del condumio, un vino espeso, unas copitas que antes decían de cazalla e ir haciendo tiempo hasta que la Luna se apagara, la noche estuviera cerrada y apareciera esa sensación que acompaña a los cazadores de sangre caliente por vivir las horas previas al momento de empezar, como si fuera una ceremonia iniciática, muy común en el fondo y en la forma, pero donde el gusanillo que da la escopeta al lado y la seguridad de que caerán piezas muy grandes, vistosas, imposibles en tamaño y cantidad a menos de un milagro, de esos que luego se exhiben en forma de cabeza con colmillos sobre una madera de roble encerado en la pared principal de la sala menos usada de la casa.

Furtivos. La crónica oficial asegura que se trataba de furtivos, y uno, apenas conocedor de los hábitos rituales de la caza, no puede menos que sonreír porque no hay cazador que se precie que no tenga en el fondo un ánimo de furtivo. La caza es un ejercicio que la civilización ha convertido en deporte sin haber perdido la ambición de ser furtivo, de ser único, de cazar allá donde nadie puede o debe o conviene. En todo cazador hay algo de final de la especie, hay algo de quien, puesto en el brete de pillar la última pieza o quedarse quieto para bien del departamento administrativo que cuida las especies como si se tratara de un zoológico imposible, puesto en este dilema que enfrenta al depredador que hay en todos nosotros y al ilustrado que se esconde en todo exquisito con morral y rifle montonero con mira telescópica, siempre vence el lado de la sangre. O lo que es lo mismo, en casa o en una discusión civilizada a la hora de la sobremesa y alguna copa, todos somos impecables defensores del futuro y de la conservación de las especies, incluida la nuestra, pero puestos a pie de monte, entre el zarzal y la duda, disparará porque la pulsión se le hace insoportable.

Cuentan que Jaime Pié y Jorge Torralba, del pueblo de Loarre, en el Aragón de Huesca, salieron de noche avanzada para pillar una manada de jabalíes que solían retozar impunes en unos jarales de las lomas vecinas, y además propiedad de uno de ellos. No tiene nada de malo, al contrario, que se hubieran cenado bien y que con sus dosis de ansiedad esperaran la hora maldita en que decidieron que sería mejor para encontrarlos dormidos o en espera del olor inconfundible del animal-hombre que detectan los jabatos a muchas millas, porque nosotros desde hace siglos viajamos perfumados y sin apenas darnos cuenta de que hemos perdido el vulgar aliento del sudor corporal sin ejercicios, como secreción salvaje que nos hacía disimular entre la naturaleza.

Aseguran que no fue más tarde de las tres de la madrugada cuando se adentraron con el todoterreno hacia la pendiente que domina la vaguada y que, según parece, se encontraron así de frente con los jabalíes hirsutos y desvelados por aquellos intempestivos visitantes. Lo menos importante era la veda, el carácter furtivo de la cacería, lo realmente grave es que el efecto sorpresa fue de los muchachos por encontrarse a los animales dispuestos a no dejarse cazar en la indolencia, porque operaciones así se hacen y se han hecho siempre en todos los pueblos con tácito reconocimiento de todas las autoridades. Como nunca pasa nada, nunca hay efectos secundarios, ni denuncias, ni mala sangre. Sobran jabalíes y hay ganas de más para cobrarlos. Pero ahí empezó la tragedia.

La película más simbólica del siglo XX en España no creo que sea ni Viridiana de Buñuel, ni Calle Mayor de Bardem, ni la bienvenida frustrada al señor Marshall, de Berlanga. Mi memoria cinéfila me dicta que fue La caza,de Carlos Saura, porque sucede como en una ceremonia obligada de reconocimiento histórico, de lo que fuimos y de lo que somos capaces de hacer cuando la sangre hierve, el calor aprieta y las frustraciones saltan como conejos enloquecidos. No me cuesta imaginar lo que debió de ser la llegada de Jaime Pié y Jorge Torralba, veinteañeros, a una poza del terreno donde los jabalíes estaban ansiosos de escapar y quitarse de encima a los intrusos, y al tiempo el nerviosismo de encontrar allí a la manada, a pocos metros del vehículo, a tiro de piedra como quien dice, tanto que aseguran que Jaime empezó a disparar sin bajarse del todoterreno y que mató a uno o dos, lo cual se traduce en que llevaba la escopeta cargada ya, o que lo más probable lo hizo a toda prisa, sobre el asiento, echándole al arma cartucho de posta gruesa, una munición tan prohibida que no hay cazador que no la lleve encima por su eficacia mortal en animales de piel blindada.

Saltaron del vehículo con toda seguridad disparando y cargando, disparando y cargando esos cartuchos letales, o sencillamente poniendo bala expansiva, que la información no lo precisa ni falta que hace, pero lo cierto es que el momento que vive el cazador con las fieras delante se desvela indescriptible y uno se altera de tal modo que no hay razón vital ni nada que frene la ansiedad de cargar y disparar hasta quedarse ciegos. La pólvora nubla los ojos más que cualquier humo peliculero y se dice pólvora a todo lo que sale de la boca de un arma mortífera. Me produce una emoción sin cuento el pensar ese instante en que Jorge Torralba retirando la escopeta del hombro contempla espantado a su amigo tumbado en la postura más inverosímil - siempre el que cae de bruces adopta la postura imposible e inadecuada en cualquier reconstrucción-. Desde que leí la noticia no he podido menos que imaginar la escena porque es brutal y sencilla y natural como una historia antigua, de aquellas que cantaba Homero o los bardos anónimos e inconmensurables. Jorge Torralba, de veinticinco años, soltando el arma y despreciando animales, noche, ansiedad y destino, afronta que ha matado al amigo de un disparo casual, torpe, avieso.

Primero darle ánimo y hacerse a la idea de que ha sido un accidente, que una mano médica y una urgencia bien llevada le salvará de la pesadilla, del horror de algo que tiene que ver con el destino, que es ciego y canalla, pero apenas trató de levantar su cuerpo arrastrándolo hacia el vehículo y darse cuenta, esa percepción que tiene el cazador por muy joven que sea de que las balas matan y que la muerte se percibe con apenas tocar una carne herida en el sencillo gesto de agarrarla. Me emociona pensar en ese instante. Sudoroso y frío, porque las secreciones del espanto son de hielo, viendo allí a lo que ya no puede recuperar, a lo que ha perdido para siempre, a lo que no puede revivir por más que llore o grite o apele a dioses y milagros. Solo ante el horror del MESEGUER destino que él ha ejecutado, como un dios involuntario e implacable.

¿Se sentó? ¿Fumó ese maldito cigarrillo casi póstumo con el que los desgraciados tratan de ganar el último aliento de la vida? ¿Echó mano de la petaca para darse un postrero calor que le avivara el pecho? Lo único que sabemos es que descargó el arma del amigo, como quien rubrica que este asunto es ya suyo y sólo suyo, le cruzó las manos sobre el pecho con ese respeto ritual hacia la estética mortuoria, y agarró el móvil. ¿Cuánto tiempo de tortura insufrible debió de sentir antes de echar mano del aparato?

No es difícil imaginar que cada segundo debió ser eterno, que la angustia debió desgarrarle los cojones a falta de alma que le llegara a la boca, allí, exhausto, a merced de una noche que amenazaba espantosa, ante un panorama sombrío de animales peludos y sangrantes tendidos por el terruño húmedo, en esa zona de Huesca la noche trae más escarchas que lunas. La soledad de un muchacho que acaba de matar a su amigo y lo tiene todo delante, el muerto, el coche, las escopetas, los jabalíes, la oscuridad y el silencio.

Llamó a la Guardia Civil para decirles que había matado a su mejor amigo, que iba a dejar las luces del todoterreno encendidas para que los localizaran, que habían ido a abatir a una manada de jabalíes que tenían localizados desde hacía tiempo, que en el rifirrafe de la matanza se le había desmandado una bala asesina y que su amigo estaba tumbado en la penumbra, que se llamaba como se llamaba y que era del pueblo, y que se tomaran el tiempo con tranquilidad porque el sitio era escarpado y a él le quedaba aún una cosa por hacer. Luego llamó a su madre para despedirse, una de esas llamadas que se hacen sin dar tiempo a preguntar, como para dejar testimonio, como una rúbrica enrevesada en una carta muy breve. Se metió el cañón en la boca y cerró la vida. Entendió que no hay modo de explicar a nadie lo que es el destino cuando se tuerce. Un gesto. Eso hizo, nada más. Las lágrimas no sirven para lavar y tampoco era un tipo capaz de satisfacerse con una disculpa que aseara la desgracia. Hay quien asume que la vida sólo tiene sentido cuando se la merece. De ser familiar, pariente o amigo de Jorge Torralba Gállego, me sentiría orgulloso de su dignidad intachable.

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