La Plata, llamada ciudad de los Tilos,sur del continente americano, ciudad planificada en el siglo XIX que zanjó un histórico problema ,obra de la creatividad del Ing.Benoit. Su principal avenida bordeada de Tilos, un hermoso eje arquitectonico y una gran riqueza arborea. Desde aqui reflexiono a veces y colecciono articulos de mi interes, videos, canciones que tal vez pueden ser compartidos por otros
sábado, mayo 03, 2008
valores
A la hora del cambio de milenio, el filósofo Alain Finkielkraut, un verdadero humanista, evoca para Label France la necesidad de preservar cierta idea de la transmisión, el valor de la nostalgia y la humildad, insiste en la transcendencia de las obras, la utilidad de las naciones, y denuncia los espejismos del multiculturalismo, de la técnica y del futuro. Unas saludables palabras en los albores del siglo XXI1. Entrevista.
Label France: ¿Cuáles son los valores más importantes que debemos conservar y transmitir?
Alain Finkielkraut: Antes de pensar en los valores, para mí, lo esencial sería que pudiéramos transmitir cierta idea de la transmisión. Debo confesar que me preocupa bastante la fascinación que provoca este cambio de milenio en todas partes, ya que pienso que traduce una extraña impaciencia y la idea de que lo importante ante todo es adaptarse a los cambios. Sin duda, hay que prepararse, pero si nos dejamos llevar completamente por este entusiasmo, corremos el riesgo de llegar a la paradoja según la cual lo único que debe transmitirse, ¡es el futuro!
Ahora bien, la idea de transmisión se basa precisamente en el hecho de que el presente no tiene respuesta para todo. El presente en sí mismo, o concebido tan sólo como una apertura hacia el futuro, es una prisión. Debemos saber distanciarnos de nosotros mismos, y lo realizado en el pasado puede ayudarnos a ello. Entonces, es importante ocuparse antes de las obras que de los valores, sobre los cuales todos estamos de acuerdo: la igualdad, la libertad, la fraternidad o la tolerancia. Ya que existe un valor especialmente frágil, el de la comprensión del mundo humano, que pasa por la lectura de las obras. Por ello, diría que habría que legar una exigencia de transmisión y un valor esencial, la pasión por comprender.
Esta fidelidad hacia lo heredado, central en su última obra que denuncia la "ingratitud" de nuestro tiempo con respecto al pasado, ¿no es acaso una forma de nostalgia que podría impedirnos avanzar?
No se trata de una nostalgia del pasado como tal. De todas formas, creo que la nostalgia también tiene su lugar. Me sorprende el odio que despierta este sentimiento. Y sin embargo, como lo demostró magistralmente Jankélévitch, se trata de un sentimiento humano. Gracias a la nostalgia, nos sentimos unidos a detalles insignificantes porque éstos nos recuerdan momentos que no volverán. Puesto que el tiempo es irreversible, el pasado como tal es objeto de nostalgia. Abramos las puertas a la nostalgia y dejemos de vivir a la espera de un futuro mejor. El tecnicismo reinante desearía convencernos de que la nostalgia no sirve para nada. Es posible, pero forma parte de la humanidad del Hombre.
"Aceptemos la dimensión temporalde nuestra existenciaen toda su amplitud"
Pero cuando hablo de transmisión, quiero decir que existen obras del pasado que se desligan del pasado al que pertenecen. En Occidente, hemos desarrollado una cierta idea del clasicismo que consiste en pensar que estamos inscritos en un tiempo histórico, pero que existe una posibilidad de comunicación alrededor de significaciones concebibles más allá de la Historia. No se trata tanto de cultivar el pasado, sino de que la relación entre los hombres no esté completamente sujeta a la Historia.
¿En qué se diferencia lo escrito y la cultura libresca de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación?
En mi opinión, no se trata ni de diabolizar estas nuevas tecnologías, ni de idolatrar lo escrito. Pero creo simplemente que, a pesar de la mutación que se anuncia, hay que defender el libro. Se alaba la interactividad de Internet. Ahora bien, no la necesito para reflexionar o pensar cuando leo a un autor. Hoy en día, se está asimilando comunicación e interacción. Y el libro niega esta asimilación. No hay ninguna interactividad con un libro. Es una forma de comunicación extraña, una curiosa conversación con alguien que, en cierto modo, no habla, que ha dado lo mejor de sí mismo y sobrevive a través de sus obras.
Por otra parte, el texto que se lee en un libro tiene un orden, una autoridad. Uno puede arrancarle páginas, pero no convertirlo en una "máquina", donde podemos seleccionar sólo lo que nos interesa, todas las ocurrencias de tal o cual tema, como lo permiten los objetos multimedia. El libro tiene un peso, una heteronomia, un hieratismo que se impone a uno. El libro no es flexible y no es interactivo. La interacción no debe serlo todo en la comunicación. Ya que si lo fuera, no comunicaríamos más que con los vivos, lo que sería una barbaridad.
Según usted, ¿cuáles son los límites de estas nuevas tecnologías?
El móvil e Internet, por ejemplo, son muy útiles y nos permiten obtener mejores resultados, pero nada sustituye el silencio de la reflexión solitaria. Si el valor esencial de los europeos es la autonomía, ¿cómo ser autónomo cuando se está en estado de interactividad permanente? Uno sería una buena persona cooperativa, pero no forzosamente un espíritu libre.
Además, la conversación animada alrededor de una comida con amigos tiene un encanto y una singularidad que estas máquinas no pueden remplazar. No perdamos de vista la importancia de la amistad frente a esta comunicación generalizada. Por último, la técnica ha abolido la distancia. Es una realización extraordinaria, pero cabe el riesgo de que se pierda el significado del mundo en este mano a mano entre el individuo con la globalidad. El mundo no es forzosamente lo que nos dice esta forma de la mundialización, ni sólo redes. Es también territorios, naciones, paisajes.
Por otra parte, parece que todos los eventos políticos, desde el principio de la guerra en la antigua Yugoslavia en 1991 hasta la actual conferencia de la OMC en Seattle, nos recuerdan el peso de las cosas, a nosotros que siempre estamos olvidándolo. Sí, hay territorios, sí, hay adhesiones, sí, la cuestión de las fronteras sigue siendo capital, sí, también hay agricultores y paisajes.
Hubo una época en la que había que ver más allá de esas fronteras, de esos distritos. El cosmopolitismo del pensamiento de las Luces, en el siglo XVIII, encarnaba esta aspiración, esta necesidad del individuo de desligarse de los prejuicios de la tradición, en particular para alcanzar valores universales. Ahora, se trata de desligarse de otras evidencias. No ya las de lo local, sino las de lo global. Ya que si hay una aldea, Mac Luhan tenía razón, es una "aldea planetaria". Y hoy en día, existen prejuicios de lo global que nos impiden ver la realidad o nos llevan a despreciar todas las adhesiones particulares por considerarlas formas bárbaras de la humanidad.
En su último libro, usted rehabilita el arraigo del ser humano en lo concreto y lo particular en contra del humanismo abstracto...
La filósofa Simone Weil ya denunciaba lo bárbaro que resulta el desarraigo de los hombres. Creo que este movimiento de separación, característico de la civilización moderna, debe hoy en día aplicarse al fetichismo de la técnica. En la época moderna, la técnica nos ha permitido desligarnos de la tierra, hoy en día, creo que debemos desligarnos de la técnica para conservar cierto contacto con la tierra.
Este reconocimiento de que todos los hombres pertenecen a una misma tierra contiene el germen de una reconciliación entre lo particular y lo universal...
Creo que nuestra civilización occidental se basaba en una articulación extremadamente sutil de lo particular y lo universal. Europa era tanto esa exigencia universal marcada por los derechos del Hombre y del ciudadano, base de la democracia moderna, como el arraigo de esta idea en naciones particulares, que permitieron que nacieran esas aspiraciones universales. La nación era entonces un ente político que se preocupaba por el mundo.
"El mundo no es la mundialización"
Uno de los riesgos de la época en la que entramos es precisamente el de una disyunción entre lo particular y lo universal, en la que lo universal se vea reducido a una especie de globalización dominada por la técnica y la economía, y en la que la preocupación por el mundo es remplazada por la cultura de las identidades particulares de cada cual, desde la perspectiva del multiculturalismo. Creo que hay que resistir con todos los medios a esta disyunción. No digo que la nación sea un ente insuperable2, sino que, si estamos construyendo Europa, es precisamente para evitar que se produzca esta disyunción.
¿La nación no representa para usted un marco superado?
En efecto. Sobre todo, hay que comprender que todos los pueblos no se encuentran en el mismo punto, porque no han tenido la misma historia. Nosotros, europeos del oeste, pretendemos superar el estado nación para constituir Europa. Ahora bien, hay pueblos, sobre todo en Europa del este, que empiezan a emerger para poder constituirse en naciones. Hay que reconocer la legitimidad de su reivindicación. Sin embargo, hay que seguir siendo exigente en cuanto a los principios democráticos que deben fundamentar estos estados nación.
Después de varios siglos durante los cuales Europa ha dominado el mundo, a veces de forma violenta y sangrienta, usted impugna el hecho de que su mala conciencia le impida desempeñar un papel en el mundo.
Esta mala conciencia tiene un sentido. Por otra parte, la mala conciencia es la conciencia misma. Por lo tanto, no estoy a favor de un retorno a la inocencia. Occidente tiene sin duda cosas que hacerse perdonar y sigue teniéndolas: por ejemplo, el aumento de las desigualdades entre los países del norte y los del sur. Estoy lejos de querer convertir la mala conciencia de Europa en no sé qué alegre soberanía. Y eso que, hoy en día, cabría esa tentación, ya que el liberalismo ha vencido a todos sus rivales, demostrando ser un sistema más viable que los demás. El comunismo ha desnaturalizado el anticapitalismo: salir del comunismo consiste en elaborar una crítica del capitalismo que no deba nada a esta ideología.
Pero, al mismo tiempo, la mala conciencia puede tener efectos perversos cuando alimenta la buena conciencia del otro campo o hace que los europeos renuncien a la ambición de extender a los demás los valores universales de los derechos humanos, por ejemplo.
Creo que, hoy en día, cualquier política debe concebirse en un horizonte cosmopolita. Es una de las aportaciones de la modernidad. El sentido de la política es la responsabilidad frente al mundo. Por lo tanto, debemos actuar en el mundo y para el mundo. Nosotros, occidentales en particular, porque está en nuestra cultura y porque tenemos, además, los medios para hacerlo.
En este marco, ¿tiene Francia que desempeñar algún papel particular?
De Gaulle pensaba que la nación era la comunidad política por excelencia y abogaba a favor de la autodeterminación de los pueblos. Creo que es uno de los mensajes que, nosotros franceses, debemos seguir transmitiendo por el mundo. Desgraciadamente, lo olvidamos cuando hubiera podido tener un papel importante durante el desmoronamiento de los últimos imperios. En la medida en que, hoy en día, estamos intentando superar la nación, nuestra tendencia ha sido considerar que cualquier reivindición nacional era peligrosa, y abordar negativamente la "fragmentación" de los imperios y la aparición de "pequeñas naciones". Creo que Francia ha perdido una buena ocasión de ser ella misma.
Por otra parte, Francia también debe influir en el mundo a través de su lengua. El francés no es tan sólo un simple medio de comunicación, lo que le da su singularidad es que tiene algo artificial, que no es producto del estado o de la administración, como dicen hoy los regionalistas, sino de la literatura. Existe una relación prodigiosa entre la lengua francesa y la literatura francesa. Los extranjeros que aman nuestro idioma lo aman precisamente por esto. Es ésta una herencia que debemos preservar.
¿Qué saberes, qué aptitudes deberá inculcar las escuela del mañana?
La escuela debe llevar a cabo la gran mediación de nuestras sociedades entre los vivos y los muertos. Es algo evidente, que se formuló a principios del humanismo, pero que tiende hoy a desaparecer del discurso oficial. Como afirmaba Charles Péguy a principios de siglo, el maestro no es el representante del estado, ni de la sociedad, sino el de la humanidad a través de sus obras, el representante de los poetas y los artistas. Y debe seguir siéndolo, más en la época de la generalización de lo escrito.
El papel de la escuela es enseñar la cultura general a los niños, lo que no es exclusivo de cierto tipo de preparación profesional. Pero este papel es central. Debe incluso reforzarse hoy en día, cuando se está preparando la reducción del tiempo de trabajo para que todo el mundo pueda trabajar3. Esto significa que la escuela debe volver a su función primera: "scholé" significa ocio, aprendizaje del ocio, la capacidad de dedicarlo a la reflexión, a la conversación, a la contemplación. Es una tarea urgente, ya que el ocio va a extenderse. ¿Vamos a dejar que la industria del ocio gobierne el ocio? ¿Vamos a dejar que la hegemonía televisiva y consumista se ejerza sobre el ocio? ¿Acaso el ocio no será sino más programas de televisión o poder hacer la compra el domingo?
Si se considera que la civilización tiene algo mejor que ofrecer, hay que devolver a la escuela su vocación, porque el ocio, que era el privilegio de los maestros en las sociedades antiguas, se está convirtiendo, hoy en día, en el problema de todo el mundo.
¿Qué piensa usted de la tendencia a dar cada vez más importancia a los ordenadores frente a los profesores?
Se alaban las cualidades pedagógicas de los ordenadores porque son interactivos. Se trata de sustituir la verticalidad por la horizontalidad. Existe una verticalidad -un aspecto jerárquico- de la relación entre el profesor y el alumno que el sentimiento democrático contemporáneo no soporta. Todo lo horizontal es mejor que lo vertical. Pienso que esta idea es absurda, ya que la verticalidad es indispensable en la escuela, hace falta transcendencia en la escuela. Transcendencia de la admiración por las obras, transcendencia también, es decir, disimetría de cualquier relación pedagógica entre el que sabe y el que no.
"La escuela lleva a cabola gran mediaciónde nuestras sociedadesentre los vivos y los muertos"
Se piensa hoy en día que todo pasa por la actividad del alumno. El aprendizaje de la lengua es víctima de este culto de la interactividad generalizada. Se quiere dar la palabra a los alumnos antes de darles la lengua. La lengua se aprende escuchando y leyendo, y no hablando, al contrario de lo que se dice. Pero todo lo que depende de la receptividad está condenado. Es una aberración.
¿Cómo interpreta usted la aparición de movimientos ciudadanos internacionales, tal y como se vio durante la conferencia de Seattle4?
Las Organizaciones no Gubernamentales (ONG) que manisfestaron en Seattle [Estados Unidos] estuvieron formidables. Porque operaron la distinción entre mundialización y preocupación por el mundo. Porque salieron de la oposición fácil entre cosmopolitas que van más allá de las fronteras y miedosos crispados en su territorio. Esos hombres y esas mujeres fueron para protestar contra la uniformización del mundo con sus quesos, sus productos, su tierra estaba allí para defender todas las tierras, para defender la tierra.
Se enfrentaron dos concepciones del mundo, demostrando que la mundialización no tiene el monopolio de la idea de mundo. Lo que era maravilloso en Seattle fue el extraordinario mentís al marxismo y al liberalismo con el "agricultores de todos los países, ¡uníos!". Los agricultores han dado una lección de internacionalismo a la élite lobotomizada, lo cual es realmente una de las pocas buenas noticias de nuestra época.
Declaraciones recogidas porAnne Rapin
1. Alain Finkielkraut, profesor de filosofía de la Escuela Politécnica y productor en la radio pública France Culture, es uno de los intelectuales franceses cuya reflexión es más intransigente con las derivas de la modernidad. Puede consultarse esta entrevista en su totalidad en la versión francesa.2. Véase la entrevista con Bertrand Badie en este número.3. Véase la entrevista con Dominique Méda en este número.4. Véanse los artículos de Catherine Lalumière, Béatrice Marre en este número y el de Florence Raynal en el número de abril del 2000.
Selección bibliográfica
• L'ingratitude, conversation sur notre temps, de Alain Finkielkraut, col. Blanche, ed. Gallimard, París, 1999.• Du bon usage de la mémoire, de Tzvetan Todorov, Richard Marientras y Alain Finkielkraut, col. Répliques, ed. Tricorne, Ginebra, febrero del 2000.• Le nouvel état du monde, 80 idées pour comprendre les défis du XXe siècle, col. L'état du monde, ed. La Découverte, París, 1999.• Atlas du millénaire (1900-2015), de Gérard Chaliand, Jean-Pierre Rageau, col. Atlas Hachette, ed. Hachette Littératures, París, 1998.• La défaite de la pensée, de Alain Finkielkraut, col. Blanche, ed. Gallimard, París, 1987.• L'irréversible et la nostalgie, de Vladimir Jankélévitch, col. Champs, ed. Flammarion, París, 1983.• La crise de la culture, de Hannah Arendt, col. Folio, ed. Gallimard, París, 1972.
© Ministerio de Asuntos exteriores / Label France, la revista
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