jueves, mayo 28, 2009

estereotipos e indiferencia ciudadana?

La gente .- Publicado en Diario El Dia de La Plata, 28/5/2009

Por JOSÉ LUIS DE DIEGO


La escena fue en un almacén de barrio. "A mi me tienen harta", dijo la señora, "si no fuera obligatorio no iría a votar, me quedaría en casa". Del otro lado del mostrador, mientras dejaba caer en una bolsita maníes con cáscara, el almacenero asintió: "Yo no voy...; después que me sancionen, qué me importa". El diálogo era la conclusión de una feroz descalificación de "los políticos", y resultaba paradójica. Se supone que si las cosas andan bien, para qué votar; si las cosas andan mal, deberían estar ansiosos por ir a votar y cambiar de manos el rumbo del gobierno. Pero no: dicen que todo está mal y no quieren votar. Si uno les pusiera sobre la mesa, al lado de los maníes, esta paradoja, seguramente contestarían: "Si son todos iguales, todos mienten, todos roban...", etc. A esta situación de fastidio generalizado, el Dr. Nelson Castro la llama "crispación", le encanta esa palabra. Creo que en muchos casos la amenaza del almacenero y su clienta no se cumple, y van a votar. Y el problema es que votan sin que les importe, "crispados", con desgano. El enojo no moviliza una voluntad de cambio ni de participación, sino de lo contrario: se sustraen a cualquier forma de responsabilidad cívica. Esa masa indiscriminada de ciudadanos "crispados" tiene un nombre consagrado por los políticos y los medios: "la gente". A "la gente" el periodista Bernardo Neustadt, pionero de esta operación perversa, la había personalizado en un nombre: "Doña Rosa". "¿Qué es el peronismo?", le preguntaron a la candidata a diputada Claudia Rucci, y contestó: "Hacer feliz a la gente".Esa masa indiscriminada de ciudadanos 'crispados' tiene un nombre consagrado por los políticos y los medios: 'la gente'


Recuerdo cuando se discutía cómo calificar a ese colectivo difícil de calificar. Los peronistas preferían el concepto romántico de "pueblo", un conglomerado anónimo unido por fuertes lazos simbólicos: una identidad, una tradición, una historia. Los radicales, más ceñidos a la democracia formal y republicana, optaban por "ciudadanía", un colectivo diferente, ligado por deberes y derechos, por la posibilidad de representar y ser representados. Socialistas y comunistas se negaban a cualquier identificación que negara las diferencias de clases: burguesía y proletariado, claro está, no eran lo mismo, aunque compartieran la pertenencia a una misma nación. Ahora bien, "la gente" no es ni el pueblo ni la ciudadanía ni la burguesía ni el proletariado. Es un conglomerado nuevo que se identifica más con la figura del consumidor que con la del ciudadano, que sólo se remite a su interés particular y no puede o no quiere pensar en términos de bien común, que dice que los políticos no tienen propuestas y cuando alguien propone algo cambian de canal; en suma, un conglomerado que es, ante todo, un producto mediático, un "target".

"VOS"

Quienes mejor han reconocido las características de ese nuevo colectivo son los publicistas. El llamado mensaje persuasivo (cómo convencer a alguien de que haga algo) tiene su origen en la antigua retórica, una suerte de manual de la argumentación eficaz para el buen político. La retórica ha sido suplantada, ahora, por el discurso publicitario. Cada vez hay menos diferencias entre vender un político y un detergente; el discurso es formalmente idéntico: gobierna mejor/limpia mejor. Como el abogado inescrupuloso al que no le interesa si su defendido es culpable o inocente, al discurso publicitario no le interesa si es cierto que gobierna o limpia mejor; este hecho está dentro de la lógica de su función: persuadir. Pero lo que distorsiona radicalmente la relación del ciudadano con sus representantes es cuando el político acepta esta lógica: acepta ser un detergente del que no importa saber si es cierto que limpia mejor. El de la publicidad es un mundo de caras felices, de gente con auto nuevo, de gaseosas que te alegran la vida, de mujeres sin arrugas, de jóvenes que bailan todo el santo día, y los políticos deben adecuarse a eso. Son políticos que niegan lo que son, que no hablan de política, que venden esperanza y soluciones como si fueran una cajita feliz, un combo, una promo con hamburguesa y papas fritas. En 2007 me involucró el oficialismo ("Cristina, Cobos y vos"); ahora, con la oposición, soy una especie de sumatoria mixta ("Mauricio+Francisco+Gabriela=vos"); es el "vos" de "la gente": todo lo iguala, todo lo vacía, todo se neutraliza en el lenguaje taimado de los publicistas.

En uno de los programas de televisión más vistos, "la gente" ha encontrado cómo canalizar su "crispación". El "Gran Cuñado" consiste en un puñado de imitadores (algunos buenos, otros muy malos) que parodian algunos tics característicos de los políticos a partir de un guión repetido de chistes obvios y lugares comunes. Se trata de la inversión misma de la democracia: no se vota para que alguien nos represente, sino para "expulsarlo". Y entonces me pregunto qué se puede hacer para reparar esta distorsión, para que "la gente", algún día, vuelva a ser pueblo o ciudadanía o burguesía o proletariado; para que yo algún día pueda volver a ser yo, y no el "vos" de Cristina, de Francisco y de Ramiro Agulla.


dediego_jl@yahoo.com.ar

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