La Plata, llamada ciudad de los Tilos,sur del continente americano, ciudad planificada en el siglo XIX que zanjó un histórico problema ,obra de la creatividad del Ing.Benoit. Su principal avenida bordeada de Tilos, un hermoso eje arquitectonico y una gran riqueza arborea. Desde aqui reflexiono a veces y colecciono articulos de mi interes, videos, canciones que tal vez pueden ser compartidos por otros
martes, julio 28, 2009
la historia la escriben los que ganan?
Reinhart Koselleck, veterano del ejército de Von Paulus en Stalingrado: “El historiador que está de parte de los vencedores es fácilmente inducido a ver en un acontecimiento de breve duración un acontecimiento duradero, interpretado según el sentido de las consecuencias, en términos teleológicos. Para los derrotados, es distinto. Su experiencia primaria es la de quien ha visto evolucionar las cosas en sentido contrario al de sus esperanzas y proyectos. Estos otros tienen la necesidad de explicarse por qué los hechos han acabado así...Puede ocurrir que en lo inmediato sean los vencedores quienes hagan la historia. Pero a largo plazo son los derrotados los que realizan los mayores progresos en la comprensión histórica”.
sábado, julio 18, 2009
autenticidad
Del sujeto sobre sí mismo
By José Saramago
Como escritor, creo que no me he separado jamás de mi conciencia de ciudadano. Considero que donde va uno, debe ir otro. No recuerdo haber escrito una sola palabra que estuviera en contradicción con las convicciones políticas que defiendo, pero eso no significa que haya puesto alguna vez la literatura al servicio directo de la ideología que es la mía. Por supuesto, eso sí, al escribir procuro, en cada palabra, expresar la totalidad del hombre que soy.
Repito: no separo la condición de escritor de la de ciudadano, aunque no confundo la condición de escritor con la de militante político. Es cierto que la gente me conoce más como escritor, pero también están quienes, con independencia de la mayor o menor relevancia que reconozcan en las obras que escribo, piensen que lo que digo como ciudadano común les interesa y les importa. Aunque sea el escritor, y solo él, quien lleva sobre los hombros la responsabilidad de ser esa voz.
El escritor, si es persona de su tiempo, si no se quedó anclado en el pasado, tiene que conocer los problemas de tiempo en que le tocó vivir. ¿Y qué problemas son los de hoy? Que no estamos construyendo un mundo aceptable, bien por el contrario, vivemos en un mundo que va de mal en peor y que humanamente no sirve. Atención, por favor: que no se confunda lo que reclamo con ningún tipo de expresión moralizante, con una literatura que dice a la gente de qué manera debe comportarse. Hablo de otra cosa, de la necesidad de contenidos éticos, sin ningún trazo de demagogia. Y, condición fundamental, que no se aparte nunca de la exigencia de un punto de vista crítico.
By José Saramago
Como escritor, creo que no me he separado jamás de mi conciencia de ciudadano. Considero que donde va uno, debe ir otro. No recuerdo haber escrito una sola palabra que estuviera en contradicción con las convicciones políticas que defiendo, pero eso no significa que haya puesto alguna vez la literatura al servicio directo de la ideología que es la mía. Por supuesto, eso sí, al escribir procuro, en cada palabra, expresar la totalidad del hombre que soy.
Repito: no separo la condición de escritor de la de ciudadano, aunque no confundo la condición de escritor con la de militante político. Es cierto que la gente me conoce más como escritor, pero también están quienes, con independencia de la mayor o menor relevancia que reconozcan en las obras que escribo, piensen que lo que digo como ciudadano común les interesa y les importa. Aunque sea el escritor, y solo él, quien lleva sobre los hombros la responsabilidad de ser esa voz.
El escritor, si es persona de su tiempo, si no se quedó anclado en el pasado, tiene que conocer los problemas de tiempo en que le tocó vivir. ¿Y qué problemas son los de hoy? Que no estamos construyendo un mundo aceptable, bien por el contrario, vivemos en un mundo que va de mal en peor y que humanamente no sirve. Atención, por favor: que no se confunda lo que reclamo con ningún tipo de expresión moralizante, con una literatura que dice a la gente de qué manera debe comportarse. Hablo de otra cosa, de la necesidad de contenidos éticos, sin ningún trazo de demagogia. Y, condición fundamental, que no se aparte nunca de la exigencia de un punto de vista crítico.
para reflexionar sobre los medios y la manipulacion
Entrevista al periodista Pascual Serrano tras la publicación de su libro "Desinformación"
“Los medios saturan para intoxicar la realidad”
Emiliano Guido
El Argentino
"Nos mean y los medios dicen que llueve”, graffiteó alguien durante la crisis del 2001 en algún paredón argentino y la frase quedó inmortalizada en el imaginario colectivo. El periodista español Pascual Serrano conoce esa y muchas otras frases de otros paredones del mundo pero prefirió el papel como soporte, antes que tomar un aerosol, en su intento de demostrar que el latifundio de la información no es una excepcionalidad argentina sino, más bien, un rasgo universal de época. Desde la invasión a Irak a la criminalización del mundo musulmán, pasando por el gobierno de Hugo Chávez, Serrano analiza distintos casos testigos de la aldea global en su libro "Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo" (Península, junio 2009) y dispara como conclusión: “El ciudadano que cree estar informado porque todos los días lee el periódico o ve el telediario no está conociendo la realidad del mundo”.
–¿Cuál es la tesis central de su último libro?
–Que el mercado pesa como una losa y condiciona todo lo que toca. Y que, por lo tanto, son los poderes económicos los que se adueñaron de los contenidos de los medios de comunicación.
–¿Cómo operan los medios concentrados para desinformar?
–La saturación de la noticia es uno de los grandes obstáculos para la información, hay mucho “ruido” que impide al ciudadano diferenciar lo útil y válido, de los secundario e irrelevante. Hoy tenemos más medios de comunicación pero menos herramientas para la comprensión. También intoxica la información inapropiada y la obsesión por el entretenimiento que lleva a niveles insoportables de frivolización. Además, el problema es que esa frivolización llega a toda la programación y se refleja hasta en el contenido de un noticiero.
–¿Los mass-media funcionan como los partidos políticos?
–Funcionan peor todavía. Al menos los partidos políticos se someten a una legislación más rigurosa que garantiza una mayor transparencia económica y un funcionamiento interno relativamente democrático y participativo. Los medios poseen los objetivos de los partidos pero sin control ni democracia.
–¿Existe diferencias en el comportamiento de los medios europeos y latinoamericanos?
–La única diferencia que se observa es en función del nivel de combatividad contra los gobiernos. Si los países son sumisos a los intereses de esos medios, su agresividad disminuye. Si los gobiernos plantean cambios que afectan a los intereses económicos de los medios, la guerra es feroz y la ausencia de deontología, absoluta. El primer caso se produce en Europa y el segundo en algunos países de América Latina.
–¿Qué piensa sobre el caso venezolano y el supuesto control de la prensa que ejerce Hugo Chávez?
–Te pongo sólo un ejemplo. Con motivo de la campaña electoral para el referéndum constitucional, la asociación venezolana Observatorio Global de Medios elaboró un estudio sobre cómo informaron los medios de comunicación en la campaña. Concluyeron que “tras evaluar los contenidos de opinión e información electoral en catorce medios de comunicación social, impresos y televisivos, de cobertura nacional y regional, se observó que el 76 por ciento de los mismos se inclinan hacia la opción del No frente al 22 por ciento que lo hacen por el Sí”. Recordemos que Chávez y sus seguidores propugnaban el Sí, la opción que finalmente fue más apoyada en las urnas. Lo único que ha sucedido en Venezuela es que se ha iniciado un proyecto de democratización de los medios que estaban bajo el control de un grupo privilegiado de empresarios, eso es lo que ha indignado a la oligarquía mundial y no perdonan a Chávez.
–¿Cómo observa la tensión entre las empresas periodísticas y los trabajadores de prensa? ¿Existe lugar para la rebelión intra-muros?
–El trabajador de la prensa se ha convertido en un eslabón más de la cadena informativa. En cierta medida es cómplice y, en cierta medida, no puede enfrentar el sistema de comunicación desde dentro. Es como el administrativo de un estado dictatorial. Es verdad que participa en el mantenimiento del sistema pero desde su puesto de trabajo no puede enfrentarse a él.
–¿Desea actualizar su denuncia sobre la crisis financiera del Grupo Prisa (Radio Continental y el diario español El País son algunas de sus propiedades)?
–Bueno, se ha sabido que sus beneficios han tenido una caída del 88 por ciento en el primer trimestre del año. Es verdad que los bancos le han permitido refinanciar su deuda. ¿Qué otra cosa puede hacer un banco con una empresa que debe cinco mil millones de euros? Ahora ya es más evidente quienes mandan en Prisa: los bancos a los que debe ese dinero como el HSBC y el Banesto.
–¿La crisis de la prensa gráfica se debe a que no puede competir con la instantaneidad de los portales electrónicos?
–La crisis es múltiple. Existe la de la instantaneidad pero también la de confianza, la de credibilidad, la de falta de participación de los ciudadanos, la de mediación entre los líderes, grupos sociales y ciudadanos.
–¿Qué sucede, en concreto, es España? ¿La gente sigue leyendo diarios?
–Creo que es similar a otros países. Por un lado, la gente se ha dado cuenta de que hay intereses detrás de los medios que les hacen dejar a un lado la pluralidad y la veracidad. A ello hay que añadir el fenómeno de la prensa gratuita, que también está en crisis. Creo que la gente más crítica prefiere bucear en Internet para escuchar voces menos interesadas y la menos crítica no lee diarios.
–¿Los medios alternativos no abusan, a veces, del microclima?
–Totalmente de acuerdo, el medio alternativo abusa de la militancia política, termina en panfleto demasiadas veces. Es necesario que quienes gestionan un medio alternativo entiendan que no están elaborando un soporte para hacer apología de su pensamiento político. Es normal tener una línea editorial, por supuesto, pero debe haber una pluralidad más amplia que vaya más allá de tus ideas. Luego están las formas, un mismo nivel de ideologización está mucho más disimulado en la prensa convencional que en los medios alternativos, lo cual dota de más eficacia al primero que al segundo.
–¿Contra quién se desea rebelar Rebelión? ¿Cuál es el público al qué desean llegar?
–Llamarle Rebelión era como apelar a “otro mundo es posible”. El nombre intenta sugerir un espíritu crítico por principio. Evidentemente, el espíritu crítico, debe rebelarse contra quien más poder tiene y de forma más absoluta lo utiliza. En cuanto al público, nuestros contenidos sin duda son demasiado densos y reflexivos. Eso nos hace perder gran cantidad de población a la que poder acercarnos, pero observamos que podemos ser de mucha utilidad para otros medios más “ligeros” que pueden incorporar alguno de nuestros trabajos.
–¿No hay lugar en los medios tradicionales para la información contestataria?
–Si por medios tradicionales se entiende propiedad de grupos empresariales que necesitan ser rentables y convivir con la publicidad, mi opinión es que difícilmente se logre. Del mismo modo que no puede haber hospitales privados que atiendan a los indigentes, ni escuelas privadas que se dediquen a alfabetizar a niños de suburbios sin recursos.
–Sin embargo, ¿no puede ser un negocio rentable la denuncia permanente sobre los abusos del poder? Habría millones de potenciales consumidores interesados en leer esas noticias.
–Bueno, yo no estoy haciendo propuestas para negocios rentables, sino para informar con decencia y rigor. Sin duda, es más rentable para un canal de televisión emitir una película porno que explicar por qué mueren veinte mil niños de hambre al día. Otra cuestión es que unos contenidos constantemente deprimentes y trágicos no ayuden a que las sociedades tengan esperanza e ilusiones. Creo que en la marginalidad, en los grupos de ayuda colectivos, en la lucha de muchos ciudadanos humildes y en numerosos ejemplos de solidaridad y cooperación se pueden encontrar muchas noticias positivas y optimistas. Esas son nuestras buenas noticias, no la crónica sobre la lujosa vida de un multimillonario de Los Ángeles.
–Ahora que el gobierno argentino impulsa una ley de medios que reemplazará la que está vigente desde la dictadura militar, ¿cuál debería ser la estrategia para movilizar a una sociedad desencantada con los proyectos colectivos?
–Las dos palabras son participación y democratización. Se trata de cumplir el derecho ciudadano a informar y estar informado, para ello hay que dar licencias a propuestas mediáticas que den acceso a la ciudadanía y que aseguren suficiente pluralidad y rigurosidad en sus contenidos. Mi opinión es que se debe garantizar que los colectivos sociales representativos del país tengan acceso a esos medios, bien como propietarios de licencias o mediante propuestas de medios colectivos, comunitarios, alternativos que garanticen esa participación. Pero, tampoco, basta con darles licencia para emitir, el Estado debe garantizar su viabilidad como servicio público que son. Porque, si al final necesitan publicidad y rentabilidad comercial, caerán de nuevo bajo las condiciones del mercado y no serán alternativos a lo existente.
eguido@miradasalsur.com
http://www.elargentino.com/nota-48203-Los-medios-saturan-para-intoxicar-la-realidad.html
“Los medios saturan para intoxicar la realidad”
Emiliano Guido
El Argentino
"Nos mean y los medios dicen que llueve”, graffiteó alguien durante la crisis del 2001 en algún paredón argentino y la frase quedó inmortalizada en el imaginario colectivo. El periodista español Pascual Serrano conoce esa y muchas otras frases de otros paredones del mundo pero prefirió el papel como soporte, antes que tomar un aerosol, en su intento de demostrar que el latifundio de la información no es una excepcionalidad argentina sino, más bien, un rasgo universal de época. Desde la invasión a Irak a la criminalización del mundo musulmán, pasando por el gobierno de Hugo Chávez, Serrano analiza distintos casos testigos de la aldea global en su libro "Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo" (Península, junio 2009) y dispara como conclusión: “El ciudadano que cree estar informado porque todos los días lee el periódico o ve el telediario no está conociendo la realidad del mundo”.
–¿Cuál es la tesis central de su último libro?
–Que el mercado pesa como una losa y condiciona todo lo que toca. Y que, por lo tanto, son los poderes económicos los que se adueñaron de los contenidos de los medios de comunicación.
–¿Cómo operan los medios concentrados para desinformar?
–La saturación de la noticia es uno de los grandes obstáculos para la información, hay mucho “ruido” que impide al ciudadano diferenciar lo útil y válido, de los secundario e irrelevante. Hoy tenemos más medios de comunicación pero menos herramientas para la comprensión. También intoxica la información inapropiada y la obsesión por el entretenimiento que lleva a niveles insoportables de frivolización. Además, el problema es que esa frivolización llega a toda la programación y se refleja hasta en el contenido de un noticiero.
–¿Los mass-media funcionan como los partidos políticos?
–Funcionan peor todavía. Al menos los partidos políticos se someten a una legislación más rigurosa que garantiza una mayor transparencia económica y un funcionamiento interno relativamente democrático y participativo. Los medios poseen los objetivos de los partidos pero sin control ni democracia.
–¿Existe diferencias en el comportamiento de los medios europeos y latinoamericanos?
–La única diferencia que se observa es en función del nivel de combatividad contra los gobiernos. Si los países son sumisos a los intereses de esos medios, su agresividad disminuye. Si los gobiernos plantean cambios que afectan a los intereses económicos de los medios, la guerra es feroz y la ausencia de deontología, absoluta. El primer caso se produce en Europa y el segundo en algunos países de América Latina.
–¿Qué piensa sobre el caso venezolano y el supuesto control de la prensa que ejerce Hugo Chávez?
–Te pongo sólo un ejemplo. Con motivo de la campaña electoral para el referéndum constitucional, la asociación venezolana Observatorio Global de Medios elaboró un estudio sobre cómo informaron los medios de comunicación en la campaña. Concluyeron que “tras evaluar los contenidos de opinión e información electoral en catorce medios de comunicación social, impresos y televisivos, de cobertura nacional y regional, se observó que el 76 por ciento de los mismos se inclinan hacia la opción del No frente al 22 por ciento que lo hacen por el Sí”. Recordemos que Chávez y sus seguidores propugnaban el Sí, la opción que finalmente fue más apoyada en las urnas. Lo único que ha sucedido en Venezuela es que se ha iniciado un proyecto de democratización de los medios que estaban bajo el control de un grupo privilegiado de empresarios, eso es lo que ha indignado a la oligarquía mundial y no perdonan a Chávez.
–¿Cómo observa la tensión entre las empresas periodísticas y los trabajadores de prensa? ¿Existe lugar para la rebelión intra-muros?
–El trabajador de la prensa se ha convertido en un eslabón más de la cadena informativa. En cierta medida es cómplice y, en cierta medida, no puede enfrentar el sistema de comunicación desde dentro. Es como el administrativo de un estado dictatorial. Es verdad que participa en el mantenimiento del sistema pero desde su puesto de trabajo no puede enfrentarse a él.
–¿Desea actualizar su denuncia sobre la crisis financiera del Grupo Prisa (Radio Continental y el diario español El País son algunas de sus propiedades)?
–Bueno, se ha sabido que sus beneficios han tenido una caída del 88 por ciento en el primer trimestre del año. Es verdad que los bancos le han permitido refinanciar su deuda. ¿Qué otra cosa puede hacer un banco con una empresa que debe cinco mil millones de euros? Ahora ya es más evidente quienes mandan en Prisa: los bancos a los que debe ese dinero como el HSBC y el Banesto.
–¿La crisis de la prensa gráfica se debe a que no puede competir con la instantaneidad de los portales electrónicos?
–La crisis es múltiple. Existe la de la instantaneidad pero también la de confianza, la de credibilidad, la de falta de participación de los ciudadanos, la de mediación entre los líderes, grupos sociales y ciudadanos.
–¿Qué sucede, en concreto, es España? ¿La gente sigue leyendo diarios?
–Creo que es similar a otros países. Por un lado, la gente se ha dado cuenta de que hay intereses detrás de los medios que les hacen dejar a un lado la pluralidad y la veracidad. A ello hay que añadir el fenómeno de la prensa gratuita, que también está en crisis. Creo que la gente más crítica prefiere bucear en Internet para escuchar voces menos interesadas y la menos crítica no lee diarios.
–¿Los medios alternativos no abusan, a veces, del microclima?
–Totalmente de acuerdo, el medio alternativo abusa de la militancia política, termina en panfleto demasiadas veces. Es necesario que quienes gestionan un medio alternativo entiendan que no están elaborando un soporte para hacer apología de su pensamiento político. Es normal tener una línea editorial, por supuesto, pero debe haber una pluralidad más amplia que vaya más allá de tus ideas. Luego están las formas, un mismo nivel de ideologización está mucho más disimulado en la prensa convencional que en los medios alternativos, lo cual dota de más eficacia al primero que al segundo.
–¿Contra quién se desea rebelar Rebelión? ¿Cuál es el público al qué desean llegar?
–Llamarle Rebelión era como apelar a “otro mundo es posible”. El nombre intenta sugerir un espíritu crítico por principio. Evidentemente, el espíritu crítico, debe rebelarse contra quien más poder tiene y de forma más absoluta lo utiliza. En cuanto al público, nuestros contenidos sin duda son demasiado densos y reflexivos. Eso nos hace perder gran cantidad de población a la que poder acercarnos, pero observamos que podemos ser de mucha utilidad para otros medios más “ligeros” que pueden incorporar alguno de nuestros trabajos.
–¿No hay lugar en los medios tradicionales para la información contestataria?
–Si por medios tradicionales se entiende propiedad de grupos empresariales que necesitan ser rentables y convivir con la publicidad, mi opinión es que difícilmente se logre. Del mismo modo que no puede haber hospitales privados que atiendan a los indigentes, ni escuelas privadas que se dediquen a alfabetizar a niños de suburbios sin recursos.
–Sin embargo, ¿no puede ser un negocio rentable la denuncia permanente sobre los abusos del poder? Habría millones de potenciales consumidores interesados en leer esas noticias.
–Bueno, yo no estoy haciendo propuestas para negocios rentables, sino para informar con decencia y rigor. Sin duda, es más rentable para un canal de televisión emitir una película porno que explicar por qué mueren veinte mil niños de hambre al día. Otra cuestión es que unos contenidos constantemente deprimentes y trágicos no ayuden a que las sociedades tengan esperanza e ilusiones. Creo que en la marginalidad, en los grupos de ayuda colectivos, en la lucha de muchos ciudadanos humildes y en numerosos ejemplos de solidaridad y cooperación se pueden encontrar muchas noticias positivas y optimistas. Esas son nuestras buenas noticias, no la crónica sobre la lujosa vida de un multimillonario de Los Ángeles.
–Ahora que el gobierno argentino impulsa una ley de medios que reemplazará la que está vigente desde la dictadura militar, ¿cuál debería ser la estrategia para movilizar a una sociedad desencantada con los proyectos colectivos?
–Las dos palabras son participación y democratización. Se trata de cumplir el derecho ciudadano a informar y estar informado, para ello hay que dar licencias a propuestas mediáticas que den acceso a la ciudadanía y que aseguren suficiente pluralidad y rigurosidad en sus contenidos. Mi opinión es que se debe garantizar que los colectivos sociales representativos del país tengan acceso a esos medios, bien como propietarios de licencias o mediante propuestas de medios colectivos, comunitarios, alternativos que garanticen esa participación. Pero, tampoco, basta con darles licencia para emitir, el Estado debe garantizar su viabilidad como servicio público que son. Porque, si al final necesitan publicidad y rentabilidad comercial, caerán de nuevo bajo las condiciones del mercado y no serán alternativos a lo existente.
eguido@miradasalsur.com
http://www.elargentino.com/nota-48203-Los-medios-saturan-para-intoxicar-la-realidad.html
a 200 años de la muerte de T.Paine
Un homenaje republicano a la memoria de Tom Paine
Gerardo Pisarello
Sin Permiso
El pasado mes de junio se cumplió el bicentenario de la muerte del activista inglés Thomas Paine. Agudo polemista, inventor frustrado e infatigable impulsor del republicanismo democrático e internacionalista en el contexto de las grandes revoluciones del siglo XVIII, su figura ha concitado pasiones encontradas. Celebrado por asociaciones populares y organizaciones de trabajadores, ha sido denostado y minimizado por conservadores de toda laya. Este año, la prestigiosa editorial británica de izquierdas, Verso, ha reeditado dos de sus escritos más célebres: Sentido Común (Common Sense) y Derechos del Hombre (Rights of Man), posiblemente el primer alegato moderno a favor de la consagración de derechos humanos civiles, políticos y sociales universales. Al mismo tiempo, un comentarista de Oxford no ha dudado en sostener, al reseñar una reciente biografía escrita por John Keane, que era “amargo y egoísta”, y que “el mundo moderno sería un sitio mejor” si Paine “hubiera permanecido tranquilo en su casa de Thetford”. Hasta Barack Obama ha contribuido a extender la ambigua leyenda que rodea su figura, al citar palabras suyas en su discurso inaugural, pero sin mencionarlo de manera explícita.
A pesar de su deliberada marginación de la historia oficial, la adhesión y el encono suscitados por Paine no son nuevos. A lo largo de los dos últimos siglos, ha sido rescatado, una y otra vez, por librepensadores, socialistas, comunistas y demócratas radicales, en diferentes épocas y lugares. Ha inspirado a escritores como Walt Withman, Herman Melville o Mark Twain, a líderes populares como Thomas Jefferson o el uruguayo José Gervasio Artigas, a activistas como la anarquista Emma Goldman o el preso negro Mumia Abu Jamal, a historiadores como Edward P. Thompson o Eric Hobsbawm, e incluso a cineastas como R. Attenborough o a músicos como Dick Gaughan, quien llegó a dedicarle una balada. Para el pensamiento reaccionario y para no pocos voceros de las clases dominantes, Paine ha sido en cambio la encarnación de todo aquello que detestan y temen. Por eso han intentado presentarlo como un “borracho”, un “arribista”, un “alborotador” o, en palabras del presidente Theodore Roosevelt, inspirador de la “política del garrote” en América Latina en la primera década del siglo XX, un “inmundo ateo”. Claro que no todos han sido igual de toscos. Ronald Reagan, por ejemplo, invocó a Paine en un discurso y, consciente de su prestigio como revolucionario, lo utilizó para justificar su propia “revolución conservadora”.
¿Pero quién es este personaje, que ni siquiera fue un pensador sistemático o un dirigente de primera línea, pero cuya voz sigue resonando en las generaciones actuales? ¿Cómo explicar este recurrente retorno de Paine por encima del olvido y la tergiversación deliberados? Para responder a estos interrogantes, quizás haya que comenzar por mencionar los modestos orígenes del activista inglés. Su padre era un viejo cuáquero, fabricante de corsés, y él mismo realizó varias incursiones frustradas en pequeños negocios para acabar con un puesto de oficial de aduanas. Su formación política no tuvo lugar en altos círculos intelectuales, sino que se forjó a través de lecturas privadas, de una corta experiencia como maestro de escuela y de la asistencia a clubes de debate. Sus orígenes cuáqueros y su propia experiencia vital contribuyeron a que arraigara en Paine un talante racionalista con fuertes implicaciones igualitarias y una espontánea simpatía por la gente de abajo. Uno de los primeros artículos que se le conocen, precisamente, se dirigía a denunciar el aumento del coste de la vida y su impacto en los sectores de menos recursos. “Los ricos, cómodos y prósperos –dejó escrito- pueden pensar que he pintado un escenario inverosímil, pero si descendieran a las regiones de la necesidad, al círculo polar de la pobreza, se encontrarían con que sus opiniones cambian con el clima”.
De haber permanecido en su pueblo natal, es muy probable que Paine, como ha apuntado Hobsbawm, sólo hubiese sido recordado en una alguna extraña tesis doctoral. Una mezcla de causas y azares quiso en cambio que conociera a Benjamin Franklin, cuyos experimentos con la electricidad despertaron su interés y a quien impresionó por la agudeza de sus comentarios. Franklin lo entusiasmó para que emigrara a Norteamérica. A resultas de ello, Paine desembarcó en Filadelfia en 1774, con treinta y siete años. Allí, gracias a las recomendaciones de Franklin, llegó a ser editor de la Pennsylvania Magazine. Desde sus páginas, defendió con audacia una serie de posiciones totalmente minoritarias en aquella época: la condena de la esclavitud, el rechazo de la política británica en la India, la defensa de los derechos de la mujer o la crítica de prácticas aceptadas como el duelo o la crueldad con los animales. A medida que la situación social y política de las colonias fue derivando hacia un creciente enfrentamiento con Inglaterra, el nombre de Paine fue ganando protagonismo. Frente a una mayoría de posiciones críticas pero no rupturistas, como la del propio G. Washington, Paine publicó en 1776 Sentido Común, una encendida y eficaz defensa del derecho a la rebelión y a la independencia. Inmediatamente, el ensayo se convirtió en un impresionante éxito de difusión (precisamente, las palabras citadas por Obama en su discurso inaugural provienen de este escrito).
Tras su fulgurante participación en la lucha contra el imperio británico, Paine pasó de ser un pobre artesano inglés a convertirse en un intelectual ampliamente reconocido. Trabó amistad con Thomas Jefferson, por ejemplo, lo que le permitió contribuir a la redacción de la Declaración de la Independencia de 1776. Paine era un decidido partidario de incorporar una cláusula contra la esclavitud, pero la propuesta fue retirada tras las objeciones de algunos Estados traficantes de esclavos. También participó en la redacción de la Constitución de Pennsylvania del mismo año, considerada uno de los textos más avanzados de la época desde un punto de vista democrático. Cuando la revolución, sin embargo, comenzó a adoptar un giro conservador a resultas de la presión de las nuevas oligarquías agrarias, industriales y financieras que gestionaron la posguerra, Paine comenzó a distanciarse de la arena pública y a refugiarse en algunos de sus proyectos personales favoritos: el diseño de un puente de hierro de un solo arco y la experimentación con un tipo de velas que no echaban humo.
Con el objeto de promocionar sus inventos y la propia revolución, viajó a Inglaterra y Francia. Pero su destino estaba lejos de la ciencia o la diplomacia. A los disparos de Lexington sucedieron los estruendos de la Bastilla, que lo impresionaron vivamente. En respuesta, precisamente, a las diatribas de E. Burke contra la “violencia plebeya” de la revolución francesa y contra los supuestos racionalistas y universalistas que inspiraban los hechos de París, Paine escribió Derechos del Hombre. Allí, valiéndose de su estilo claro y punzante, embestía contra la monarquía y contra los fundamentos aristocráticos del sistema político británico, al tiempo que defendía la superioridad del constitucionalismo republicano y democrático. Pero abogaba, además, por un programa de derechos sociales que asegurara a todos disfrutar de las condiciones materiales para el ejercicio de las libertades públicas. El nuevo escrito tuvo un fuerte impacto en diferentes organizaciones republicanas democráticas inglesas, que lo tomaron como bandera. Al igual que con Sentido Común, Paine les cedió los derechos de autor. La reacción gubernamental, sin embargo, no se hizo esperar: una proclamación real lo declaró culpable del delito de sedición.
Cuando la Inglaterra monárquica se abalanzó sobre Paine, éste encontró cobijo en la Francia revolucionaria. Su desconocimiento del francés y los contactos hechos desde América contribuyeron a que se vinculara con el círculo de los moderados girondinos. Junto a Condorcet, fundó una sociedad republicana, ya en 1791. “En razón de mi ansia de honor y dignidad para la especie humana –escribió a Sieyès- del disgusto que profeso al ver a hombres maduros dirigidos como niños; en atención al horror que me inspiran todos los males que la monarquía ha sembrado sobre la tierra: la miseria, las exacciones, las guerras, las masacres con las que ha aplastado a la humanidad; a todo ese infierno, en fin, de la monarquía, yo le he declarado la guerra”. Su relación con el ala jacobina fue controvertida. A pesar de su abierto compromiso con la profundización de la república democrática, receló de una supuesta “razón de estado revolucionaria” construida sobre la justificación de las “manos sucias” y del uso oportunista de la legalidad. Su percepción de que los límites ético-políticos del proceso revolucionario se relajaban le llevó a escribir a G. Danton, en 1793: “He perdido la esperanza de ver cumplido el gran proyecto de la libertad europea. La causa de mi desesperación no reside en la coalición de potencias extranjeras, ni en las intrigas de aristócratas y sacerdotes, sino más bien en el descuido con el que se han llevado los asuntos de la revolución”. Estas diferencias se consolidarían con el juicio a Luis XVI. Contra la opinión de prestigiosos dirigentes republicanos, Paine se opuso a la ejecución del rey y propuso en su lugar que se lo encarcelara para luego desterrarlo a Estados Unidos. Esta posición lo acabaría de enfrentar con los jacobinos, que lo confinaron en la prisión de Luxemburgo, donde permanecería durante casi un año. Al igual que importante figuras como M. Robespierre o J.P. Marat, Paine era un enérgico adversario de la pena de muerte y de la crueldad del sistema penal. Pero pensaba que una actitud así debía informar con igual escrúpulo la actuación revolucionaria. “Una avidez por castigar –razonaría- es siempre peligrosa para la libertad. Ello conduce a los hombres a violentar, malinterpretar y abusar incluso de la mejor de las leyes. Aquel que asegura su propia libertad, debe proteger incluso a su enemigo de la opresión, porque si viola ese deber, establece un precedente que a él mismo llegará”.
A pesar de su encarcelamiento, Paine no renunció a sus convicciones revolucionarias. Con la caída de Robespierre y la reacción termidoriana, fue liberado y readmitido en la Convención. En uno de sus primeros discursos, denunció de modo inapelable el proyecto de Constitución redactado por Danou y Boissy d’Anglas, en el que, entre otras cuestiones, se preveía el voto censitario. “Un país gobernado por los propietarios –dijo en aquella ocasión, ratificando sus convicciones igualitarias- corresponde al orden social; aquel donde gobiernan los no propietarios, al estado natural”. En la línea del republicanismo avanzado de su tiempo, Paine advirtió pronto la tensión existente entre la generalización del acceso a la propiedad y una concepción excluyente de la misma que sólo podía engendrar lujos inadmisibles, violencia y corrupción. “El que utiliza su propiedad económica –escribió- o abusa de la influencia que ésta le confiere para desposeer o robar a otros su propiedad, usa su propiedad pecuniaria como el que emplea armas de fuego, y merece que se la quiten”. Su ideal, en este punto, no era el de un igualitarista radical. Más bien se acercaba al de Rousseau y otros republicanos democráticos: una sociedad sin opulencia ni miseria, libre de desigualdades extremas e integrada por pequeños propietarios independientes, capaces de vivir sin el permiso de otros.
Para concretar estos objetivos, y recuperando las banderas enarboladas por los partidarios de Robespierre, Paine publicó en 1797 un breve panfleto titulado Justicia Agraria (Agrarian Justice). En él retomaba el programa social defendido en Derechos del hombre y le añadía la creación de un fondo nacional que permitiera pagar un ingreso incondicional a toda persona que hubiera cumplido los veintiún años, así como un ingreso extra, anual y permanente, a todas las personas a partir de los cincuenta años. Este ingreso, un temprano antecedente de la actual propuesta de una renta básica de ciudadanía, se justificaba, según Paine, como una compensación a la posibilidad de apropiación privada de un bien común como era la tierra. Y si en Derechos del hombre se defendía la financiación de los derechos sociales a través de un impuesto progresivo a la renta, en Justicia Agraria se proponía sufragar el derecho a un ingreso incondicional a través de un impuesto a la herencia “que permitiera sustraer de la propiedad una parte igual al valor de la herencia natural que ha sido absorbida”.
Rodeado de enemigos entre los partidarios de la monarquía y entre las clases propietarias en general, Paine había abierto otro frente de batalla al publicar, también hacia 1795, La edad de la razón (The Age of Reason) un ácido alegato contra el fundamentalismo religioso y las iglesias institucionalizadas. Desde premisas anticlericales aunque no antirreligiosas, Paine intentaba refutar en palabras sencillas la difundida idea de que la Biblia fuese la palabra de Dios. Asimismo, denunciaba en duros términos la frecuente connivencia entre poder temporal y religioso. “Todas las instituciones nacionales de las iglesias –sostenía- no me parecen otra cosa que invenciones humanas establecidas para aterrorizar y esclavizar a la humanidad y para monopolizar el poder y el dinero […] Yo no creo en el credo profesado por la Iglesia Judía, por la Iglesia Romana, por la Iglesia Turca, por la Iglesia Protestante, ni por ninguna Iglesia que conozca. Mi mente es mi propia Iglesia”. A pesar de los múltiples ataques y de las acusaciones de ateísmo que le granjearon este tipo de afirmaciones, Paine fue un deísta convencido. Su crítica no provenía del sarcasmo penetrante e individualista que el pensamiento burgués había utilizado para socavar el andamiaje de irracionalidad sobre el que se sostenía el antiguo régimen. Más bien obedecía a un sentido igualitario y fraterno de la religiosidad, libre, eso sí, de supersticiones, y compatible con los avances de la razón y de la ciencia en general. Su actitud no era, en otras palabras, la de un Voltaire, de cuyo espíritu aristocrático por otro lado carecía. Por el contrario, sus ataques nacían de una concepción profundamente humanista y horizontal de la religión, que con las debidas distancias, recuerda en más de un punto a Spinoza.
La extinción de las viejas energías revolucionarias, en cualquier caso, fue erosionando la esperanza inicial de Paine de una expansión de la causa republicano democrática en Europa. Animado por la elección de su amigo Jefferson, emprendió su regreso a Estados Unidos en 1802. Poco tiempo le llevó constatar el sello oligárquico que el desarrollo capitalista había imprimido a la vida política del país a cuya independencia tanto había contribuido. Su obra, vinculada sobre todo a su posición sobre temas religiosos, constituía ahora el caballo de batalla de los sectores federalistas, convertidos en partido político, en sus ataques contra Jefferson. La fama y la gloria de antaño cedieron entonces al progresivo aislamiento político y al empobrecimiento económico. A pesar de ello, Paine no cejó en utilizar el periodismo como trinchera contra los embates conservadores. En 1803, escribió una serie de artículos en los que atacaba a los federalistas y los acusaba de haber favorecido un peligroso proceso de concentración de poder en manos del ejecutivo. Para apuntalar sus argumentos, no dudaba en calificar al último gobierno de Washington y al de J. Adams como auténticos “reinos del terror”.
Su irreverente crítica de los “padres fundadores” acabó por acentuar su marginación social y política. Relegado, hostigado y censurado en los tres países por cuya libertad había luchado, Paine murió una mañana de junio de 1809. Hasta el último momento de su agonía, un grupo de clérigos lo persiguió e intentó sin éxito arrancarle una frase de arrepentimiento o de conversión religiosa. Contra su última voluntad, le fue negado el entierro en campo cuáquero. A su funeral, que transcurrió en su granja de New Rochelle, sólo asistieron, significativamente, una asistenta con su hijo y una dispersa procesión de irlandeses y de afroamericanos que mostraban así su reconocimiento por quien tanto había defendido sus derechos.
El desafortunado final de Paine, en todo caso, no impediría que su vida y sus ideas continuaran recogiendo encendidas adhesiones y enconada oposición en las generaciones subsiguientes. Aunque no fue un pensador erudito ni un gran líder, fue uno de los más geniales cultivadores del panfleto activista y uno de los más grandes periodistas políticos de la historia. Su sarcasmo y su estilo directo e ingenioso fueron dardos hirientes para sus adversarios y fuente de entusiasmo entre su vasto espectro de lectores. La sencillez de sus orígenes y su temperamento cuáquero, su concepción igualitaria de los hombres, el hecho de formar parte de aquéllos para los que escribía, le permitieron llegar allí donde otros pensadores, acaso más finos y originales, no pudieron hacerlo. Con sorprendente precocidad para su tiempo, Paine defendió derechos que tardarían siglos en consolidarse y que todavía hoy son reiteradamente vulnerados: la libertad de expresión, de conciencia y de culto; las garantías procesales y penales justas; el derecho de asociación y participación política; los derechos sociales; los derechos de colectivos en situación de vulnerabilidad como las mujeres, los pueblos indios o la población afroamericana; el derecho a la autodeterminación de los pueblos; el derecho a la paz e incluso el derecho de los animales a no recibir tratos crueles innecesarios.
Su permanente condición de desclasado, de outsider forzado a cargar con su condición de extranjero allí donde le tocó actuar, lo convirtió además en uno de los primeros teóricos y activistas del cosmopolitismo moderno. En su obsesión por completar lo que llamaba “el círculo de la civilización”, impulsó la libertad republicana en los rincones más distantes del planeta. Censuró enérgicamente el colonialismo en Asia, África y América. Abogó a favor de que Inglaterra, “por su felicidad doméstica” y “por la paz en el mundo”, no poseyera “ni un pie cuadrado de tierra fuera de su propia isla”. Apoyó a los revolucionarios irlandeses y protegió a Francisco Miranda, ideólogo de la independencia en América del Sur. En el proyecto de Constitución que redactó junto a Condorcet, incluyó una cláusula que concedía la ciudadanía francesa a todo hombre que hubiera residido un año en la república.
No fue, desde luego, un pacifista en sentido estricto. Frente a las tiranías de distinto signo, justificó la resistencia armada, y él mismo se alistó en el ejército norteamericano para hacer frente a las tropas reales inglesas. Sin embargo, tuvo perfecta consciencia de que las guerras entre naciones sólo se realizaban en beneficio de las distintas Cortes y sus aliados, y sólo podían propagarse, como le recordó al ministro inglés Shelburne, a expensas de “los campesinos, los pequeños comerciantes y los pobres necesitados de Inglaterra”. Su defensa de un horizonte cosmopolita y de una confederación de repúblicas similar a la propuesta por Kant venía, en todo caso, informada por un agudo sentido del realismo: “Si los hombres se permitieran pensar –dejó escrito en Derechos del Hombre- como deben hacerlo los seres racionales, nada podría parecerles más ridículo y absurdo […] que el estar derrochando para construir navíos, llenarlos de hombres y arrastrarlos por el océano con el fin de comprobar cuál de ellos puede hundir al otro más rápidamente. La paz, que no cuesta nada, puede sostenerse con muchas más ventajas que las que reporta cualquier victoria con todos sus gastos. Pero esto, aunque responde al mejor interés de las naciones, no lo hace al de los gobiernos cortesanos, cuya política habitual es maniobrar para conseguir impuestos, cargos y destinos”.
Tom Paine fue un demócrata radical, y por eso, un revolucionario. Hizo suyas, sin hesitar, las indignadas reacciones de quienes, in extremis, recurrían al derecho de resistencia frente a gobiernos despóticos, a los que en último término reputaba responsables de la irrupción de la violencia social. Nada de ello lo llevó a descuidar la relación entre medios y fines. Por el contrario, siempre entendió que el derecho a la revolución no incluía el derecho a prolongar la crueldad ejercida por sus predecesores. Esa convicción de que la lucha por la propia causa no podía convertirse en represalia de facción, le llevó a cuestionar lo que entendió como una deriva represiva de la revolución francesa. Las frustraciones, empero, nunca le hicieron traicionar la causa a la que entregó su vida. Cuando Franklin dijo “donde está la libertad, allí está mi país”, y Paine le respondió “donde no hay libertad, allí está el mío”, distaba mucho de haber improvisado una respuesta ingeniosa. Con una coherencia inquebrantable, este inquieto vástago de un humilde comerciante, que fue sucesivamente corsetero, maestro, empleado subalterno, tabaquero, periodista e inventor, acabaría conquistando, a la vuelta de los siglos, un lugar emblemático en la historia de los forjadores de los derechos humanos. En esa travesía, renunció a aquellos privilegios que lo hubieran alejado de los sectores en cuyo nombre pretendía hablar. Sus éxitos editoriales le podrían haber procurado una vida sin sobresaltos, que le permitiera desarrollar su afición a la física y la mecánica. Sin embargo, fiel a la austeridad republicana que predicó con tanto ardor, lo donó todo a las gestas que la tea de la revolución encendía en distintos recodos del mundo.
A doscientos años de su muerte, muchas de las injusticias y privilegios que rebelaron a Paine persisten, y otros nuevos, posiblemente más feroces, han hecho su entrada en la historia. Tal vez sea ese espectro de recaída en la barbarie, precisamente, lo que hace que su voz siga interpelándonos tanto tiempo después. En ocasión de una reunión celebrada en Londres para celebrar el aniversario de la revolución inglesa de 1688, Paine propuso un memorable brindis “a la salud de la revolución mundial”, convirtiéndose así en una de las voces pioneras del internacionalismo solidario. En un momento en que la crisis económica, social y ecológica que sacude al planeta vuelve a ese internacionalismo más necesario que nunca, rendir un homenaje republicano a la memoria de Tom Paine es acaso una manera de mantener vivo su legado para las generaciones actuales, salvándolo del olvido o de la burda deformación.
Tomado de http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2707
Gerardo Pisarello
Sin Permiso
El pasado mes de junio se cumplió el bicentenario de la muerte del activista inglés Thomas Paine. Agudo polemista, inventor frustrado e infatigable impulsor del republicanismo democrático e internacionalista en el contexto de las grandes revoluciones del siglo XVIII, su figura ha concitado pasiones encontradas. Celebrado por asociaciones populares y organizaciones de trabajadores, ha sido denostado y minimizado por conservadores de toda laya. Este año, la prestigiosa editorial británica de izquierdas, Verso, ha reeditado dos de sus escritos más célebres: Sentido Común (Common Sense) y Derechos del Hombre (Rights of Man), posiblemente el primer alegato moderno a favor de la consagración de derechos humanos civiles, políticos y sociales universales. Al mismo tiempo, un comentarista de Oxford no ha dudado en sostener, al reseñar una reciente biografía escrita por John Keane, que era “amargo y egoísta”, y que “el mundo moderno sería un sitio mejor” si Paine “hubiera permanecido tranquilo en su casa de Thetford”. Hasta Barack Obama ha contribuido a extender la ambigua leyenda que rodea su figura, al citar palabras suyas en su discurso inaugural, pero sin mencionarlo de manera explícita.
A pesar de su deliberada marginación de la historia oficial, la adhesión y el encono suscitados por Paine no son nuevos. A lo largo de los dos últimos siglos, ha sido rescatado, una y otra vez, por librepensadores, socialistas, comunistas y demócratas radicales, en diferentes épocas y lugares. Ha inspirado a escritores como Walt Withman, Herman Melville o Mark Twain, a líderes populares como Thomas Jefferson o el uruguayo José Gervasio Artigas, a activistas como la anarquista Emma Goldman o el preso negro Mumia Abu Jamal, a historiadores como Edward P. Thompson o Eric Hobsbawm, e incluso a cineastas como R. Attenborough o a músicos como Dick Gaughan, quien llegó a dedicarle una balada. Para el pensamiento reaccionario y para no pocos voceros de las clases dominantes, Paine ha sido en cambio la encarnación de todo aquello que detestan y temen. Por eso han intentado presentarlo como un “borracho”, un “arribista”, un “alborotador” o, en palabras del presidente Theodore Roosevelt, inspirador de la “política del garrote” en América Latina en la primera década del siglo XX, un “inmundo ateo”. Claro que no todos han sido igual de toscos. Ronald Reagan, por ejemplo, invocó a Paine en un discurso y, consciente de su prestigio como revolucionario, lo utilizó para justificar su propia “revolución conservadora”.
¿Pero quién es este personaje, que ni siquiera fue un pensador sistemático o un dirigente de primera línea, pero cuya voz sigue resonando en las generaciones actuales? ¿Cómo explicar este recurrente retorno de Paine por encima del olvido y la tergiversación deliberados? Para responder a estos interrogantes, quizás haya que comenzar por mencionar los modestos orígenes del activista inglés. Su padre era un viejo cuáquero, fabricante de corsés, y él mismo realizó varias incursiones frustradas en pequeños negocios para acabar con un puesto de oficial de aduanas. Su formación política no tuvo lugar en altos círculos intelectuales, sino que se forjó a través de lecturas privadas, de una corta experiencia como maestro de escuela y de la asistencia a clubes de debate. Sus orígenes cuáqueros y su propia experiencia vital contribuyeron a que arraigara en Paine un talante racionalista con fuertes implicaciones igualitarias y una espontánea simpatía por la gente de abajo. Uno de los primeros artículos que se le conocen, precisamente, se dirigía a denunciar el aumento del coste de la vida y su impacto en los sectores de menos recursos. “Los ricos, cómodos y prósperos –dejó escrito- pueden pensar que he pintado un escenario inverosímil, pero si descendieran a las regiones de la necesidad, al círculo polar de la pobreza, se encontrarían con que sus opiniones cambian con el clima”.
De haber permanecido en su pueblo natal, es muy probable que Paine, como ha apuntado Hobsbawm, sólo hubiese sido recordado en una alguna extraña tesis doctoral. Una mezcla de causas y azares quiso en cambio que conociera a Benjamin Franklin, cuyos experimentos con la electricidad despertaron su interés y a quien impresionó por la agudeza de sus comentarios. Franklin lo entusiasmó para que emigrara a Norteamérica. A resultas de ello, Paine desembarcó en Filadelfia en 1774, con treinta y siete años. Allí, gracias a las recomendaciones de Franklin, llegó a ser editor de la Pennsylvania Magazine. Desde sus páginas, defendió con audacia una serie de posiciones totalmente minoritarias en aquella época: la condena de la esclavitud, el rechazo de la política británica en la India, la defensa de los derechos de la mujer o la crítica de prácticas aceptadas como el duelo o la crueldad con los animales. A medida que la situación social y política de las colonias fue derivando hacia un creciente enfrentamiento con Inglaterra, el nombre de Paine fue ganando protagonismo. Frente a una mayoría de posiciones críticas pero no rupturistas, como la del propio G. Washington, Paine publicó en 1776 Sentido Común, una encendida y eficaz defensa del derecho a la rebelión y a la independencia. Inmediatamente, el ensayo se convirtió en un impresionante éxito de difusión (precisamente, las palabras citadas por Obama en su discurso inaugural provienen de este escrito).
Tras su fulgurante participación en la lucha contra el imperio británico, Paine pasó de ser un pobre artesano inglés a convertirse en un intelectual ampliamente reconocido. Trabó amistad con Thomas Jefferson, por ejemplo, lo que le permitió contribuir a la redacción de la Declaración de la Independencia de 1776. Paine era un decidido partidario de incorporar una cláusula contra la esclavitud, pero la propuesta fue retirada tras las objeciones de algunos Estados traficantes de esclavos. También participó en la redacción de la Constitución de Pennsylvania del mismo año, considerada uno de los textos más avanzados de la época desde un punto de vista democrático. Cuando la revolución, sin embargo, comenzó a adoptar un giro conservador a resultas de la presión de las nuevas oligarquías agrarias, industriales y financieras que gestionaron la posguerra, Paine comenzó a distanciarse de la arena pública y a refugiarse en algunos de sus proyectos personales favoritos: el diseño de un puente de hierro de un solo arco y la experimentación con un tipo de velas que no echaban humo.
Con el objeto de promocionar sus inventos y la propia revolución, viajó a Inglaterra y Francia. Pero su destino estaba lejos de la ciencia o la diplomacia. A los disparos de Lexington sucedieron los estruendos de la Bastilla, que lo impresionaron vivamente. En respuesta, precisamente, a las diatribas de E. Burke contra la “violencia plebeya” de la revolución francesa y contra los supuestos racionalistas y universalistas que inspiraban los hechos de París, Paine escribió Derechos del Hombre. Allí, valiéndose de su estilo claro y punzante, embestía contra la monarquía y contra los fundamentos aristocráticos del sistema político británico, al tiempo que defendía la superioridad del constitucionalismo republicano y democrático. Pero abogaba, además, por un programa de derechos sociales que asegurara a todos disfrutar de las condiciones materiales para el ejercicio de las libertades públicas. El nuevo escrito tuvo un fuerte impacto en diferentes organizaciones republicanas democráticas inglesas, que lo tomaron como bandera. Al igual que con Sentido Común, Paine les cedió los derechos de autor. La reacción gubernamental, sin embargo, no se hizo esperar: una proclamación real lo declaró culpable del delito de sedición.
Cuando la Inglaterra monárquica se abalanzó sobre Paine, éste encontró cobijo en la Francia revolucionaria. Su desconocimiento del francés y los contactos hechos desde América contribuyeron a que se vinculara con el círculo de los moderados girondinos. Junto a Condorcet, fundó una sociedad republicana, ya en 1791. “En razón de mi ansia de honor y dignidad para la especie humana –escribió a Sieyès- del disgusto que profeso al ver a hombres maduros dirigidos como niños; en atención al horror que me inspiran todos los males que la monarquía ha sembrado sobre la tierra: la miseria, las exacciones, las guerras, las masacres con las que ha aplastado a la humanidad; a todo ese infierno, en fin, de la monarquía, yo le he declarado la guerra”. Su relación con el ala jacobina fue controvertida. A pesar de su abierto compromiso con la profundización de la república democrática, receló de una supuesta “razón de estado revolucionaria” construida sobre la justificación de las “manos sucias” y del uso oportunista de la legalidad. Su percepción de que los límites ético-políticos del proceso revolucionario se relajaban le llevó a escribir a G. Danton, en 1793: “He perdido la esperanza de ver cumplido el gran proyecto de la libertad europea. La causa de mi desesperación no reside en la coalición de potencias extranjeras, ni en las intrigas de aristócratas y sacerdotes, sino más bien en el descuido con el que se han llevado los asuntos de la revolución”. Estas diferencias se consolidarían con el juicio a Luis XVI. Contra la opinión de prestigiosos dirigentes republicanos, Paine se opuso a la ejecución del rey y propuso en su lugar que se lo encarcelara para luego desterrarlo a Estados Unidos. Esta posición lo acabaría de enfrentar con los jacobinos, que lo confinaron en la prisión de Luxemburgo, donde permanecería durante casi un año. Al igual que importante figuras como M. Robespierre o J.P. Marat, Paine era un enérgico adversario de la pena de muerte y de la crueldad del sistema penal. Pero pensaba que una actitud así debía informar con igual escrúpulo la actuación revolucionaria. “Una avidez por castigar –razonaría- es siempre peligrosa para la libertad. Ello conduce a los hombres a violentar, malinterpretar y abusar incluso de la mejor de las leyes. Aquel que asegura su propia libertad, debe proteger incluso a su enemigo de la opresión, porque si viola ese deber, establece un precedente que a él mismo llegará”.
A pesar de su encarcelamiento, Paine no renunció a sus convicciones revolucionarias. Con la caída de Robespierre y la reacción termidoriana, fue liberado y readmitido en la Convención. En uno de sus primeros discursos, denunció de modo inapelable el proyecto de Constitución redactado por Danou y Boissy d’Anglas, en el que, entre otras cuestiones, se preveía el voto censitario. “Un país gobernado por los propietarios –dijo en aquella ocasión, ratificando sus convicciones igualitarias- corresponde al orden social; aquel donde gobiernan los no propietarios, al estado natural”. En la línea del republicanismo avanzado de su tiempo, Paine advirtió pronto la tensión existente entre la generalización del acceso a la propiedad y una concepción excluyente de la misma que sólo podía engendrar lujos inadmisibles, violencia y corrupción. “El que utiliza su propiedad económica –escribió- o abusa de la influencia que ésta le confiere para desposeer o robar a otros su propiedad, usa su propiedad pecuniaria como el que emplea armas de fuego, y merece que se la quiten”. Su ideal, en este punto, no era el de un igualitarista radical. Más bien se acercaba al de Rousseau y otros republicanos democráticos: una sociedad sin opulencia ni miseria, libre de desigualdades extremas e integrada por pequeños propietarios independientes, capaces de vivir sin el permiso de otros.
Para concretar estos objetivos, y recuperando las banderas enarboladas por los partidarios de Robespierre, Paine publicó en 1797 un breve panfleto titulado Justicia Agraria (Agrarian Justice). En él retomaba el programa social defendido en Derechos del hombre y le añadía la creación de un fondo nacional que permitiera pagar un ingreso incondicional a toda persona que hubiera cumplido los veintiún años, así como un ingreso extra, anual y permanente, a todas las personas a partir de los cincuenta años. Este ingreso, un temprano antecedente de la actual propuesta de una renta básica de ciudadanía, se justificaba, según Paine, como una compensación a la posibilidad de apropiación privada de un bien común como era la tierra. Y si en Derechos del hombre se defendía la financiación de los derechos sociales a través de un impuesto progresivo a la renta, en Justicia Agraria se proponía sufragar el derecho a un ingreso incondicional a través de un impuesto a la herencia “que permitiera sustraer de la propiedad una parte igual al valor de la herencia natural que ha sido absorbida”.
Rodeado de enemigos entre los partidarios de la monarquía y entre las clases propietarias en general, Paine había abierto otro frente de batalla al publicar, también hacia 1795, La edad de la razón (The Age of Reason) un ácido alegato contra el fundamentalismo religioso y las iglesias institucionalizadas. Desde premisas anticlericales aunque no antirreligiosas, Paine intentaba refutar en palabras sencillas la difundida idea de que la Biblia fuese la palabra de Dios. Asimismo, denunciaba en duros términos la frecuente connivencia entre poder temporal y religioso. “Todas las instituciones nacionales de las iglesias –sostenía- no me parecen otra cosa que invenciones humanas establecidas para aterrorizar y esclavizar a la humanidad y para monopolizar el poder y el dinero […] Yo no creo en el credo profesado por la Iglesia Judía, por la Iglesia Romana, por la Iglesia Turca, por la Iglesia Protestante, ni por ninguna Iglesia que conozca. Mi mente es mi propia Iglesia”. A pesar de los múltiples ataques y de las acusaciones de ateísmo que le granjearon este tipo de afirmaciones, Paine fue un deísta convencido. Su crítica no provenía del sarcasmo penetrante e individualista que el pensamiento burgués había utilizado para socavar el andamiaje de irracionalidad sobre el que se sostenía el antiguo régimen. Más bien obedecía a un sentido igualitario y fraterno de la religiosidad, libre, eso sí, de supersticiones, y compatible con los avances de la razón y de la ciencia en general. Su actitud no era, en otras palabras, la de un Voltaire, de cuyo espíritu aristocrático por otro lado carecía. Por el contrario, sus ataques nacían de una concepción profundamente humanista y horizontal de la religión, que con las debidas distancias, recuerda en más de un punto a Spinoza.
La extinción de las viejas energías revolucionarias, en cualquier caso, fue erosionando la esperanza inicial de Paine de una expansión de la causa republicano democrática en Europa. Animado por la elección de su amigo Jefferson, emprendió su regreso a Estados Unidos en 1802. Poco tiempo le llevó constatar el sello oligárquico que el desarrollo capitalista había imprimido a la vida política del país a cuya independencia tanto había contribuido. Su obra, vinculada sobre todo a su posición sobre temas religiosos, constituía ahora el caballo de batalla de los sectores federalistas, convertidos en partido político, en sus ataques contra Jefferson. La fama y la gloria de antaño cedieron entonces al progresivo aislamiento político y al empobrecimiento económico. A pesar de ello, Paine no cejó en utilizar el periodismo como trinchera contra los embates conservadores. En 1803, escribió una serie de artículos en los que atacaba a los federalistas y los acusaba de haber favorecido un peligroso proceso de concentración de poder en manos del ejecutivo. Para apuntalar sus argumentos, no dudaba en calificar al último gobierno de Washington y al de J. Adams como auténticos “reinos del terror”.
Su irreverente crítica de los “padres fundadores” acabó por acentuar su marginación social y política. Relegado, hostigado y censurado en los tres países por cuya libertad había luchado, Paine murió una mañana de junio de 1809. Hasta el último momento de su agonía, un grupo de clérigos lo persiguió e intentó sin éxito arrancarle una frase de arrepentimiento o de conversión religiosa. Contra su última voluntad, le fue negado el entierro en campo cuáquero. A su funeral, que transcurrió en su granja de New Rochelle, sólo asistieron, significativamente, una asistenta con su hijo y una dispersa procesión de irlandeses y de afroamericanos que mostraban así su reconocimiento por quien tanto había defendido sus derechos.
El desafortunado final de Paine, en todo caso, no impediría que su vida y sus ideas continuaran recogiendo encendidas adhesiones y enconada oposición en las generaciones subsiguientes. Aunque no fue un pensador erudito ni un gran líder, fue uno de los más geniales cultivadores del panfleto activista y uno de los más grandes periodistas políticos de la historia. Su sarcasmo y su estilo directo e ingenioso fueron dardos hirientes para sus adversarios y fuente de entusiasmo entre su vasto espectro de lectores. La sencillez de sus orígenes y su temperamento cuáquero, su concepción igualitaria de los hombres, el hecho de formar parte de aquéllos para los que escribía, le permitieron llegar allí donde otros pensadores, acaso más finos y originales, no pudieron hacerlo. Con sorprendente precocidad para su tiempo, Paine defendió derechos que tardarían siglos en consolidarse y que todavía hoy son reiteradamente vulnerados: la libertad de expresión, de conciencia y de culto; las garantías procesales y penales justas; el derecho de asociación y participación política; los derechos sociales; los derechos de colectivos en situación de vulnerabilidad como las mujeres, los pueblos indios o la población afroamericana; el derecho a la autodeterminación de los pueblos; el derecho a la paz e incluso el derecho de los animales a no recibir tratos crueles innecesarios.
Su permanente condición de desclasado, de outsider forzado a cargar con su condición de extranjero allí donde le tocó actuar, lo convirtió además en uno de los primeros teóricos y activistas del cosmopolitismo moderno. En su obsesión por completar lo que llamaba “el círculo de la civilización”, impulsó la libertad republicana en los rincones más distantes del planeta. Censuró enérgicamente el colonialismo en Asia, África y América. Abogó a favor de que Inglaterra, “por su felicidad doméstica” y “por la paz en el mundo”, no poseyera “ni un pie cuadrado de tierra fuera de su propia isla”. Apoyó a los revolucionarios irlandeses y protegió a Francisco Miranda, ideólogo de la independencia en América del Sur. En el proyecto de Constitución que redactó junto a Condorcet, incluyó una cláusula que concedía la ciudadanía francesa a todo hombre que hubiera residido un año en la república.
No fue, desde luego, un pacifista en sentido estricto. Frente a las tiranías de distinto signo, justificó la resistencia armada, y él mismo se alistó en el ejército norteamericano para hacer frente a las tropas reales inglesas. Sin embargo, tuvo perfecta consciencia de que las guerras entre naciones sólo se realizaban en beneficio de las distintas Cortes y sus aliados, y sólo podían propagarse, como le recordó al ministro inglés Shelburne, a expensas de “los campesinos, los pequeños comerciantes y los pobres necesitados de Inglaterra”. Su defensa de un horizonte cosmopolita y de una confederación de repúblicas similar a la propuesta por Kant venía, en todo caso, informada por un agudo sentido del realismo: “Si los hombres se permitieran pensar –dejó escrito en Derechos del Hombre- como deben hacerlo los seres racionales, nada podría parecerles más ridículo y absurdo […] que el estar derrochando para construir navíos, llenarlos de hombres y arrastrarlos por el océano con el fin de comprobar cuál de ellos puede hundir al otro más rápidamente. La paz, que no cuesta nada, puede sostenerse con muchas más ventajas que las que reporta cualquier victoria con todos sus gastos. Pero esto, aunque responde al mejor interés de las naciones, no lo hace al de los gobiernos cortesanos, cuya política habitual es maniobrar para conseguir impuestos, cargos y destinos”.
Tom Paine fue un demócrata radical, y por eso, un revolucionario. Hizo suyas, sin hesitar, las indignadas reacciones de quienes, in extremis, recurrían al derecho de resistencia frente a gobiernos despóticos, a los que en último término reputaba responsables de la irrupción de la violencia social. Nada de ello lo llevó a descuidar la relación entre medios y fines. Por el contrario, siempre entendió que el derecho a la revolución no incluía el derecho a prolongar la crueldad ejercida por sus predecesores. Esa convicción de que la lucha por la propia causa no podía convertirse en represalia de facción, le llevó a cuestionar lo que entendió como una deriva represiva de la revolución francesa. Las frustraciones, empero, nunca le hicieron traicionar la causa a la que entregó su vida. Cuando Franklin dijo “donde está la libertad, allí está mi país”, y Paine le respondió “donde no hay libertad, allí está el mío”, distaba mucho de haber improvisado una respuesta ingeniosa. Con una coherencia inquebrantable, este inquieto vástago de un humilde comerciante, que fue sucesivamente corsetero, maestro, empleado subalterno, tabaquero, periodista e inventor, acabaría conquistando, a la vuelta de los siglos, un lugar emblemático en la historia de los forjadores de los derechos humanos. En esa travesía, renunció a aquellos privilegios que lo hubieran alejado de los sectores en cuyo nombre pretendía hablar. Sus éxitos editoriales le podrían haber procurado una vida sin sobresaltos, que le permitiera desarrollar su afición a la física y la mecánica. Sin embargo, fiel a la austeridad republicana que predicó con tanto ardor, lo donó todo a las gestas que la tea de la revolución encendía en distintos recodos del mundo.
A doscientos años de su muerte, muchas de las injusticias y privilegios que rebelaron a Paine persisten, y otros nuevos, posiblemente más feroces, han hecho su entrada en la historia. Tal vez sea ese espectro de recaída en la barbarie, precisamente, lo que hace que su voz siga interpelándonos tanto tiempo después. En ocasión de una reunión celebrada en Londres para celebrar el aniversario de la revolución inglesa de 1688, Paine propuso un memorable brindis “a la salud de la revolución mundial”, convirtiéndose así en una de las voces pioneras del internacionalismo solidario. En un momento en que la crisis económica, social y ecológica que sacude al planeta vuelve a ese internacionalismo más necesario que nunca, rendir un homenaje republicano a la memoria de Tom Paine es acaso una manera de mantener vivo su legado para las generaciones actuales, salvándolo del olvido o de la burda deformación.
Tomado de http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2707
lunes, julio 06, 2009
es bueno que ganó la soja? como dice Suplemento rural de Clarin?
Leamos atentamente hacia donde vamos por este camino "verde y Competitivo"
http://xlsemanal.finanzas.com/web/articulo.php?id=44738&id_edicion=4307&salto_pagina=2
http://xlsemanal.finanzas.com/web/articulo.php?id=44738&id_edicion=4307&salto_pagina=2
a confesion de parte, relevo de prueba:clarin y los sojeros
LOS TEMAS DE LA SEMANA: TRAS LAS ELECCIONES, EL DEBATE SOBRE EL MODELO
Ganó la Argentina verde y competitiva
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Héctor A. Huergo.
hhuergo@clarin.com
El resultado electoral es un triunfo contundente de la Argentina Verde y Competitiva. Ganó la soja. Ganó el modelo del eje Rosario-Córdoba, el nuevo centro de gravedad de la economía argentina. La sociedad entiende que no se pueden atender las necesidades de los sectores postergados, representados por el eje Matanza-Riachuelo, expoliando al interior genuinamente productivo. Como decíamos una semana atrás, no es desnudando al santo del interior como se va a vestir al santo del conurbano. Hace falta "otro modelo".
El resultado electoral es un hito más, si no la culminación, del camino iniciado cuando el gobierno intentó la exacción de la renta agropecuaria con las retenciones móviles. Todos los referentes que emergieron como ganadores tuvieron que ver con la fenomenal epopeya del campo, cuando le puso la mano en el pecho a un gobierno que, en nombre de la mesa de los argentinos, jaqueó nada menos que a la Segunda Revolución de las Pampas.
Así, se empieza a expresar en la arena política una realidad diferente. Era paradojal que mientras el centro de gravedad de la economía y la sociedad argentina se corría cada vez más al norte, la conducción política caía en manos del lejano sur, rentista de recursos naturales no renovables.
Sí, es el "soy power" (el poder de la soja). Es la respuesta de la sociedad ante el ataque absurdo que se intentó contra el nuevo maná que cayó sobre estas pampas. No hay nada más explícito que el paso al frente de Carlos Reutemann, que se plantó ante la opinión pública como un adalid de la nueva agricultura. Felipe Solá es el que liberó en 1996 el uso de la soja modificada genéticamente, la gran llave de la expansión. En aquel año se habían producido 15 millones de toneladas, y como valía 200 dólares la tonelada, se generó un valor de 3.000 millones de dólares. En el 2008 se habían alcanzado 47 millones de toneladas, tres veces más. Y el precio pasó los 500 dólares, desmintiendo a quienes pensaban que por culpa de las nuevas variedades, perderíamos los mercados. ¡Pasamos de 3.000 millones, a más de 20.000!.
Julio Cobos, el otro gran ganador, también representa esto. No tanto por provenir de una provincia que experimentó su propia revolución agroindustrial, con el advenimiento de los nuevos vinos de calidad, sus frutas y hortalizas, la riqueza construida con enorme esfuerzo en sus valles regados. Todo esto estaba sucediendo, pero fue su voto no positivo de aquella noche memorable lo que lo lanzó al estrellato político. Fue también la soja y todo lo que representa.
El porteño Macri habló, en su breve arenga en la noche del domingo, del rol de la agroindustria. De Narváez también. Irrumpió en escena el importantísimo Jerónimo "Momo" Venegas, jefe de los trabajadores rurales, constructor de la alianza entre De Narváez, Macri y Solá. Un dirigente gremial peronista, alternativa al poder de Moyano en la CGT, que se plantó indignado frente a los Kirchner cuando le espetaban a "las patronales" del campo que tenían a los trabajadores en negro, y con salarios de hambre. Venegas le mostraba su creación mayor, el Renatre (Registro Nacional de Trabajadores Rurales), que permitió el blanqueo de miles de obreros. Y remarcaba que los sueldos de los tractoristas, maquinistas de cosecha y los operadores de la moderna agricultura, ganan más que los obreros industriales.
Lo que está sucediendo, entonces, es que el país que se venía edificando desde el interior, ahora avanza hacia el poder con sus propios candidatos. Es una enorme responsabilidad, plagada de amenazas. La mayor es el apuro por sacar leyes, una actitud explicable en función de los enormes problemas generados al sector por los errores oficiales. Por ejemplo, hay dando vueltas una "ley marco", que puede convertirse en un tamiflú aplicado antes de tiempo. Un remedio peor que la enfermedad, que entre otras cosas, puede dejar consagradas de por vida a las retenciones. Cuidado.
Ganó la Argentina verde y competitiva
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Héctor A. Huergo.
hhuergo@clarin.com
El resultado electoral es un triunfo contundente de la Argentina Verde y Competitiva. Ganó la soja. Ganó el modelo del eje Rosario-Córdoba, el nuevo centro de gravedad de la economía argentina. La sociedad entiende que no se pueden atender las necesidades de los sectores postergados, representados por el eje Matanza-Riachuelo, expoliando al interior genuinamente productivo. Como decíamos una semana atrás, no es desnudando al santo del interior como se va a vestir al santo del conurbano. Hace falta "otro modelo".
El resultado electoral es un hito más, si no la culminación, del camino iniciado cuando el gobierno intentó la exacción de la renta agropecuaria con las retenciones móviles. Todos los referentes que emergieron como ganadores tuvieron que ver con la fenomenal epopeya del campo, cuando le puso la mano en el pecho a un gobierno que, en nombre de la mesa de los argentinos, jaqueó nada menos que a la Segunda Revolución de las Pampas.
Así, se empieza a expresar en la arena política una realidad diferente. Era paradojal que mientras el centro de gravedad de la economía y la sociedad argentina se corría cada vez más al norte, la conducción política caía en manos del lejano sur, rentista de recursos naturales no renovables.
Sí, es el "soy power" (el poder de la soja). Es la respuesta de la sociedad ante el ataque absurdo que se intentó contra el nuevo maná que cayó sobre estas pampas. No hay nada más explícito que el paso al frente de Carlos Reutemann, que se plantó ante la opinión pública como un adalid de la nueva agricultura. Felipe Solá es el que liberó en 1996 el uso de la soja modificada genéticamente, la gran llave de la expansión. En aquel año se habían producido 15 millones de toneladas, y como valía 200 dólares la tonelada, se generó un valor de 3.000 millones de dólares. En el 2008 se habían alcanzado 47 millones de toneladas, tres veces más. Y el precio pasó los 500 dólares, desmintiendo a quienes pensaban que por culpa de las nuevas variedades, perderíamos los mercados. ¡Pasamos de 3.000 millones, a más de 20.000!.
Julio Cobos, el otro gran ganador, también representa esto. No tanto por provenir de una provincia que experimentó su propia revolución agroindustrial, con el advenimiento de los nuevos vinos de calidad, sus frutas y hortalizas, la riqueza construida con enorme esfuerzo en sus valles regados. Todo esto estaba sucediendo, pero fue su voto no positivo de aquella noche memorable lo que lo lanzó al estrellato político. Fue también la soja y todo lo que representa.
El porteño Macri habló, en su breve arenga en la noche del domingo, del rol de la agroindustria. De Narváez también. Irrumpió en escena el importantísimo Jerónimo "Momo" Venegas, jefe de los trabajadores rurales, constructor de la alianza entre De Narváez, Macri y Solá. Un dirigente gremial peronista, alternativa al poder de Moyano en la CGT, que se plantó indignado frente a los Kirchner cuando le espetaban a "las patronales" del campo que tenían a los trabajadores en negro, y con salarios de hambre. Venegas le mostraba su creación mayor, el Renatre (Registro Nacional de Trabajadores Rurales), que permitió el blanqueo de miles de obreros. Y remarcaba que los sueldos de los tractoristas, maquinistas de cosecha y los operadores de la moderna agricultura, ganan más que los obreros industriales.
Lo que está sucediendo, entonces, es que el país que se venía edificando desde el interior, ahora avanza hacia el poder con sus propios candidatos. Es una enorme responsabilidad, plagada de amenazas. La mayor es el apuro por sacar leyes, una actitud explicable en función de los enormes problemas generados al sector por los errores oficiales. Por ejemplo, hay dando vueltas una "ley marco", que puede convertirse en un tamiflú aplicado antes de tiempo. Un remedio peor que la enfermedad, que entre otras cosas, puede dejar consagradas de por vida a las retenciones. Cuidado.
viernes, julio 03, 2009
el modelo por aldo ferrer
Por Aldo Ferrer
El “modelo”
02-07-2009 / LA EXPERIENCIA DE LOS PAÍSES EXITOSOS
Aldo Ferrer | Director Editorial En economía se define como “modelo” a la estructura productiva y a la estrategia conforme a las cuales se organizan los recursos y establecen relaciones con el resto del mundo. Es un término del cual abusamos en la Argentina cuando discutimos nuestros problemas económicos. El hecho es revelador de la circunstancia que, dos siglos después de la Revolución de Mayo, no hemos logrado todavía conformar una estructura productiva ni aplicar una estrategia de largo plazo eficientes para desplegar el potencial de recursos disponibles. Subsisten, al respecto, proyectos, “modelos”, alternativos.
A lo largo de nuestra historia operamos bajo diversos “modelos” económicos. El “primario exportador”, fundado en la producción y exportaciones agropecuarias, instalado desde mediados del siglo XIX hasta la gran crisis mundial de 1930. El de la ISI (industrialización sustitutiva de importaciones), desde 1930 hasta mediados de la década de 1970. El “neoliberal”, instalado con el golpe de Estado de 1976, el cual alcanzó su apogeo en la década de 1990. Ninguno de ellos conformó una estructura productiva y una inserción internacional viables en el largo plazo.
La cuestión del “modelo” ha dejado de ser, hace mucho tiempo, un tema de debate en las economías maduras y en las emergentes en proceso de transformación. En todas ellas, sus sociedades y sistemas políticos operan con consensos básicos acerca de la estructura productiva necesaria, su vinculación con la división internacional del trabajo y la estrategia conveniente a los objetivos buscados. No es así en la Argentina. De allí la actualidad del debate sobre el “modelo”. De allí, también, la frecuencia con que empleamos la expresión “nación”, cuando nos referimos al país.
Este último es un punto que, hace algún tiempo, lo observó el eminente economista chileno Osvaldo Sunkel. Conversando, un día me expresó su perplejidad acerca del empleo frecuente de ese término en la Argentina, en vez de “república” o “país”, como sucede normalmente en otras partes. La causa es probablemente la misma. Hablamos tanto del tema porque sospechamos que somos, todavía, una patria inconclusa que no ha consumado la realización de su densidad nacional. Vale decir, la cohesión social, liderazgos con estrategias de acumulación de poder fundado en el dominio y la movilización de los recursos disponibles dentro del espacio territorial, la estabilidad institucional y política de largo plazo, la vigencia de un pensamiento crítico no subordinado a los criterios de los centros hegemónicos del orden mundial y, consecuentemente, políticas económicas generadoras de oportunidades para amplios sectores sociales, protectoras de los intereses nacionales y capaces de arbitrar los conflictos distributivos para asegurar los equilibrios macroeconómicos.
Tenemos así pendiente el fortalecimiento de la densidad nacional y, en este contexto, generar un consenso hegemónico sobre el “modelo” necesario y posible. La discrepancia entre los proyectos alternativos, se despliega principalmente en torno de tres cuestiones fundamentales: la relación campo-industria, el papel del Estado y la inserción de la economía argentina en la mundial.
Para el proyecto neoliberal sucede que el ahorro interno es insuficiente para sostener una elevada tasa de crecimiento y que, más allá de la explotación de los recursos naturales, la sociedad argentina es incapaz de gestionar conocimientos de frontera inherentes a la formación de estructuras productivas industriales, diversificadas y complejas. Como el libre juego de las fuerzas del mercado impulsa el desarrollo y el bienestar, el Estado no debe intervenir en la asignación de recursos y la distribución del ingreso. De estos supuestos se desprenden conclusiones inexorables, a saber:
1. El crédito internacional y las inversiones privadas directas extranjeras son la fuente fundamental de la acumulación de capital.
2. El país y sus emprendedores sólo tienen capacidad de desarrollar, con eficiencia, la producción primaria vinculada a la explotación de los recursos naturales.
3. La inserción de la economía argentina en la división internacional del trabajo descansa necesariamente en su especialización como exportador de productos primarios e importador de manufacturas y servicios complejos.
4. Como consecuencia de lo anterior, el país siempre necesita adherirse al centro hegemónico de cada época, como lo fueron Gran Bretaña hasta la crisis de la década de 1930, luego los Estados Unidos y, en la actualidad, presumiblemente China por el dinamismo de su demanda de productos primarios.
5. El Estado debe limitarse a transmitir señales amistosas a los mercados y los operadores privados, con vistas a permitir la inversión y el crecimiento.
Para el enfoque nacional, los supuestos del paradigma neoliberal no se corresponden con la realidad de la economía argentina y del orden mundial y, por lo tanto, su estrategia es incompatible con el desarrollo económico. La tasa de ahorro interno es elevada, fuente fundamental de la acumulación de capital y sustento potencial de una elevada tasa de desarrollo. Los cuadros técnicos y profesionales, la fuerza de trabajo y los emprendedores argentinos, han revelado reiteradamente su capacidad de gestionar el conocimiento y aplicarlo en la cadena de valor de la producción agropecuaria y en áreas de frontera de la industria. No es talento lo escaso en la Argentina sino, en todo caso, la existencia de condiciones propicias de largo plazo para su aplicación en todo el campo, toda la industria y todas las regiones. El Estado es el instrumento necesario para desplegar los recursos disponibles, incentivar la creatividad e iniciativas privadas, gestionar el conocimiento, conformar una estructura productiva conducente al desarrollo y defender los intereses nacionales en el escenario mundial. El papel periférico y subordinado al que la estrategia neoliberal conduce al país no es, por lo tanto, un destino inexorable impuesto por supuestas limitaciones internas y las realidades del orden mundial. En definitiva, los países se construyen desde adentro hacia afuera, no a la inversa. Cada cual tiene la globalización que se merece en virtud de la calidad de sus respuestas a los desafíos y oportunidades de la globalización. La Argentina no es una excepción.
En la actualidad, los acontecimientos internacionales han desacreditado el imaginario neoliberal a nivel global. En el plano interno, la economía argentina se recuperó, después de la crisis del 2001/2002, cuando se rechazó el paradigma ortodoxo, ordenó la deuda, logró la solvencia fiscal y externa y modificaron los precios relativos a favor de la producción y el trabajo argentinos. En los últimos años, la política económica incorporó elementos fundamentales del “modelo” nacional. Pero la acumulación de tensiones en el plano interno debilita sus bases de sustentación. Una de las evidencias más graves se refiere al creciente déficit en el intercambio de manufacturas de origen industrial, revelador de la pérdida de competitividad de la producción de bienes transables distintos de los fundados en los recursos naturales. Ese déficit con dos de nuestros principales socios comerciales, Brasil y China, aumentó de u$s2,5 a u$s15.000 millones, entre el 2003 y el 2008. Otra evidencia es la fuga de capitales que, en los últimos dos años, ha implicado un drenaje de recursos del orden de los u$s40.000 millones, los cuales, de haberse retenido y reciclado en el circuito productivo interno, habrían elevado en tres o cuatro puntos la tasa de inversión, aumentado el empleo y permitido una tasa de crecimiento superior al 5% del PBI.
El mantenimiento de estas tendencias amenaza con restablecer la vulnerabilidad externa y, a partir de allí, fortalecer la prédica ortodoxa de volver a recurrir a la ayuda internacional, para cerrar la brecha en los pagos externos y recuperar la “confianza”. Éste sería el punto de partida del regreso al “modelo” neoliberal. La única vía realista de restablecer la confianza es consolidar los equilibrios macroeconómicos del sistema y ratificar que podemos vivir con lo nuestro, abiertos al mundo, en el comando de nuestro propio destino. Sobre esas bases es posible y conveniente participar en los mercados internacionales de crédito sin renunciar a la soberanía.
En resumen, tenemos que hacer lo mismo que los países exitosos cuyos “modelos” son, siempre y en todos los casos, “nacionales”.
Aldo Ferrer
El “modelo”
02-07-2009 / LA EXPERIENCIA DE LOS PAÍSES EXITOSOS
Aldo Ferrer | Director Editorial En economía se define como “modelo” a la estructura productiva y a la estrategia conforme a las cuales se organizan los recursos y establecen relaciones con el resto del mundo. Es un término del cual abusamos en la Argentina cuando discutimos nuestros problemas económicos. El hecho es revelador de la circunstancia que, dos siglos después de la Revolución de Mayo, no hemos logrado todavía conformar una estructura productiva ni aplicar una estrategia de largo plazo eficientes para desplegar el potencial de recursos disponibles. Subsisten, al respecto, proyectos, “modelos”, alternativos.
A lo largo de nuestra historia operamos bajo diversos “modelos” económicos. El “primario exportador”, fundado en la producción y exportaciones agropecuarias, instalado desde mediados del siglo XIX hasta la gran crisis mundial de 1930. El de la ISI (industrialización sustitutiva de importaciones), desde 1930 hasta mediados de la década de 1970. El “neoliberal”, instalado con el golpe de Estado de 1976, el cual alcanzó su apogeo en la década de 1990. Ninguno de ellos conformó una estructura productiva y una inserción internacional viables en el largo plazo.
La cuestión del “modelo” ha dejado de ser, hace mucho tiempo, un tema de debate en las economías maduras y en las emergentes en proceso de transformación. En todas ellas, sus sociedades y sistemas políticos operan con consensos básicos acerca de la estructura productiva necesaria, su vinculación con la división internacional del trabajo y la estrategia conveniente a los objetivos buscados. No es así en la Argentina. De allí la actualidad del debate sobre el “modelo”. De allí, también, la frecuencia con que empleamos la expresión “nación”, cuando nos referimos al país.
Este último es un punto que, hace algún tiempo, lo observó el eminente economista chileno Osvaldo Sunkel. Conversando, un día me expresó su perplejidad acerca del empleo frecuente de ese término en la Argentina, en vez de “república” o “país”, como sucede normalmente en otras partes. La causa es probablemente la misma. Hablamos tanto del tema porque sospechamos que somos, todavía, una patria inconclusa que no ha consumado la realización de su densidad nacional. Vale decir, la cohesión social, liderazgos con estrategias de acumulación de poder fundado en el dominio y la movilización de los recursos disponibles dentro del espacio territorial, la estabilidad institucional y política de largo plazo, la vigencia de un pensamiento crítico no subordinado a los criterios de los centros hegemónicos del orden mundial y, consecuentemente, políticas económicas generadoras de oportunidades para amplios sectores sociales, protectoras de los intereses nacionales y capaces de arbitrar los conflictos distributivos para asegurar los equilibrios macroeconómicos.
Tenemos así pendiente el fortalecimiento de la densidad nacional y, en este contexto, generar un consenso hegemónico sobre el “modelo” necesario y posible. La discrepancia entre los proyectos alternativos, se despliega principalmente en torno de tres cuestiones fundamentales: la relación campo-industria, el papel del Estado y la inserción de la economía argentina en la mundial.
Para el proyecto neoliberal sucede que el ahorro interno es insuficiente para sostener una elevada tasa de crecimiento y que, más allá de la explotación de los recursos naturales, la sociedad argentina es incapaz de gestionar conocimientos de frontera inherentes a la formación de estructuras productivas industriales, diversificadas y complejas. Como el libre juego de las fuerzas del mercado impulsa el desarrollo y el bienestar, el Estado no debe intervenir en la asignación de recursos y la distribución del ingreso. De estos supuestos se desprenden conclusiones inexorables, a saber:
1. El crédito internacional y las inversiones privadas directas extranjeras son la fuente fundamental de la acumulación de capital.
2. El país y sus emprendedores sólo tienen capacidad de desarrollar, con eficiencia, la producción primaria vinculada a la explotación de los recursos naturales.
3. La inserción de la economía argentina en la división internacional del trabajo descansa necesariamente en su especialización como exportador de productos primarios e importador de manufacturas y servicios complejos.
4. Como consecuencia de lo anterior, el país siempre necesita adherirse al centro hegemónico de cada época, como lo fueron Gran Bretaña hasta la crisis de la década de 1930, luego los Estados Unidos y, en la actualidad, presumiblemente China por el dinamismo de su demanda de productos primarios.
5. El Estado debe limitarse a transmitir señales amistosas a los mercados y los operadores privados, con vistas a permitir la inversión y el crecimiento.
Para el enfoque nacional, los supuestos del paradigma neoliberal no se corresponden con la realidad de la economía argentina y del orden mundial y, por lo tanto, su estrategia es incompatible con el desarrollo económico. La tasa de ahorro interno es elevada, fuente fundamental de la acumulación de capital y sustento potencial de una elevada tasa de desarrollo. Los cuadros técnicos y profesionales, la fuerza de trabajo y los emprendedores argentinos, han revelado reiteradamente su capacidad de gestionar el conocimiento y aplicarlo en la cadena de valor de la producción agropecuaria y en áreas de frontera de la industria. No es talento lo escaso en la Argentina sino, en todo caso, la existencia de condiciones propicias de largo plazo para su aplicación en todo el campo, toda la industria y todas las regiones. El Estado es el instrumento necesario para desplegar los recursos disponibles, incentivar la creatividad e iniciativas privadas, gestionar el conocimiento, conformar una estructura productiva conducente al desarrollo y defender los intereses nacionales en el escenario mundial. El papel periférico y subordinado al que la estrategia neoliberal conduce al país no es, por lo tanto, un destino inexorable impuesto por supuestas limitaciones internas y las realidades del orden mundial. En definitiva, los países se construyen desde adentro hacia afuera, no a la inversa. Cada cual tiene la globalización que se merece en virtud de la calidad de sus respuestas a los desafíos y oportunidades de la globalización. La Argentina no es una excepción.
En la actualidad, los acontecimientos internacionales han desacreditado el imaginario neoliberal a nivel global. En el plano interno, la economía argentina se recuperó, después de la crisis del 2001/2002, cuando se rechazó el paradigma ortodoxo, ordenó la deuda, logró la solvencia fiscal y externa y modificaron los precios relativos a favor de la producción y el trabajo argentinos. En los últimos años, la política económica incorporó elementos fundamentales del “modelo” nacional. Pero la acumulación de tensiones en el plano interno debilita sus bases de sustentación. Una de las evidencias más graves se refiere al creciente déficit en el intercambio de manufacturas de origen industrial, revelador de la pérdida de competitividad de la producción de bienes transables distintos de los fundados en los recursos naturales. Ese déficit con dos de nuestros principales socios comerciales, Brasil y China, aumentó de u$s2,5 a u$s15.000 millones, entre el 2003 y el 2008. Otra evidencia es la fuga de capitales que, en los últimos dos años, ha implicado un drenaje de recursos del orden de los u$s40.000 millones, los cuales, de haberse retenido y reciclado en el circuito productivo interno, habrían elevado en tres o cuatro puntos la tasa de inversión, aumentado el empleo y permitido una tasa de crecimiento superior al 5% del PBI.
El mantenimiento de estas tendencias amenaza con restablecer la vulnerabilidad externa y, a partir de allí, fortalecer la prédica ortodoxa de volver a recurrir a la ayuda internacional, para cerrar la brecha en los pagos externos y recuperar la “confianza”. Éste sería el punto de partida del regreso al “modelo” neoliberal. La única vía realista de restablecer la confianza es consolidar los equilibrios macroeconómicos del sistema y ratificar que podemos vivir con lo nuestro, abiertos al mundo, en el comando de nuestro propio destino. Sobre esas bases es posible y conveniente participar en los mercados internacionales de crédito sin renunciar a la soberanía.
En resumen, tenemos que hacer lo mismo que los países exitosos cuyos “modelos” son, siempre y en todos los casos, “nacionales”.
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