domingo, febrero 21, 2010

jose pablo feinmann sobre criticas

José Pablo Feinmann
“Apoyo al gobierno porque lo veo condicionado”
Foto: Contraeditorial
04-02-2010 / Criticó a los últimos best-sellers del verano por “caceroleros” y cosechó ácidas réplicas de Majul, Zunino y Reato. Él dice que lo llaman “filósofo K” para no tomarse el trabajo de leerlo. Aclara que no integra Carta Abierta y que está en Encuentro porque ningún canal comercial le ofrece aire. Sus imperdibles diálogos con Kirchner y su última provocación: “Los últimos meses de Cristina fueron brillantes”. El pensador que irrita al “periodismo anti K”.
Por Diego RojasHay un divertimento que se está poniendo de moda en el campo cultural. Se trata de pegarle a Feinmann. De tirar dardos contra José Pablo, el filósofo, el escritor. De acusarlo de ser un mercenario de las ideas que se vendió a los lingotes de oro del kirchnerismo; de hacer apología del delito intelectual. Desde hace mucho tiempo que no se presenciaba un ataque tan potente que proviene, contra lo que podría pensarse, no de parte de otros filósofos o intelectuales, sino de periodistas. Un fenómeno que revela ciertas coordenadas actuales del mapa de la intervención política. “En las últimas semanas, Feinmann parece preocupado por las denuncias contra el kirchnerismo por presunta corrupción y por el asesinato de José Ignacio Rucci (...) Sucede en varios gobiernos: cuando el oficialismo detecta temas que apuntan a su línea de flotación, muchos de sus intelectuales se internan en un patrullaje político e ideológico contra todos aquellos considerados enemigos. Ya no hay lugar para el debate; se trata de estigmatizar, humillar y destruir”, publicó Ceferino Reato en una columna en el diario Perfil. En la misma publicación, Luis Majul disparó: “De todos los chupamedias del poder, los que me resultan más despreciables son los que usan su inteligencia y su pluma para ejercer la alcahuetería superficial. Debo aceptar que durante un tiempo me resistí a colocar a José Pablo Feinmann en esa categoría, pero el agresivo artículo que escribió el pasado domingo 13 de diciembre, en Página 12, me terminó de convencer”. “¿De qué nos habla el simpático explicador de la dialéctica hegeliana del Canal Encuentro, el Rómulo Berruti progre de la televisión pública?”, se pregunta el periodista y diputado por la Coalición Cívica Fernando Iglesias en el número anterior de Contraeditorial. “Es cierto: Macri es Posse. Tan cierto como que Feinmann es Kirchner y Kirchner es Moyano, Balestrini, Aníbal Fernández, Piumato y la hermana Alicia. Y D’Elía, Cristóbal López y Moreno”, concluye. La seguidilla de ataques demuestra una virulencia inusitada ante un filósofo que no oculta sus simpatías políticas ni sus acaloradas críticas sobre el gobierno.Sin embargo, Feinmann –al ser elegido como blanco de los ataques– representa algo más que sus propias intervenciones. Es, también, un señalamiento del clima que impera en el campo del pensamiento. Estos últimos años los intelectuales regresaron al debate político de la mano del conflicto del campo y de los intentos de reagruparse, unos realizados con mayor éxito (y perspectivas) que otros. La continuidad de Carta Abierta –que apoya al gobierno–, el surgimiento del grupo Aurora –cuyos miembros, liderados por Marcos Aguinis, no disimulan su carácter liberal– o la consolidación del Club Político Argentino –que se postulan como una continuidad del Club Socialista de los ochenta– plasman estos intentos de reagrupamiento. La carta firmada por escritores y académicos que se posicionaba, desde la izquierda, en contra del campo como del gobierno en el momento más álgido del conflicto ocasionado por la resolución 125 también se inscribe en ese camino. Estos intentos sugieren que los intelectuales quieren volver al ruedo de la intervención política, luego de casi dos décadas (desde las grandes investigaciones como Robo para la corona, de Horacio Verbitsky, en los noventa) en las que su lugar fue ocupado por el periodismo. Feinmann, que no se amilana a la hora de expresar sus posiciones, no integra ninguno de estos grupos. Sin embargo, es elegido como el objeto de ataque de ciertos periodistas. ¿Será, tal vez, un impulso de este grupo de periodistas para conservar el sitial que lograron en el campo del debate para no ser desplazados ante el ímpetu de reagrupamiento intelectual? Pero no se debería analizar el fenómeno sólo en esta perspectiva. Este grupo de periodistas tiene en común una clara posición de enfrentamiento al kirchnerismo. En ese marco, el ataque a un intelectual como Feinmann también podría ser leído como el reproche que se realiza a un pensador prestigioso que legitima con sus apoyos (y con sus planteamientos críticos) a un gobierno que querría ser mostrado a la sociedad como un cúmulo de barbarie. La presencia de Feinmann y otros intelectuales de gran influencia en los ámbitos más cultivados impide que el Frankenstein kirchnerista se complete en una plena monstruosidad: el engendro no se termina de construir, la pata intelectual que lo sustenta no permite realizar esa operación. Más allá de estas posibilidades, el filósofo accedió a conversar con Contraeditorial sobre las acusaciones que se le endilgan y, sobre todo, de la ubicación geográfica en la que se ubica en el mapa político de estos tiempos. –¿En qué campo político se ubica, Feinmann?–El otro día hablaba con Horacio González y me decía que yo era un franco tirador de la noche: “Te encerrás y desde ahí hasta las 7 de la mañana disparás para todos lados”. Yo no estoy en ningún lado, yo no estoy en el gobierno. De hecho yo, al único que veo del gobierno, pero porque es amigo, es a Juan Manuel Abal Medina (h). Después veo a gente que estuvo, como Pepe Nun o Daniel Filmus. Por ellos es que llegué a mi programa sobre filosofía en Encuentro.–Ese ciclo es la excusa para que muchos de sus detractores infieran que usted es un funcionario estatal y que su sueldo en Encuentro es la forma en que el gobierno le retribuye sus favores como pensador kirchnerista.–Eso es una canallada. Yo respondo: que me dé Canal 13 una hora, yo la tomo. Que me dé una hora Telefé. Voy a Encuentro y les digo que me voy, que con esos canales puedo llegar a mucha más gente. Es más, tal vez me llamen de alguno de esos canales. Bernarda Llorente y Claudio Villarroel, que se fueron de Telefé, quieren hacer algo conmigo. Una idea muy linda: Ver para pensar. Así que les digo: “Fuck you” a los que dicen esas huevadas. Porque, decime la verdad, ¿me voy a vender por un programa de televisión? ¿No es un poco poco? A mí no me paga nadie. Me pagan en Página12, en Planeta por mis libros y, bueno, por supuesto, que en Encuentro cobramos. Dalí Producciones, que es Ricardo Cohen, se ocupa de todo. También cobro cuando doy cursos. Y podría vivir tranquilamente de esos cursos.–¿Integra Carta Abierta?–No.–Entonces, ¿por qué piensa que, a pesar de las críticas que esgrimió contra el gobierno, sigue siendo identificado como un pensador K?–Y... porque la gente es mala, ¿que querés que te diga? Al identificarme como un pensador K no necesitan leerme. Así no tienen que leer las 814 páginas de La filosofía y el barro de la historia. ¿Para qué leerlo si lo escribió un pensador K? Tengo 31 libros editados, tengo un corpus literario, ¿no? Pero ninguno de estos tipos lee mis libros. Repiten: “Es un pensador K”, o sea, es un tipo que se vendió por dinero, es un tipo que piensa para fortalecer una gestión, es un tipo que piensa recibiendo directivas de K, que puede ser de Cristina o Néstor. Me pregunto si piensan así porque viven así. Es como dice el refrán: “El ladrón piensa que todos son de su condición”.–Usted comenzó su relación con el kirchnerismo de un modo entusiasta.–En el 2003 estábamos todos contentos. Cuando asumió K a mí me cayó bárbaro, viste que se tiró sobre el fotógrafo, lo hirieron, asumió con una curita, jugó con el bastón… Yo pensé: “Qué flaco divertido”. Escribí una nota que le gustó mucho y me llamó. Charlamos mucho, le planteé mi postura: “Tenés que dejar el peronismo, crear un buen partido de centro-izquierda y empezar algo nuevo en la política argentina”. Si lo hacía, yo pensaba estar. Él decía cosas muy interesantes, entre ellas dijo: “De aquí a mí me sacan con los pies para adelante”. Es un dato importante. Que se vayan enterando que muy fácil no va a ser sacarlo. Ni a él ni a ella. No creo que se vayan en helicóptero.–Pero Kirchner después eligió claramente al PJ y al corleonismo, según su propia definición.–Hablaba sobre el aparatismo en una nota que no le gustó. Muy amablemente me mandó un mail. Recuerdo que, cuando comenzamos nuestra relación, me contó Bielsa que mientras conversaba con él, Kirchner le dijo: “¡Ah! Esto lo tengo que consultar con José Pablo” y que se levantó de la reunión y me llamó desde Washington. Yo no lo podía creer, era el presidente. Luego de ese artículo me mandó un mail. El “asunto” decía: “Mail del presidente”. Me quedé sorprendido. Ahí me decía: “Los intelectuales como vos buscan la pureza todo el tiempo, los políticos no nos podemos dar ese lujo. Yo, si quiero conservarme en el poder, tengo que apropiarme del aparato del PJ, si no, el aparato del PJ me va a aniquilar. Para apropiarme del aparato del PJ, tengo que entrar en la basura, meterme, ahí, en la mierda, y eso a vos por supuesto, no te a va a gustar”. Yo le contesté que entendía, pero que no podía hacer eso. Esa política es la que siempre se hizo.–Además, ¿triunfó en esa apropiación del PJ? ¿No se dió vuelta una gran cantidad de intendentes que hoy siguen a Duhalde?–No creo que haya triunfado. Deslució su imagen ante la clase media que lo vio transar con Barrionuevo. Cuando pasó lo de Barrionuevo también saqué una nota. Estos muchachos que me atacan se olvidan de mis notas, pero el que en serio hizo críticas a K, críticas teóricas en serio, fui yo. –Sin embargo, la percepción es que usted apoya al gobierno.–En un montón de cosas apoyo del gobierno. Primero lo apoyo porque lo veo muy condicionado. Apoyo porque veo lo que hay del otro lado. Apoyo que los Kirchner tengan una buena relación con Evo, una buena relación con Chávez. Tengo muchas objeciones contra Chávez pero está bien que tengan una buena relación con él. Además, en este momento estoy apoyando a Cristina más que a Néstor. Cristina me gusta mucho, piensa bien, dice sus discursos maravillosamente, y eso no es un dato secundario. Son signos muy grandes de inteligencia. Si escuchás hablar a Cobos, a Macri, a De Narváez, ninguno de ellos le llega al primer taquito a Cristina. Es una mina inteligente que piensa, que tiene cultura, que es un cuadro político desde hace muchos años. Hay muchas personas que la apoyan. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Y acá Horacio González, Ricardo Foster, Noé Jitrik, David Viñas... Son mis compañeros de toda la vida, no es que no tengamos críticas, pero estamos defendiendo un estado de cosas.–En una entrevista en Veintitrés hace tres años usted decía que Kirchner no usaba la plata de las reservas para paliar los altos índices de pobreza que existen. Hoy parece que siguen sin usarse para esos fines.–Todavía reprocho eso. La lucha contra el hambre no se dio. La lucha por la distribución del ingreso se empezó a dar el año pasado. Pero este es un llamado de atención. Este es un país donde se le quiere sacar un 3% a los más poderosos terratenientes y no se puede. El gobierno casi cae con el apoyo de la clase media. Lo único que faltaba es que vinieran con los tractores a Plaza de Mayo. Se podría haber incendiado el país.–Se puede pensar que para que los cambios sean profundos se requiere que se recurra a ciertos incendios. –Sí. Pero no creo que se puedan producir. Perdóname el pesimismo. ¿Qué serían cambios profundos? Cambio profundo fueron la Ley de Medios, la estatización de las AFJP, el fútbol. Ahora, ¿cómo avanzar? Se debería poner un impuesto a la riqueza y establecer un ente de distribución del ingreso. Se podría poner un impuesto a la renta financiera. –¿A este gobierno le interesaría hacer eso?–Ese es el problema. El año pasado intentó hacer algo y no pudo, casi se va a la mierda. También por errores de ellos, pero hubo un revuelo infernal. Si no lo hacen ellos, ¿quién lo va a hacer?–¿Cómo ve a la oposición de centroizquierda?–Bastante débil. Me gusta Sabatella. He ido a Morón a dar conferencias y es un gran tipo Sabatella. Pero no tiene poder, no tiene el peronismo. Y hoy el peronismo es una estructura corleonista que no lo va a dejar avanzar más allá de cierto punto. Hoy, la política es conseguir posiciones a través del dinero. Es una corporación en la cual hay más circulación de dinero que ideas. No es culpa de los políticos, es culpa de las grandes empresas que manejan el país, de los grandes intereses concentrados monopólicamente que manejan el país. La política hoy se hace a través de los medios: hay una colonización de la subjetividad. Es el poder de penetración de una ideología a través de lo mediático. Hay un sujeto absoluto bélico comunicacional, hace guerras pero también gana guerras a través de lo comunicacional. Vos fijate que en China no hay diarios de izquierda, que aquí tampoco hay casi diarios de izquierda. Bueno, está Página 12, que es de una izquierda centrada y después habrá algunos pequeños diarios. Todos los grandes diarios son de derecha, todos los grandes programas de TV son de derecha, Tinelli es de derecha, los culos de Tinelli son de derecha porque idiotizan.–¿Preparan los medios las condiciones para una restauración conservadora?–Por supuesto. Hay un capítulo de Ser y tiempo de Heidegger que habla de la existencia inauténtica que es así: el sujeto no habla, es hablado; no piensa, es pensado; no interpreta, es interpretado; no ve, es visto. Ese tipo cree que tiene ideas, pero no tiene ideas, tiene las ideas de los otros. Foucault en un texto muy lindo que se llama Poder y verdad dice: “El poder crea la verdad” y hoy el poder son los medios de comunicación. Crean la verdad porque la dicen durante todo el día y la repiten a la noche. Nadie piensa por su cuenta, todos son pensados, entonces no hay una consciencia crítica. En cuanto al gobierno, esto es lo que yo le reprocho desde el primer día: debió haber formado cuadros, debió haber hecho militancia, debió haber mandado dirigentes por los barrios, debió haber formado escuelas de formación política, pero no lo hizo porque se mantuvo en la vieja política. –Al gobierno se le endilgan formas autoritarias, corrupción y maltrato de las instituciones republicanas. ¿Qué opina sobre esto?–La oposición dice: “Son corruptos, las instituciones no funcionan y son personalistas o son demagógicos o son dictatoriales, autoritarios”. Pero estos fueron los argumentos de todos los golpes de Estado. A Irigoyen le decían que era lento, estaba viejo. A Ilia también y eso lo decían los iluminados de Primera Plana, nuestra gran revista, que era golpista, que apoyó y trajo a Onganía. A Perón lo acusan de corrupto, exhiben todos los tapados de Evita, toda la ropa, ponen coches, 20 coches e invitan a la gente a ver los autos que tenía Perón. Había grandes tachos de basura que decían: “Arroje aquí su carnet de afiliación al partido peronista”. Entonces, la corrupción es un elemento fundamental de todo intento golpista. Y la oposición, que es golpista, instrumenta la corrupción. Lo otro que instrumenta es que las instituciones no funcionan como si alguna vez ellos hubieran sido republicanos. ¿Cuándo el liberalismo llegó aquí, al poder, a través de elecciones democráticas? Nunca. Entonces, Perón cae por ese esquema: corrupción y autoritarismo, falta de respeto por las instituciones. Es una historia que regresa.–¿Percibió cómo se extendió el mote de “la yegua”?–Son los mismos insultos que se usaban con Evita, es notable. Se ve un machismo asqueante en los tipos y en las minas. Me llegan chismes de peluquería, el gorilismo de peluquerías es el peor. Las minas dicen cosas terribles de Cristina. Es machismo puro. Imaginate que odias a alguien y sin embargo le tenés ganas. Cuando sale bien en la foto, y generalmente sale bien, te gusta, pero no te tiene que gustar porque la odiás. Entonces eso produce una cosa que se les revuelve por dentro. Lo que más los agrede es que es una mina inteligente, es el presidente que mejor ha pensado en sus discursos, que mejor ha dominado la exposición de un discurso con la excepción de Perón. –¿Ve factible la posiblidad de un golpe institucional, con un barniz democrático? Carrió habla de juicios políticos con frecuencia. –Va a ser difícil hacer eso. Carrió, esa emisaria de Cristo, a quien Dios elige para hablar a través de su logos, puede decir eso. Pero también ha dicho muchas otras cosas. Dijo que a Kirchner lo único que le faltaba eran los campos de concentración para ser Hitler. No tomo en serio lo que dice esa mujer. Incluso dentro de la oposición no le tienen gran respeto. La Mesa de Enlace, la noche del triunfo, no la dejó subir al palco. Es piantavotos. –Volviendo a sus críticos...–Sé quienes son los que me atacan pero no me calienta. No tienen entidad. ¿Quiénes son esos tipos? Son periodistas que se han puesto a escribir algunos libros anti K, que está de moda. No voy a polemizar con ninguno. Hace 15 días que llegué de Roma de polemizar con Giacomo Marramao, que es el filósofo más importante de Italia, no voy a polemizar con estos tipos. Yo polemizaría con Ernesto Laclau. Polemizaría con Santiago Kovadloff, con Natalio Botana, pero no con estos otros. No los quiero nombrar porque apenas nombre a uno, saca mañana una columna porque quieren debatir conmigo, lógico.–¿Y con Sarlo debatiría?–Con Sarlo estoy cansado de polemizar. –¿Le gusta la idea de ser un pensador que molesta?–Por supuesto: un pensador tiene que molestar. Eso lo dijo mi gran maestro Sartre, el pensador está para cuestionar a todos. A través de esta conversación he tenido enojos con todos. Pero te digo que Cristina tiene que seguir gobernando y que no jodan con golpe de Estado ni el ánimo destituyente porque ninguno de los otros le llega ni a los tobillos a Cristina. Entonces, no es un gobierno que a mí me pueda entusiasmar pero no creo que pueda haber ninguno que me entusiasme porque las cosas que yo quería hacer creo que no se pueden hacer. No se están haciendo en ningún lugar del mundo. Lo que habría que hacer es una distribución de la riqueza, es lo que te decía antes, fundamentalmente no puede haber más gente con hambre. El hambre pasó a ser una causa de la derecha por culpa de la mala política del gobierno de Cristina. Cristina tiene que arreglar eso. Si no, Biolcatti se preocupa por el hambre.–¿Podrá hacerlo después de la derrota electoral, de las presiones que recibe de los medios, de la derecha, del propio PJ?–Estos últimos meses de Cristina fueron brillantes. Luego de la derrota del 28 de junio tuvo una gran reacción. Es como el boxeador que cae y se levanta y embiste al otro y de pronto le pega 3 piñas que lo noquea. Ella no lo noqueó, pero le pegó 3 piñas. Ahora hay que ver qué pasa este año. Lo único que se puede esperar de la derecha son difamaciones, intentos golpistas, denuncias de corrupción, denuncias de autoritarismo, todo eso va a estar presente, cada vez van a tener más tierra, pronto van a ser dueños de todo el país. Bueno, el título del libro de uno de estos periodistas que me ataca es justamente El dueño, ¿no? Mañana va a publicar una columna, creyendo que polemiza conmigo. Pero que ninguno se crea que yo voy a responder, lo hago público. Son tipos que no tienen nivel para polemizar conmigo. Son unos aventureros.
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viernes, febrero 19, 2010

los dolorosos 90

Por Aldo Ferrer
El neoliberalismo en democracia
18-02-2010 /
Aldo Ferrer En el mar­co de una den­si­dad na­cio­nal muy frá­gil y vul­ne­ra­ble tu­vie­ron lu­gar, en la dé­ca­da del ’90, las po­lí­ti­cas neo­li­be­ra­les que en la Ar­gen­ti­na, más que en cual­quier otro país de la Amé­ri­ca la­ti­na, se lle­va­ron a ca­bo has­ta sus úl­ti­mas con­se­cuen­cias. Por ejem­plo, la Ar­gen­ti­na fue el úni­co de los paí­ses la­ti­noa­me­ri­ca­nos que ex­tran­je­ri­zó la em­pre­sa pe­tro­le­ra es­ta­tal. En un de­sen­fre­no de can­je de deu­da im­pa­ga­ble por ac­ti­vos va­lio­sos, si­mul­tá­nea­men­te se ven­die­ron y, ma­yo­ri­ta­ria­men­te, ex­tran­je­ri­za­ron, los prin­ci­pa­les sec­to­res de la in­fraes­truc­tu­ra de trans­por­tes, co­mu­ni­ca­cio­nes y ener­gía. Nú­cleos fun­da­men­ta­les de la eco­no­mía y las prin­ci­pa­les em­pre­sas pri­va­das pa­sa­ron al con­trol de fi­lia­les de cor­po­ra­cio­nes tras­na­cio­na­les. Al fi­nal del pro­ce­so, de las 500 ma­yo­res em­pre­sas no fi­nan­cie­ras, más de 300, con cer­ca del 90% del va­lor agre­ga­do, se con­vir­tie­ron en fi­lia­les. El ré­gi­men de con­ver­ti­bi­li­dad con ti­po de cam­bio fi­jo con­vir­tió al Ban­co Cen­tral en una Ca­ja de Con­ver­sión, de pe­sos en dó­la­res, per­dien­do el con­trol de la po­lí­ti­ca mo­ne­ta­ria. To­da la po­lí­ti­ca eco­nó­mi­ca que­dó su­bor­di­na­da a los mo­vi­mien­tos de ca­pi­ta­les es­pe­cu­la­ti­vos. La pri­va­ti­za­ción del sis­te­ma ju­bi­la­to­rio co­lo­có la prin­ci­pal fuen­te de for­ma­ción del aho­rro in­ter­no al ser­vi­cio de ren­tas de los in­ter­me­dia­rios, la es­pe­cu­la­ción fi­nan­cie­ra y la sa­li­da de ca­pi­ta­les. Los de­sa­rro­llos tec­no­ló­gi­cos de van­guar­dia en ener­gía nu­clear, in­dus­tria ae­ro­náu­ti­ca y mi­si­lís­ti­ca pa­ra fi­nes pa­cí­fi­cos, fue­ron pa­ra­li­za­dos, ven­di­dos o sim­ple­men­te des­man­te­la­dos, co­mo su­ce­dió con el pro­yec­to mi­si­lís­ti­co Cón­dor, de Fal­da del Car­men. El im­pul­so pri­va­tis­ta y ex­tran­je­ri­za­dor prác­ti­ca­men­te no de­jó na­da im­por­tan­te por ven­der. Lo que no se ven­dió, co­mo las plan­tas nu­clea­res, no lo fue por­que no hu­bo in­te­re­sa­dos. Al mis­mo tiem­po, la po­lí­ti­ca eco­nó­mi­ca se ata­ba de pies y ma­nos ba­jo el ré­gi­men de la con­ver­ti­bi­li­dad. Fi­nal­men­te, la apre­cia­ción del pe­so des­tru­yó la com­pe­ti­ti­vi­dad de bue­na par­te de la pro­duc­ción de bie­nes tran­sa­bles. Es­ta es­tra­te­gia de­te­rio­ró el te­ji­do de pe­que­ñas y me­dia­nas em­pre­sas, par­ti­cu­lar­men­te en los gran­des cen­tros ur­ba­nos y en las ac­ti­vi­da­des pro­duc­to­ras de bie­nes tran­sa­bles. Con­se­cuen­te­men­te, au­men­tó la con­cen­tra­ción de la pro­duc­ción en po­cas fir­mas, ma­yo­ri­ta­ria­men­te ex­tran­je­ras. Se de­sar­ti­cu­la­ron las ca­de­nas de va­lor en las ac­ti­vi­da­des de ma­yor den­si­dad tec­no­ló­gi­ca, en don­de eran pro­ta­go­nis­tas mu­chas py­mes. De­sa­pa­re­cie­ron en el sec­tor pri­va­do ac­ti­vi­da­des de in­ves­ti­ga­ción y de­sa­rro­llo, in­no­va­ción y adap­ta­ción de tec­no­lo­gía. Con la ven­ta de YPF, se des­man­te­ló el acer­vo tec­no­ló­gi­co acu­mu­la­do en la em­pre­sa, exac­ta­men­te al con­tra­rio de la ex­pe­rien­cia de Pe­tro­bras que se con­vir­tió en ti­tu­lar de tec­no­lo­gías de pun­ta, so­bre to­do en la pro­duc­ción offs­ho­re. Lo mis­mo su­ce­dió con la ex­tran­je­ri­za­ción de la fá­bri­ca de avio­nes de Cór­do­ba, mien­tras Bra­sil po­nía en mar­cha el de­sa­rro­llo de Em­braer, ac­tual­men­te la ter­ce­ra pro­duc­to­ra de ae­ro­na­ves del mun­do. Los as­ti­lle­ros y la in­dus­tria na­val, in­clu­yen­do la de em­bar­ca­cio­nes de­por­ti­vas, su­frie­ron la mis­ma suer­te. Fue un ata­que sis­te­má­ti­co al sis­te­ma na­cio­nal de cien­cia y tec­no­lo­gía con­sis­ten­te con el man­da­to de que “los cien­tí­fi­cos fue­ran a la­var pla­tos”. El sec­tor agro­pe­cua­rio so­por­tó me­jor por­que co­men­za­ba una fuer­te ex­pan­sión de la de­man­da mun­dial y te­nía lu­gar, en el sec­tor, una re­vo­lu­ción tec­no­ló­gi­ca. Sin em­bar­go, su po­si­ción fi­nan­cie­ra es­ta­ba se­ria­men­te com­pro­me­ti­da al fi­nal del pe­río­do. En la in­fraes­truc­tu­ra, se des­man­te­ló el sis­te­ma fe­rro­via­rio, en una épo­ca en la cual el fe­rro­ca­rril era re­va­lo­ri­za­do en el mun­do co­mo un efi­cien­te me­dio de trans­por­te. En cam­bio, se dio im­pul­so, ba­jo el ré­gi­men de pea­jes, a un de­sa­rro­llo con­si­de­ra­ble de la red de au­to­pis­tas y ca­rre­te­ras. Lo mis­mo su­ce­dió con el de­sa­rro­llo de ae­ro­puer­tos. La ex­tran­je­ri­za­ción de Ae­ro­lí­neas Ar­gen­ti­nas im­pli­có la ven­ta de una em­pre­sa es­ta­tal, ra­zo­na­ble­men­te efi­cien­te y com­pe­ti­ti­va, pa­ra con­ver­tir­la en un ob­je­to más de la es­pe­cu­la­ción y el sa­queo de ac­ti­vos pú­bli­cos. De las pri­va­ti­za­cio­nes, só­lo so­por­ta­ron el test de la efi­cien­cia, las li­ga­das a los sec­to­res, co­mo el de las te­le­co­mu­ni­ca­cio­nes,?de ace­le­ra­do cam­bio tec­no­ló­gi­co, en los cua­les la re­vo­lu­ción tec­no­ló­gi­ca fue de tal mag­ni­tud que ha­ce in­com­pa­ra­ble la per­for­man­ce de las em­pre­sas ba­jo con­duc­ción pú­bli­ca an­tes de la pri­va­ti­za­ción y la pri­va­da, des­pués de la mis­ma. En otros paí­ses, co­mo Uru­guay, el man­te­ni­mien­to del sis­te­ma de co­mu­ni­ca­cio­nes en ma­nos del Es­ta­do tu­vo lo­gros ma­yo­res de efi­cien­cia y cos­tos que los al­can­za­dos en la Ar­gen­ti­na des­pués de la ex­tran­je­ri­za­ción. En los sec­to­res de tec­no­lo­gía es­ta­bi­li­za­da, co­mo trans­por­te aé­reo y fe­rro­via­rio, aguas po­ta­bles y otros, las pri­va­ti­za­cio­nes fra­ca­sa­ron ca­si sin ex­cep­cio­nes. En re­su­men, el Es­ta­do y sus em­pre­sas (que de­bían ser re­for­ma­dos, con un es­pa­cio im­por­tan­te pa­ra la pre­sen­cia pri­va­da, en con­di­cio­nes de efi­cien­cia y trans­pa­ren­cia), fue­ron pues­tos al ser­vi­cio de la es­pe­cu­la­ción y el sa­queo del pa­tri­mo­nio pú­bli­co. El pe­río­do de eu­fo­ria del Plan de Con­ver­ti­bi­li­dad, sos­te­ni­do por el cré­di­to in­ter­na­cio­nal y los in­gre­sos de­ri­va­dos de las pri­va­ti­za­cio­nes, per­mi­tió una con­si­de­ra­ble re­cu­pe­ra­ción de la ac­ti­vi­dad eco­nó­mi­ca res­pec­to del de­pri­mi­do ni­vel de la cri­sis de 1989/1990, pe­ro al fi­nal de la dé­ca­da del go­bier­no de Me­nem, en 1999, el PBI per cá­pi­ta es­ta­ba prác­ti­ca­men­te al mis­mo ni­vel de vein­te años an­tes. El sis­te­ma acu­mu­ló cre­cien­tes de­se­qui­li­brios fis­ca­les y?de ba­lan­ce de pa­gos, en un es­ce­na­rio de au­men­to cons­tan­te de la deu­da ex­ter­na. En la dé­ca­da del ’90, la cuen­ta co­rrien­te del ba­lan­ce de pa­gos acu­mu­ló un dé­fi­cit su­pe­rior a u$s70.000 mi­llo­nes y la deu­da ex­ter­na au­men­tó otro tan­to. Los in­gre­sos de­ri­va­dos de las pri­va­ti­za­cio­nes del pe­tró­leo, las te­le­co­mu­ni­ca­cio­nes y, prác­ti­ca­men­te, la to­ta­li­dad de la in­fraes­truc­tu­ra de ser­vi­cios pú­bli­cos, no al­can­za­ron pa­ra com­pen­sar los de­se­qui­li­brios pro­vo­ca­dos por la apre­cia­ción cam­bia­ria y el con­jun­to de la es­tra­te­gia neo­li­be­ral. La es­ta­bi­li­dad de pre­cios se sos­tu­vo so­bre la ba­se efí­me­ra de nue­va deu­da y la des­truc­ción de ca­pa­ci­dad com­pe­ti­ti­va. Los mo­men­tos de in­cer­ti­dum­bre en la eco­no­mía mun­dial pro­vo­ca­ron la fu­ga ma­si­va de ca­pi­ta­les, co­mo su­ce­dió con la lla­ma­da cri­sis del te­qui­la y, más tar­de, la de va­rios paí­ses asiá­ti­cos. El sis­te­ma se sos­te­nía so­bre la ba­se del res­pal­do del FMI y el ac­ce­so al cré­di­to in­ter­na­cio­nal. Cuan­do los de­se­qui­li­brios fue­ron ta­les, que la in­sol­ven­cia y el de­fault eran in­mi­nen­tes, el sis­te­ma se apro­xi­ma­ba al co­lap­so, lo cual su­ce­dió ba­jo del go­bier­no de la Alian­za. La po­lí­ti­ca ex­te­rior fue con­sis­ten­te con la es­tra­te­gia del “rea­lis­mo pe­ri­fé­ri­co”, va­le de­cir, la ad­he­sión?in­con­di­cio­nal al cen­tro he­ge­mó­ni­co, pa­ra ser de­po­si­ta­rio de su con­fian­za y des­ti­na­ta­rio de los cré­di­tos e in­ver­sio­nes de los cen­tros de po­der in­ter­na­cio­nal. Las “re­la­cio­nes car­na­les” con los Es­ta­dos Uni­dos fue­ron una for­ma muy grá­fi­ca de ca­rac­te­ri­zar una po­lí­ti­ca cu­yo ob­je­ti­vo es­ta­ba re­du­ci­do a “trans­mi­tir se­ña­les amis­to­sas a los mer­ca­dos”. El com­pro­mi­so lle­gó al ex­tre­mo de in­vo­lu­crar­se en el con­flic­to del Orien­te Me­dio, con­tra­ria­men­te a la pru­den­te tra­di­ción de la me­jor po­lí­ti­ca ex­te­rior ar­gen­ti­na, de no en­tro­me­ter­se en los con­flic­tos de las gran­des po­ten­cias. Las con­se­cuen­cias de se­me­jan­te ac­ti­tud pro­ba­ble­men­te in­clu­yen que, po­co más tar­de, la Ar­gen­ti­na fue­ra es­ce­na­rio de ata­ques te­rro­ris­tas con­tra la co­mu­ni­dad ju­día. Una eco­no­mía en cri­sis, sin ac­ce­so al cré­di­to in­ter­na­cio­nal, las re­glas del jue­go de la con­ver­ti­bi­li­dad ago­ta­das y una po­lí­ti­ca ex­te­rior gol­pea­da por la im­pru­den­cia, fue la he­ren­cia que re­ci­bió el go­bier­no de la Alian­za. La so­cie­dad bus­có una al­ter­na­ti­va a la es­tra­te­gia del go­bier­no Me­nem pe­ro, en de­fi­ni­ti­va, se li­mi­tó a in­ten­tar ad­mi­nis­trar me­jor la mis­ma po­lí­ti­ca, sin cam­biar las re­glas del jue­go, in­clu­yen­do la con­ver­ti­bi­li­dad y el uno a uno. La cri­sis de con­fian­za im­pul­só la sa­li­da ma­si­va de ca­pi­ta­les, ge­ne­ró bro­tes de vio­len­cia, pro­vo­có la re­nun­cia del pre­si­den­te a fi­nes del 2001 y cul­mi­nó en un de­sor­den sin pre­ce­den­tes. El país vol­vía a pa­gar un al­to pre­cio por la fra­gi­li­dad y vul­ne­ra­bi­li­dad de su den­si­dad na­cio­nal. La es­tra­te­gia neo­li­be­ral se ins­ta­ló con el gol­pe de Es­ta­do de 1976 y pre­do­mi­nó has­ta la ex­traor­di­na­ria cri­sis del 2001/2002. Ese cuar­to de si­glo fue el peor de la his­to­ria eco­nó­mi­ca ar­gen­ti­na. El PBI per cá­pi­ta dis­mi­nu­yó en 10% en­tre un ex­tre­mo y otro. El de­te­rio­ro so­cial que­dó re­fle­ja­do en el de­sem­pleo del 24% de la fuer­za de tra­ba­jo, un em­pleo in­for­mal de más del 50% de la ocu­pa­ción y pro­por­cio­nes sin pre­ce­den­tes de po­bre­za, in­di­gen­cia y con­cen­tra­ción del in­gre­so. Co­mo ve­re­mos en la pró­xi­ma no­ta, el de­sor­den de la ma­croe­co­no­mía fue tam­bién ex­traor­di­na­rio. * Di­rec­tor Edi­to­rial de Bue­nos Ai­res Eco­nó­mi­co
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