Entrevista a Boris Cyrulnik: La felicidad no es lo opuesto al dolor.
Este gran conocedor del ser humano, superviviente de un campo de concentración nazi en el que asistió al asesinato de sus padres, es conocido como 'el psiquiatra de la esperanza' por su defensa de que el cerebro puede recuperarse de cualquier trauma
Entrevista de Rubén Amón
CARGO: Investigador y etólogo en la Universidad de Tolón (Francia) / EDAD: 69 años FORMACION: Psiquiatría y neurología / AFICIONES: El rugby, la pintura y escuchar música / CREDO: La reivindicación sana del dolor y de la felicidad. También la empatía / SUEÑO: Destronar el consumismo
Cyrulnik, científico, investigador y escrutador de pacientes, defiende a ultranza el valor de la desdicha y de la desgracia. Podría haberle influido su pasado de superviviente en Auschwitz y el exterminio de sus familiares en el campo de concentración, pero las conclusiones de su teoría (y de su práctica) provienen de haber encontrado en el antídoto del afecto la clave que mejor mide y condiciona el comportamiento humano. Es una manera de relativizar la importancia de la herencia genética -aunque tenga su influjo- y de comprender nuestro cerebro como una materia sensible a la modelación exterior. No sólo en los periodos cruciales (niñez y adolescencia). También cuando desembocamos en la vejez, se apagan los sentidos y «jugamos al ajedrez con las últimas piezas del tablero».
Sirva este aforismo de Anne Freud para subrayar la formación psicoanalítica de Cyrulnik, aunque los hallazgos científicos del profesor francés se derivan de un ejercicio multidisciplinar que ha cuajado en muchas de sus obras anteriores (La maravilla del dolor, Los patitos feos y El murmullo de los fantasmas). Hemos venido a entrevistarlo a su casa familiar de La Seyne (este de Marsella). Aquí se instaló hace 20 años para escuchar el mar, ordenar la biblioteca, desordenar los símbolos religiosos y destronar la televisión en beneficio de un piano vertical donde reposa una partitura con los estudios de Chopin.
PREGUNTA.- La primera sorpresa de su libro es que usted relativiza la importancia de la genética.
RESPUESTA.- Existe una relativa desigualdad de orden genético. Nuestra tristeza o nuestra alegría están relacionadas con la producción de la serotonina, un antidepresor natural que los humanos segregamos en mayor o menor cantidad de acuerdo con nuestra naturaleza. No todos reaccionamos igual cuando vemos una bonita escena de una película, pero esa diferencia es menos esencial que el impacto de nuestro entorno.
P.- ¿Hasta qué extremo es determinante, entonces, el entorno?
R.- El cerebro es un fenómeno continuo. Se construye, también, como resultado de las relaciones, del contexto cultural y, ante todo, de las experiencias afectivas de nuestra vida. Todas ellas influyen en la anatomía misma del cerebro. Le pongo como ejemplo mis trabajos en los orfelinatos de Rumanía. Allí pude visitar niños enfermos que sufrían una atrofia cerebral, de manera que habían sido abandonados. Cuando la ecuación es exactamente al revés: porque fueron abandonados y carecían de afecto, padecieron la atrofia cerebral. Nuestros circuitos neuronales se forman de manera espectacular en los primeros cuatro años de vida. Y es entonces cuando los afectos son claves porque es el periodo de mayor plasticidad cerebral. Hasta el extremo de que ya entonces se forja una sensibilidad preferencial respecto a los acontecimientos del mundo exterior.
P.- Ahora bien, usted sostiene que un mapa genético adverso y un contexto infantil difícil tampoco condenan a la persona. Su caso sería un ejemplo viviente.
R.- No sé cómo era mi cerebro. Imagino que estaba atrofiado, que funcionaba mal. No tuve cerca a mis padres, como usted sabe. Estuve en prisión, no fui al colegio, pero luego encontré personas que me acogieron y me arroparon. La realidad es que el cerebro humano tiene la capacidad de recuperar su desarrollo. Muchos niños con problemas se han repuesto de sus heridas precisamente porque el cerebro ha podido remodelarse en un nuevo contexto afectivo propicio. Al contrario, muchos niños superprotegidos, han caído en la depresión y se han convertido en débiles.
P.- ¿Cómo explica este segundo fenómeno?
R.- Los niños arropados, mimados, superprotegidos no superan las heridas de la vida. No están lobotomizados clínicamente, pero carecen de seguridad en la medida en que nunca han sido expuestos al dolor, a la tristeza, al sufrimiento. Es necesario que el niño conozca el miedo para que pueda superarlo. Privarlo de él es una manera de convertirlo en vulnerable. Marcuse decía que había que cumplir con todos los deseos de los niños para preservarlos de la neurosis. Estamos seguros ahora de que es un error. Los niños protegidos viven en una prisión y son incapaces de afrontar las cosas por sí mismos. Sufren tantos daños como los abandonados. Y la culpa es de los padres. Con su mejor intención tratan de arroparlos, pero consiguen un resultado exactamente opuesto.
P.- Este punto de vista nos lleva a su teoría y a su práctica de la relación indisociable entre felicidad e infelicidad.
R.- La infelicidad y la desgracia son la condición humana misma. Los políticos prometen suprimirlas, pero es una estupidez. Pongamos como ejemplo nuestra llegada al exterior. Somos mamíferos acuáticos que entramos en el mundo llorando, muertos de frío, aturdidos por el ruido, cegados por la luz externa. El llanto es la expresión de un primer sufrimiento. El niño busca en la madre el refugio. ¿Qué necesidad tendría de ese refugio si se encontrara bien? Nos desarrollamos en función de la superación de los miedos y los sufrimientos. La felicidad no es escapar de ellos, sino afrontarlos y superarlos. Igual que apreciamos el agua cuando tenemos sed, percibimos la felicidad cuando hemos experimentado con anterioridad la tristeza. Es un fenómeno de alternancia, como la respiración. Uno tiene que sufrir para ser feliz. La felicidad no es lo opuesto al dolor. Sin dolor nuestras vidas serían vacías, irrelevantes. Se trata de una realidad que puede explicarse desde el punto de vista psicológico y desde el punto de vista neurológico. Hay placer en el dolor y dolor en el placer, sin que lleguemos al límite del masoquismo. Cuando sobreestimulamos el área del placer, terminamos estimulando el área del dolor. E igualmente ocurre al revés. La ausencia de dolor podría decirse que es una patología. Pero no es un problema sólo de sensaciones, también de la representación.
P.- ¿Puede explicarse?
R.- Es nuestra percepción del mundo la que concede sentido a los términos felicidad e infelicidad. Depende de cómo se haya configurado mi sistema de representación en la infancia y de cómo haya influido el contexto cultural y el entorno. Le cuento una pequeña fábula de tres picapedreros que trabajan en la misma cantera. Uno se lamenta porque se cansa y hace un trabajo mecánico. Otro más apacible agradece que ésa sea la manera de ganarse la vida. Y el tercero trabaja feliz, eufórico porque piensa que está construyendo una catedral. El gesto es el mismo en los tres casos. El significado del gesto les diferencia tal como sucede en su manera de metamorfosear la realidad. Las palabras y las representaciones de ellas tienen una influencia biológica. Desde las novelas y el cine hasta las palabras del chamán y del sacerdote. Hoy en día proliferan en el mundo las sectas y las ideologías extremas porque ofrecen a las personas frágiles una respuesta de seguridad. Les ocurre a los terroristas, ensimismados en la acción, en su fraternidad, en su éxtasis. Es como una bomba de relojería porque esa euforia les sustrae del mundo real. Y cuando se topan con él ya no hay arreglo. El mismo dolor les espera a quienes se encomiendan a las sectas. Primero viene la luna de miel, después la caída al abismo.
P.- Nada que ver con Dios, un ansiolítico supremo, ¿no?
R.- El efecto psicoafectivo de la creencia y de las religiones puede comprobarse científicamente. Las emociones de la fe atenúan el dolor. Los creyentes sufren menos que los no creyentes. Incluidos los problemas cardiacos, los cánceres. Rezar, científicamente, produce más ondas alfa, es decir, que los índices biológicos del estrés desaparecen. Se trata de una aproximación a la religión en clave ligera, desprovista de dogmas y de fundamentalismo. Dios funciona en ese caso como una representación benefactora. No soy su prisionero ni ejerce sobre mí ninguna esclavitud. Me tranquiliza. Nada de dioses coléricos ni vengativos. El ser humano necesita una base afectiva que le dé seguridad y un mundo exterior capaz de estimularlo.
P.- ¿Por qué cree que la Organización Mundial de la Salud considera la depresión y la angustia como las enfermedades del siglo XXI?
R.- La tecnología ha multiplicado el mundo de la representación irreal. Es la realidad virtual, una expresión mágica elevada a la enésima potencia que nos extrapola de manera inquietante y simplificadora. Otro gran problema es la cultura ubicua del consumo. Se nos ha hecho creer que la felicidad proviene de consumir: ropa, chocolate, coches. Y existe el placer al consumir, pero no la felicidad. Permítame un ejemplo: igual que la morfina no cura el cáncer, el bienestar efímero no resuelve la felicidad. Nuestras culturas modernas, por último, tienden a disminuir el apoyo afectivo y a suprimir los rituales. Estos últimos le dan sentido a los acontecimientos, se integran en nuestro álbum personal, nos hacen sentirnos unidos en un mismo mundo. El problema es que proliferan los falsos antídotos como las drogas. No es lo mismo bienestar momentáneo que felicidad. El primero es la sensación de una necesidad física cubierta. La segunda es el resultado de un proyecto de existencia, dentro del cual es importante desarrollar la empatía en su justa medida. Demasiada nos convierte en masoquistas. Ninguna nos convierte en sádicos.
P.- Usted no promete soluciones milagrosas, sino modestas recetas.
R.- Todos tenemos procedimientos a nuestra disposición. La acción, por ejemplo, que calma la ansiedad. El ejercicio, que es un excelente antidepresivo. El riesgo, que provoca una intensa secreción de opioides al sentirnos eufóricos. Las relaciones humanas y afectivas. Especialmente la amistad y la capacidad de hablar con otras personas. La afectividad determina una gran parte de nuestro comportamiento.
P.- Usted distingue en relación al mundo afectivo el periodo crucial de la infancia y el periodo sensible de la adolescencia.
R.- La pubertad vuelve a ser un periodo muy intenso de actividad neuronal. Ya no nos influyen tanto nuestros familiares como el mundo exterior, la cultura, el entorno que tenemos fuera del hogar. La prohibición del incesto nos obliga a escapar de casa y buscar nuevas emociones. Por todas esas razones, la adolescencia pone delante la posibilidad de reparar los problemas afectivos de la niñez. Ocurre, al menos, en un tercio de los casos. Especialmente si los jóvenes encuentran vínculos asociativos, clubes deportivos, lugares donde encontrarse, donde estudiar, donde divertirse. Las respuestas no están en casa.
P.- ¿Cuánto espacio dejan a la libertad individual el mapa genético y el impacto del entorno?
R.- Es una pregunta que me hice hace muchos años y que hoy la respondo como entonces. La libertad individual es el derecho que tenemos para elegir entre unas u otras cadenas. Somos la mezcla de muchas cosas como para someterlas todas ellas a una capacidad de decisión. Tenemos un circuito y una orientación. No lo digo como un fatalismo.
«Dios no ha querido que yo creyera en él, pero comprendo a los que son religiosos»
Pensador, neuropsiquiatra, ensayista.... jugador de rugby.
- Soy un partidario del deporte de nivel bajo. La bicicleta, correr, los partidos de fútbol de comerciantes contra trabajadores del hospital que organizamos en Tolón. Jugamos mal y nos divertimos mucho. Y, en efecto, me gusta mucho el rugby. De joven tuve una cierta carrera amateur. Llegué a pesar 90 kilos y a sentirme un jugador con proyección. La realidad puso las cosas en su sitio, pero me sigue entusiasmando el rugby, voy a los partidos. Es un deporte que conserva una cierta virginidad y una cierta nobleza. Especialmente si lo comparamos con el fútbol, donde pesa demasiado el aspecto comercial y propagandístico.
También es usted un melómano militante.
- Me gustan el jazz, la ópera, el folclore, el tango. La música es un camino de felicidad, de trascendencia. Creo que saber apreciarla es un don. No todos tienen la predisposición para apreciarla. Y me refiero a las cuestiones fisiológicas, tal como les pasa a los daltónicos con los colores. Hay dos ejemplos muy llamativos en relación con la melofobia: el Che Guevara y Sigmund Freud. Éste último decía que para él la música era como escuchar a una persona hablando muy alto en una lengua extranjera.
Y tiene usted un barco de madera.
- Normalmente, permanece amarrado. Es una pena, porque requiere atenciones diarias. Me gusta salir al mar, pero no tengo tiempo entre el estudio, las clases, los periodistas que me vienen a molestar (se ríe) y los viajes.
Porque se considera un viajero.
- Viajar propone a nuestras inteligencias y a nuestras existencias la posibilidad de comparar. Siempre me ha parecido sano poner entre interrogaciones muchas de nuestras certezas. Viajar es la mejor manera de conocer otras realidades, otras maneras de pensar, otros comportamientos y otras religiones.
Usted proviene de una familia judía de Ucrania. ¿Qué lugar ocupa la religión en su vida?
- Un lugar pequeño. No me considero una persona creyente. Dios no ha querido que yo creyera en él. Y pienso que los creyentes han llegado a la religión por dos caminos. O porque se la inculcaron en un periodo de su infancia en casa o en el colegio, o porque la han encontrado desde la revelación o la iluminación. Como a los místicos. Y no faltan místicos en España, ¿verdad? Comprendo bien a los que son religiosos. También he tratado a algunos. He tenido pacientes que me dicen: «Dios ha entrado en mí». Y pasan del estadio de la angustia al éxtasis.
LA CUESTION
- ¿Qué es la resiliencia?
- En términos físicos, la capacidad de un cuerpo para resistir un choque. En términos sociales es la capacidad que tenemos para desarrollarnos positivamente delante de una adversidad. Gracias a la resiliencia podemos unir las partes de la personalidad que fueron destrozadas por un trauma. Hay que saber cómo se impregnaron dentro de la memoria, cuál es el significado del trauma para cada uno y cómo nuestros allegados y nuestra cultura colocan alrededor de la persona herida los recursos externos que permitan retomar un desarrollo. La memoria y la idea que uno tiene de sí mismo son los lugares donde se encuentra la resiliencia. Un trauma se inscribe dentro de la memoria biológica y deja en ella huellas profundas, una especie de impronta en el cerebro. Sin olvidar que muchos acontecimientos sociales forman parte de nuestra autobiografía. Todos sabemos dónde estábamos el 11-S. Ninguno se acuerda de dónde estaba dos días antes.
*Boris Cyrulnik es neurólogo, psiquiatra y psicoanalista y uno de los fundadores de la etología humana. Profesor de la Universidad de Var en Francia y responsable de un grupo de investigación en etología clínica en el Hospital de Toulon, es también autor de numerosos libros. Gedisa ha publicado también sus obras Los patitos feos, El murmullo de los fantasmas, El encantamiento del mundo, Del gesto a la palabra y El amor que nos cura. (centrodepsicologia.org)
La Plata, llamada ciudad de los Tilos,sur del continente americano, ciudad planificada en el siglo XIX que zanjó un histórico problema ,obra de la creatividad del Ing.Benoit. Su principal avenida bordeada de Tilos, un hermoso eje arquitectonico y una gran riqueza arborea. Desde aqui reflexiono a veces y colecciono articulos de mi interes, videos, canciones que tal vez pueden ser compartidos por otros
sábado, agosto 14, 2010
domingo, agosto 08, 2010
sobre Saramago y su vida.
Saramago lanza en ristre
Murió en Lanzarote, una isla con nombre de caballero andante, adonde se fue a vivir cuando en Portugal le censuraron sus libros. Recibió, sin embargo, honores de Estado en sus funerales en Lisboa, que seguramente le habrían molestado aunque posiblemente le pareciera bien que los mandamases de su país tuvieran que reconocer sus méritos.José Saramago murió a los 87 años, escribiendo siempre y no negando opiniones que decía con inesperada franqueza en un mundo acostumbrado a las contemplaciones y disimulos. Cuando recibió el Premio Nobel, en 2008, la voz del Vaticano lo calificó de “anticristiano” y “comunista recalcitrante”. Saramago no guardó silencio: “El Vaticano se escandaliza fácilmente por los demás y no por sus propios escándalos (...). Yo sólo le digo al Vaticano que siga con sus oraciones y deje a los demás en paz. Tengo un profundo respeto por los creyentes, pero no por la institución de la Iglesia. El cristianismo nos enseñó a amarnos los unos a los otros. Yo no tengo la intención de amar a todo el mundo, pero sí de respetar a todo el mundo”.Su vida fue singular. Nació el 16 de noviembre de 1922 en una familia pobre, sus abuelos eran campesinos muy modestos de la zona de Azinhaga, donde la vida es tan dura que en las noches se llevan a la cama los lechoncillos para que no mueran congelados y se pierda la principal riqueza con que cuentan. En Lisboa no alcanzó siquiera a terminar los estudios secundarios y debió estudiar cerrajería en una escuela industrial. Trabajó en eso y en sus ratos libres escribía, poesía especialmente. Hasta que pensó que no estaba diciendo nada nuevo y debía quedarse callado. Trabajó más tarde en una editorial y también en varios diarios, donde se acostumbró a la exposición directa y clara, que después siguió usando como segunda lengua. Mientras, en literatura buscaba una expresión nueva y abarcadora que diera cuenta de las complejidades del ser humano y el mundo, y de los distintos ámbitos de la conciencia y la realidad. Entretanto, Portugal sufría la dictadura de Antonio de Oliveira Salazar, un fascista clerical que gobernó más de 40 años, hasta 1968, con represión, policía secreta, censura, control de las costumbres y una permanente sangría de hombres y recursos que eran desviados a Angola y Mozambique para asegurar el régimen colonial. Sólo en los años sesenta Saramago consideró la posibilidad de publicar en serio. Se sentía seguro de sí mismo, como si hubiera terminado un largo aprendizaje. En su discurso de recepción del Premio Nobel, agradeció a sus padres y a sus abuelos, sabios a pesar de ser analfabetos, y también a sus personajes de ficción. “Ahora soy capaz de ver con claridad quienes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y mujeres hechos de papel y tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo a mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía”.Saramago fue uno de esos autores que llaman de inmediato la atención, no sólo por los contenidos, notoriamente originales y polémicos, especialmente los de corte religioso como El Evangelio según Jesucristo y Caín, sino también por la forma de su escritura, compleja, abrumadora a veces, con predominio de las frases largas, encabalgadas, en un lenguaje untuoso, lleno de matices y en el cual la puntuación casi no se nota. Saramago fue una muestra de que a pesar de la oscuridad salazarista la cultura en Portugal había mantenido su fuerza y resucitaba con una energía sorprendente como lo demostraron después Antonio Lobo Antunes, novelistas y poetas, músicos y cineastas todos jóvenes, aunque se incluye entre éstos al casi centenario Manoel Oliveira. Portugal vivió en 1974 la apasionante “revolución de los claveles”, con el apoyo de militares jóvenes que se sumaron a las fuerzas democráticas. Esto significó el término de la dictadura del sucesor de Salazar, la liberalización del país y la desintegración del “imperio colonial” africano, con la independencia de Mozambique, Angola, Cabo Verde y otras posesiones.En 1982, Saramago publicó la novela satírica Memorial del convento, ambientada en el siglo XVIII, y dos años más tarde, El año de la muerte de Ricardo Reis, en que hizo dialogar al gran poeta portugués Fernando Pessoa, fallecido en 1938, con su heterónimo Ricardo Reis, teniendo como telón de fondo la vieja Lisboa. Siguieron otros libros, entre ellos el Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres y en 2009, El viaje del elefante. A la vez escribía artículos periodísticos, ensayos y daba conferencias.Saramago fue decididamente un hombre de Izquierda, militante de ese Partido Comunista de heroica lucha contra Oliveira Salazar y sus aliados, ejemplificada en su líder Alvaro Cunhal, preso durante largo tiempo en las cárceles del fascismo.Polémico, francote, excesivo a veces, Saramago se definía como un comunista libertario. Sus críticas al neoliberalismo y a la conciliación de los partidos socialistas europeos eran demoledoras. En 1998 preguntaba: “¿Piensa la Izquierda que sus ideas (si aún las tiene) de socialismo o de socialdemocracia son compatibles con la libertad total de maniobra de las multinacionales y de los mercados financieros, reduciendo al Estado a meras funciones de administración corriente y a los ciudadanos a consumidores y clientes, tanto más dignos de atención cuanto más consuman y más dócilmente se comporten?”. Y agregaba: “No tengo esperanzas de que alguien responda a estas preguntas, pero cumplo mi deber haciéndolas. ¡Alégrate Izquierda, mañana llorarás!”.Y el año 2003, en una conferencia que dio en abril en el palacio de La Moneda, en Santiago, llamaba a repensar la democracia: “En un mundo que se ha habituado a discutir sobre todo, sólo una cosa no se discute, la democracia. Melifluo y monacal como era su estilo retórico, Salazar, el dictador que gobernó a mi país durante más de cuarenta años, pontificaba: ‘No discutimos a Dios, no discutimos la patria, no discutimos la familia’. Hoy discutimos a Dios, discutimos la patria y discutimos la familia porque ella se está discutiendo a sí misma. Pero no discutimos la democracia. Y digo yo: discutámosla, señoras y señores, discutámosla en todas las horas, en todos los foros, porque si no lo hacemos a tiempo, si no descubrimos la manera de reinventarla, sí, de reinventarla, no será sólo la democracia la que se pierda, también se perderá la esperanza de ver un día respetados en este infeliz planeta los derechos humanos. Y ése sería el gran fracaso de nuestra época, la señal de traición que marcaría para siempre jamás el rostro de la humanidad que ahora somos”.Y en eso de discutir a Dios y la religión, Saramago no cedía terreno, consideraba a la Biblia como un inventario de atrocidades. Escribió: “La Biblia es una manual de malas costumbres, crueldad, incestos, carnicerías. Según un científico que los contó hay cerca de un millón 700 mil cadáveres en este libro”. Y en la presentación de su libro Caín, a fines de 2008, no tuvo empacho en decir: “Estamos hundidos en la mierda del mundo y no se puede ser optimista. El que es optimista o es estúpido, o insensible o millonario”.Cuando recibió el Premio Nobel, Mario Benedetti, que era amigo suyo, declaró sobriamente: “José Saramago es uno de los creadores notables que ha dado este siglo que nos deja y no sólo de la desatendida lengua portuguesa, sino de la universal lengua del hombre”. Seguramente, por innecesario, no quiso añadir que Saramago era también una gran persona.
HERNAN SOTO(Publicado en “Punto Final”, edición 713, 9 de julio, 2010)Suscríbase a PFpunto@interaccess.clwww.puntofinal.clwww.pf-memoriahistorica.org
Murió en Lanzarote, una isla con nombre de caballero andante, adonde se fue a vivir cuando en Portugal le censuraron sus libros. Recibió, sin embargo, honores de Estado en sus funerales en Lisboa, que seguramente le habrían molestado aunque posiblemente le pareciera bien que los mandamases de su país tuvieran que reconocer sus méritos.José Saramago murió a los 87 años, escribiendo siempre y no negando opiniones que decía con inesperada franqueza en un mundo acostumbrado a las contemplaciones y disimulos. Cuando recibió el Premio Nobel, en 2008, la voz del Vaticano lo calificó de “anticristiano” y “comunista recalcitrante”. Saramago no guardó silencio: “El Vaticano se escandaliza fácilmente por los demás y no por sus propios escándalos (...). Yo sólo le digo al Vaticano que siga con sus oraciones y deje a los demás en paz. Tengo un profundo respeto por los creyentes, pero no por la institución de la Iglesia. El cristianismo nos enseñó a amarnos los unos a los otros. Yo no tengo la intención de amar a todo el mundo, pero sí de respetar a todo el mundo”.Su vida fue singular. Nació el 16 de noviembre de 1922 en una familia pobre, sus abuelos eran campesinos muy modestos de la zona de Azinhaga, donde la vida es tan dura que en las noches se llevan a la cama los lechoncillos para que no mueran congelados y se pierda la principal riqueza con que cuentan. En Lisboa no alcanzó siquiera a terminar los estudios secundarios y debió estudiar cerrajería en una escuela industrial. Trabajó en eso y en sus ratos libres escribía, poesía especialmente. Hasta que pensó que no estaba diciendo nada nuevo y debía quedarse callado. Trabajó más tarde en una editorial y también en varios diarios, donde se acostumbró a la exposición directa y clara, que después siguió usando como segunda lengua. Mientras, en literatura buscaba una expresión nueva y abarcadora que diera cuenta de las complejidades del ser humano y el mundo, y de los distintos ámbitos de la conciencia y la realidad. Entretanto, Portugal sufría la dictadura de Antonio de Oliveira Salazar, un fascista clerical que gobernó más de 40 años, hasta 1968, con represión, policía secreta, censura, control de las costumbres y una permanente sangría de hombres y recursos que eran desviados a Angola y Mozambique para asegurar el régimen colonial. Sólo en los años sesenta Saramago consideró la posibilidad de publicar en serio. Se sentía seguro de sí mismo, como si hubiera terminado un largo aprendizaje. En su discurso de recepción del Premio Nobel, agradeció a sus padres y a sus abuelos, sabios a pesar de ser analfabetos, y también a sus personajes de ficción. “Ahora soy capaz de ver con claridad quienes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y mujeres hechos de papel y tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo a mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía”.Saramago fue uno de esos autores que llaman de inmediato la atención, no sólo por los contenidos, notoriamente originales y polémicos, especialmente los de corte religioso como El Evangelio según Jesucristo y Caín, sino también por la forma de su escritura, compleja, abrumadora a veces, con predominio de las frases largas, encabalgadas, en un lenguaje untuoso, lleno de matices y en el cual la puntuación casi no se nota. Saramago fue una muestra de que a pesar de la oscuridad salazarista la cultura en Portugal había mantenido su fuerza y resucitaba con una energía sorprendente como lo demostraron después Antonio Lobo Antunes, novelistas y poetas, músicos y cineastas todos jóvenes, aunque se incluye entre éstos al casi centenario Manoel Oliveira. Portugal vivió en 1974 la apasionante “revolución de los claveles”, con el apoyo de militares jóvenes que se sumaron a las fuerzas democráticas. Esto significó el término de la dictadura del sucesor de Salazar, la liberalización del país y la desintegración del “imperio colonial” africano, con la independencia de Mozambique, Angola, Cabo Verde y otras posesiones.En 1982, Saramago publicó la novela satírica Memorial del convento, ambientada en el siglo XVIII, y dos años más tarde, El año de la muerte de Ricardo Reis, en que hizo dialogar al gran poeta portugués Fernando Pessoa, fallecido en 1938, con su heterónimo Ricardo Reis, teniendo como telón de fondo la vieja Lisboa. Siguieron otros libros, entre ellos el Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres y en 2009, El viaje del elefante. A la vez escribía artículos periodísticos, ensayos y daba conferencias.Saramago fue decididamente un hombre de Izquierda, militante de ese Partido Comunista de heroica lucha contra Oliveira Salazar y sus aliados, ejemplificada en su líder Alvaro Cunhal, preso durante largo tiempo en las cárceles del fascismo.Polémico, francote, excesivo a veces, Saramago se definía como un comunista libertario. Sus críticas al neoliberalismo y a la conciliación de los partidos socialistas europeos eran demoledoras. En 1998 preguntaba: “¿Piensa la Izquierda que sus ideas (si aún las tiene) de socialismo o de socialdemocracia son compatibles con la libertad total de maniobra de las multinacionales y de los mercados financieros, reduciendo al Estado a meras funciones de administración corriente y a los ciudadanos a consumidores y clientes, tanto más dignos de atención cuanto más consuman y más dócilmente se comporten?”. Y agregaba: “No tengo esperanzas de que alguien responda a estas preguntas, pero cumplo mi deber haciéndolas. ¡Alégrate Izquierda, mañana llorarás!”.Y el año 2003, en una conferencia que dio en abril en el palacio de La Moneda, en Santiago, llamaba a repensar la democracia: “En un mundo que se ha habituado a discutir sobre todo, sólo una cosa no se discute, la democracia. Melifluo y monacal como era su estilo retórico, Salazar, el dictador que gobernó a mi país durante más de cuarenta años, pontificaba: ‘No discutimos a Dios, no discutimos la patria, no discutimos la familia’. Hoy discutimos a Dios, discutimos la patria y discutimos la familia porque ella se está discutiendo a sí misma. Pero no discutimos la democracia. Y digo yo: discutámosla, señoras y señores, discutámosla en todas las horas, en todos los foros, porque si no lo hacemos a tiempo, si no descubrimos la manera de reinventarla, sí, de reinventarla, no será sólo la democracia la que se pierda, también se perderá la esperanza de ver un día respetados en este infeliz planeta los derechos humanos. Y ése sería el gran fracaso de nuestra época, la señal de traición que marcaría para siempre jamás el rostro de la humanidad que ahora somos”.Y en eso de discutir a Dios y la religión, Saramago no cedía terreno, consideraba a la Biblia como un inventario de atrocidades. Escribió: “La Biblia es una manual de malas costumbres, crueldad, incestos, carnicerías. Según un científico que los contó hay cerca de un millón 700 mil cadáveres en este libro”. Y en la presentación de su libro Caín, a fines de 2008, no tuvo empacho en decir: “Estamos hundidos en la mierda del mundo y no se puede ser optimista. El que es optimista o es estúpido, o insensible o millonario”.Cuando recibió el Premio Nobel, Mario Benedetti, que era amigo suyo, declaró sobriamente: “José Saramago es uno de los creadores notables que ha dado este siglo que nos deja y no sólo de la desatendida lengua portuguesa, sino de la universal lengua del hombre”. Seguramente, por innecesario, no quiso añadir que Saramago era también una gran persona.
HERNAN SOTO(Publicado en “Punto Final”, edición 713, 9 de julio, 2010)Suscríbase a PFpunto@interaccess.clwww.puntofinal.clwww.pf-memoriahistorica.org
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