martes, septiembre 28, 2010

ley de medios audiovisuales para democratizar la informacion

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Por Ricardo Forster
Neoliberalismo, medios de comunicación y democracia
23-09-2010 /
Ricardo Forster“El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice nada más que esto: ‘Lo que aparece es bueno, lo bueno es lo que aparece’. La actitud que por principio exige es esa aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho gracias a su manera de aparecer sin réplica, gracias a su monopolio de las apariencias.” Guy Debord En el mismo momento histórico en el que caía el Muro de Berlín y se desplomaba como un castillo de naipes el sistema soviético, cuando casi atónitos contemplamos la apertura de una época que de un modo arrollador se deshacía de imágenes, lenguajes políticos, ideologías y prácticas que habían convulsionado y apasionado durante más de un siglo a hombres y mujeres de las geografías más diversas y distantes, lo que emergió como exponente de una nueva época del mundo fue la forma neoliberal del capitalismo tardío. Las últimas décadas del siglo XX estuvieron atravesadas por la hegemonía de un discurso que se ufanaba de haber concluido, de una vez y para siempre, con las disputas ideológicas al mismo tiempo que afirmaba la llegada de un tiempo articulado alrededor de la economía de mercado y de la democracia liberal. Fin de la historia y muerte de las ideologías para desplazarse, ahora, por los espacios rutilantes del consumo, el reino de las mercancías y el goce hedonista. Los escenarios, ya antiguos, de las conflictividades políticas y sociales serían pacientemente reconstruidos en los nuevos museos temáticos, sitios interactivos en los que el visitante de estos tiempos poshistóricos podría contemplar aquello que sucedía en los días ideologizados. La paz del mercado desplazó, eso se anunció a los cuatro vientos, las oscuras turbulencias de una historia dominada por el conflicto y la intransigencia de los incontables, de esas masas anónimas, oscuras y resentidas que regresarían a ese sitio del que nunca debieron haber salido. Las tradiciones del igualitarismo fueron a parar al vertedero de la historia. Hizo su aparición triunfal el nuevo ciudadano-consumidor, figura arquetípica de un clivaje hiperindividualista en el interior de la sociedad, ese que se desplazaría con fervor de iniciado por los santuarios de las metrópolis contemporáneas: los shopping centers. Pero lo que también comenzó a ser desmontado, junto con el vertiginoso giro de la economía de producción a la economía de especulación, fue el imaginario social que acompañó el tiempo del capitalismo bienestarista, aquel que hizo, a partir de la segunda posguerra, del Estado un referente insustituible a la hora de articular las relaciones entre el capital y el trabajo (del New Deal rooseveltiano, pasando por nuestra experiencia de un Estado de Bienestar bajo el primer peronismo hasta llegar a la edad de oro del bienestarismo socialdemócrata europeo, ese modelo fue lo propio de un largo período de la histo ria del siglo XX que sería brutalmente desmontado por el neoliberalismo allí donde inició su derrumbe el modelo, ya fracasado desde tiempo antes, del socialismo autoritario de la URSS, dejándole al capital, de todos modos, las manos libres para convertirse en el amo de la nueva situación mundial). El pasaje de la metáfora fabril a la metáfora financiera (adiós a las chimeneas y a los sindicatos, bienvenidos los yuppies de Wall Street, las carteras de inversores, la flexibilización laboral y el trabajo basura), vino a expresar la bancarrota de prácticas que remitían a una época esclerosada; puso en evidencia que estábamos en presencia de una mutación fundamental del capitalismo, y que esa mutación no iba a detenerse hasta resemantizar la totalidad de los lenguajes sociales, económicos, políticos y culturales. Dicho de otra manera: el neoliberalismo, su lógica más profunda y decisiva, se dirigía hacia una transformación revolucionaria del conjunto de la vida social. En esa tarea de desmontaje de las viejas formas de vida y de representación, seguida de la construcción de una nueva subjetividad entramada con las demandas de la economía global de mercado, ocuparían un lugar central y privilegiado los grandes medios de comunicación. Pensar el neoliberalismo es interrogar por ese maridaje extraordinario entre mercancía e imagen, entre mercado y lenguaje mediático; es tratar de comprender el fenomenal proceso de culturalización de la política y de estetización de todas las esferas de la vida. Una de las derivaciones de este proceso ha sido la expropiación de la política, y su consiguiente vaciamiento, por el lenguaje de los medios de comunicación. 2. Lo que el filósofo francés Guy Debord, con anticipación genial –allá por los años sesenta–, había denominado la “sociedad del espectáculo”, aquella que se desplazaba hacia el dominio pleno y escenográfico de la pasión consumista y de sus “paraísos artificiales”, transformando a los seres humanos en espectadores cada vez más pasivos del verdadero sujeto de la época, la mercancía, constituyó lo propio de la travesía neoliberal. Se trató de una apropiación, por parte del capitalismo, de las fantasías y los deseos al mismo tiempo que se expandía planetariamente la industria del espectáculo, y la cultura, adecuada a los lenguajes audiovisuales y a su enorme capacidad de penetración, se convertía en una mercancía clave para la producción de una nueva humanidad. Lo que había prefigurado Hollywood desde los años treinta y cuarenta, mostrándose como la avanzada brillante, innovadora y compleja de la americanización del mundo, señalando la importancia decisiva de la industria del espectáculo como vanguardia en la construcción de los nuevos imaginarios sociales, terminó siendo la materia prima a partir de la que el neoliberalismo logró naturalizar sus valores y sus intereses. Es inimaginable el despliegue planetario, global, del capitalismo financiero-especulativo, su capacidad para volverse hegemónico, sin ese rol decisivo de los medios de comunicación. Por esas paradojas de la historia, los primeros que se dieron cuenta de la monumental importancia de las nuevas tecnologías de la comunicación y su relación directa con la política fueron los regímenes fascistas. Mussolini en Italia y Hitler y Goebbels en Alemania capturaron con maestría mefistofélica los poderes que emergían de la radiofonía. Con el giro de los acontecimientos, y una vez derrotado el totalitarismo, las triunfantes democracias occidentales se apropiarían con igual fervor de los potenciales propagandísticos y generadores de imaginarios social-culturales, que se guardan en los medios de comunicación de masas. La política quedó atrapada en esa lógica discursiva e iconográfica al mismo tiempo que la estetización y espectacularización emanadas de los recursos propios de esos lenguajes contaminaban casi todas las esferas de la vida cotidiana. La astucia genial del sistema fue proyectar en la compleja trama a la que llamamos sociedad (transformada, por los mismos medios, en “opinión pública”) la imagen de que la corporación mediática era portadora de independencia, autonomía y capacidad crítica al mismo tiempo que garantizaba la libertad de expresión. Lo que se logró fue invisibilizar los lazos esenciales que vinculaban y vinculan a estas empresas con los intereses económicos dominantes. El neoliberalismo, como ideología del capitalismo tardío, comprendió que no era posible garantizar una profunda transformación económica si, al mismo tiempo, no se cambiaba la manera de mirar el mundo y de comprender la realidad. De lo que se trató es de la intensiva producción de un nuevo sentido común. Más allá de la sobrevaloración, siempre discutible, que se pueda hacer del papel de las corporaciones mediáticas como definidoras de la opinión pública y como constructoras decisivas del sentido común, lo cierto es que ocupan un lugar destacadísimo en la estrategia de dominación del neoliberalismo. Son un factor sin el cual le sería muy difícil, a esa ideología, transformar sus intereses particulares en intereses del conjunto de la sociedad, mutando prácticas egoístas y exclusivamente ligadas al lucro y la rentabilidad en valores naturalizados en el interior de las conciencias. La proliferación de los lenguajes audiovisuales, su profundo arraigo en la intimidad de la vida cotidiana, exigen, de la misma sociedad, una indispensable herramienta que le permita legislar adecuadamente impidiendo que la tendencia a la concentración y a la monopolización haga del espectro comunicacional una incansable repetición del sentido común neoliberal. Entre la ideología y el mito, los lenguajes emanados de la corporación mediática apuntalaron el despliegue de nuevas formas de la subjetividad adheridas al reino de valores de un capitalismo que se leyó a sí mismo como la estación final y consumada de la historia. De ahí, entonces, la crucial importancia que adquirieron, en términos de una ampliación de la circulación democrática de la comunicación y la información, los debates que, en torno a la nueva Ley de Servicios Audiovisuales, se llevaron a cabo en gran parte del país y que luego encontraron en el Congreso de la Nación una poderosa caja de resonancia. Lo medular de la disputa político-cultural se jugó y se sigue jugando en estas discusiones, no porque una ley vaya a garantizar una espontánea transformación de los valores reinantes sino porque, al menos, logrará impedir que sigan proliferando los monopolios y abrirá el juego para que otros actores entren en la conversación. De eso se trata, entre otras cosas, la democracia. Dicho de otro modo: en una sociedad atravesada de lado a lado por los lenguajes de la comunicación y la información resulta inimaginable que ese campo abrumador y decisivo permanezca al margen de las grandes disputas político-culturales. En el interior de ese mundo en el mundo se despliegan imágenes, ideas, proyectos, lenguajes, formas de la sensibilidad, mitos que se entraman capilarmente en la cotidianidad de nuestras vidas. Leerlos desde la inocencia o creyendo que en su interior se privilegian centralmente los modos de la diversidad y la pluralidad constituye, a estas alturas de la travesía argentina y mundial, un desplazamiento del eje de la discusión hacia la más crasa complicidad con los factores de poder que se manifiestan en los núcleos duros y concentrados de los medios masivos de comunicación. La búsqueda, tal vez ilusoria pero imprescindible, de una mayor democratización en la distribución y producción de la comunicación es un desafío de primera magnitud a la hora de imaginar un giro más participativo y plural. El poder corporativo lo sabe y, por eso, va con todas sus armas contra un proyecto de servicios audiovisuales que viene a amenazar su hegemon

miércoles, septiembre 08, 2010

la clase media argentina y van...

ORGULLO Y PREJUICIO. LA CLASE MEDIA ARGENTINA. ESCRIBE LA ESCRITORA ALICIA DUJOVNE ORTIZLA GUERRA DE LA SOJA Y EL COMPORTAMIENTO ARGETINO.
Hace unos años tuve el honor de hablar en una universidad norteamericana, justo después de Rigoberta Menchú. La dirigente guatemalteca dedicó íntegramente la hora que le habían asignado para tronar contra las mujeres blancas latinoamericanas de clase media, incapaces de solidaridad para con sus hermanas indígenas. Cuando me llegó el turno de empezar mi discursito, no tuve más remedio que presentarme como una mujer blanca latinoamericana de clase media, cosa que hizo reír no sólo a los estudiantes, sino también a Rigoberta. Con todo, aún me llevó un tiempito darme cuenta de que la clase media, femenina o no, se define justamente por eso, su falta de solidaridad. Es una clase que en la Argentina se podría caracterizar a partir de dos rasgos prominentes, la infidelidad a sus orígenes sociales y el entrañable apego a sus orígenes étnicos.El detonador que me permitió llegar a esta obvia comprobación fue la guerra de la soja, desencadenada cuando el gobierno argentino intentó aplicar las retenciones. Si Rigoberta hubiera visto las fotografías de nuestras porteñas medio pelo, uniformemente teñidas de rubio y con la escarapela y el sombrero de gaucho en defensa del “campo”, se habría reafirmado en su idea: la solidaridad de esas blancas de clase media no se dirigía para nada a sus hermanas del Norte, echadas de sus campitos por el avance de la planta asesina, no. Era una solidaridad soñada, imaginaria y fantasmal para con los grandes propietarios de una tierra que ellas mismas, con suerte, habían visto desde el tren, pero que formaba parte de sus más fervientes deseos.Entre las fantasías de esa batalla cerealera figuraba, por supuesto, la pampa gringa. Envueltos en los colores patrios y sacando panza virilmente ante la adversidad, los bien alimentados revolucionarios, calcados en el modelo De Angeli, el de chacarero buenazo y campechano, se subían al tractor para defender, heroicos, a sus hermanos estancieros. La oleada patriótica iba acompañada por una fuerte presencia física que Rigoberta, de haber visto las fotos, habría captado en un relámpago. Quienes enarbolaban la bandera como sumándola a sus propiedades eran los descendientes (blancos) de dos clases de argentinos: los que poseen dichas propiedades porque sus antepasados las obtuvieron a fuerza de oreja (de indio), y los que las poseen porque el gringo, en efecto, llegó con el monito al hombro y trabajó duro. Hermosa historia, esta última, que lo sería aún más si quienes descienden de la nave no se aliaran con quienes descienden de la matanza, alianza contranatura que quizás al abuelo laburante le hubiera hecho poca gracia.Volviendo a los cacerolazos pro-soja, esa presencia corporal fuertemente acentuada contenía un mensaje muy claro: todo gobierno y formación política que, mal o bien, defiendan a quienes no descienden del barco sino del indio que logró conservar su oreja, serán objeto de un odio cuya ferocidad e irracionalidad nos dejarán perplejos, mientras no hayamos determinado dónde están su cogollo, su núcleo o su corazón. ¿Dónde? Por si no se ha entendido, en el tono de piel.Haber alcanzado una edad provecta me permite recordar el momento en que la clase media de Buenos Aires descubrió la verdad: nos habían engañado vilmente, no éramos el Canadá. La escena transcurre en Plaza Italia, alrededor de 1950. Cinco años antes, el aluvión zoológico ha invadido Buenos Aires para elevar a Perón a un rango que a él mismo lo aterra un poco. Y este domingo memorable, ese mismo aluvión picniquea tranquilamente sobre el pastito, bajo la estatua de Garibaldi, mientras mis tías, a las que podría caracterizar como de clase media con veleidades (¿pero acaso hay clase media que no las tenga?), se sorprenden del espectáculo. De no creer: una punta de tapes peloduro, con jopo engominado y anteojos de sol (primera compra indispensable al pisar la Capital), y de chinas con las piernas sembradas de picaduras violetas, aceptadas, vaye y pase, como mucamas, frente a la escasez de gallegas que han ido pelechando, pero inadmisibles arriba de ese pasto sagrado. A partir de aquel día, no hubo conversación familiar que no girara alrededor de dos temas: los errores de lenguaje de Evita que decía caiga quien caiga y no quien cayere, y los cabecitas que nos agreden con su presencia en pleno asfalto. Sesenta años después, ni mi vecino gallego ni los múltiples choferes de taxi a los que todavía, sacrificadamente, presto oídos, se asombran de ver negros, pero afirman que a las negras hay que juntarles las trompas para que no sigan pariendo así.Vivo desde hace más de treinta años en un pais xenófobo, Francia, donde la clase media aprueba a Sarkozy porque carga a los malianos en vuelos charter rumbo a Mali y expulsa a los gitanos rumbo a su no país. Como nación reciente que somos, nosotros nos hemos inventado una variante, la autoxenofobia o fobia al autóctono. El aludido chiste de clase media, ese del argentino que desciende del barco, expulsa de nuestra historia al habitante original, a falta de poder expulsarlo de veras (a menos que se considere la sojización del territorio como una nueva Campaña del Desierto). En eso somos coherentes: nuestro país empezó desembarazándose de sus habitantes bronceados, como diría Berlusconi, y abriendo los brazos a la inmigración carapálida. En la base de nuestra creación está el racismo.Tras haber cargado las tintas, conviene matizar: la clase media argentina, nacida de ese llamamiento racista, oculta un miedo y una angustia que le confieren interesantes posibilidades. Se acuerda de la miseria pasada, porque el abuelo se lo ha contado, y teme la miseria por venir. Aun a riesgo de reiterar el sonsonete, es una clase económica y culturalmente productiva. De la clase alta, superficial, tilinga y egoísta, hay poco que esperar: nunca ha temido nada, nunca se ha angustiado por nada, posee lo suyo como por derecho divino y seguirá manejando gobiernos para evitar el mínimo peligro de reforma agraria. La clase baja o el pueblo son indiscutiblemente lo mejor que tenemos en la Argentina, como decía el General, pero habrá que esperar a que consiga ser escuchada. Dentro de ese panorama, el presente sigue siendo de clase media, incluyendo dentro de esa categoría a los desclasados que son su flor y nata porque, en el camino hacia la inteligencia, salirse de su clase es un paso esencial.Este diario me ha pedido una nota sobre el comportamiento de la clase media argentina en tiempo de crisis. No es que añore ni pronostique una crisis mayor como la de 2001, pero confieso que nunca me cayó tan bien esa clase en su conjunto como aquella vez. La perspectiva de ir a parar a la Villa la volvía súbita y universalmente solidaria, lo cual confirmaba las intuiciones de los partidarios del decrecimiento, que comparto por entero: sólo una buena crisis reveladora del fin de este sistema será capaz de movilizar a los que aún ignoran los signos de la agonía.El comportamiento lúcido y generoso, anunciador de una muerte soñada (la del capitalismo, por si de nuevo no se ha entendido), habrá durado un mes; todavía tenemos mucho Macri, mucho De Narváez, mucho facineroso por delante; y los choferes de taxi aún proclamarán sus funestas intenciones, no de matar a los negros de un saque sino de cortarlos en rebanadas. Pero el chispazo tuvo lugar, y a su recuerdo me aferro cuando la desazón ante un fascismo inconsciente de sí mismo, casi inocente a fuerza de ser visceral, me hace pensar que nunca debí presentarme a mí misma como una mujer blanca latinoamericana de clase media. Nunca, ni en broma, ni para no perderme la ocasión de hacer reír a mi admirada Rigoberta Menchú.Por Alicia Dujovne Ortiz, escritora Fuente: Miradas al SurMás información: www.elargentino.com















































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domingo, septiembre 05, 2010

articulo de luis fiori Centroizquierda Requiescat in pace

Fue el día 5 de febrero de 1998, cuando el ex primer ministro inglés, Tony Blair, anunció en Washington, junto con el ex presidente Bill Clinton, la decisión de convocar a una reunión internacional para discutir y actualizar la socialdemocracia, creando un movimiento que fue llamado la "tercera vía" o "gobernanza progresiva". En aquél momento, brillaba la estrella del nuevo líder inglés, quien recién había sido nombrado y consiguió reunir, sucesivamente, en Florencia, Washington y Londres a Bill Clinton, Lionel Jospin, Gerhard Schröeder, Massimo D'Alema, Fernando H. Cardoso y Ricardo Lagos, entre otros gobernantes e intelectuales ligados de una forma u otra a la socialdemocracia europea o al partido demócrata norteamericano. El proyecto común era construir un nuevo programa que adecuase la vieja socialdemocracia a las nuevas ideas y políticas neoliberales, hegemónicas en las últimas décadas del Siglo XX. El resultado fue una jalea ideológica, con propuestas extremadamente vagas e imprecisas, que mal ocultaban su núcleo duro inclinado hacia la apertura, la desregulación y la desestatización de las economías nacionales, y hacia un "prologement vaguement social de la révolution thatcheriste" [ la continuidad vagamente social de la revolución thatcherista], como caracterizó en la época la revista francesa Nouvelle Observateur.

Quiérase o no, las ideas y los partidos socialistas y socialdemócratas dieron una contribución decisiva a la historia del Siglo XX, en particular a la creación del "Estado de bienestar social", después de la II Guerra Mundial. Pero en la década del '80, la socialdemocracia perdió aliento político y terminó perdiendo su propia identidad ideológica asfixiada por la gran "restauración" liberal conservadora de Margareth Thatcher y Ronald Reagan. Esto ocurrió en la España de Felipe González, en la Francia de François Mitterand, en la Italia de Bettino Craxi, y también en la Grecia de Andreas Papandreu. En los años '90, entretanto, este movimiento adquirió otra densidad e importancia con la victoria demócrata de Bill Clinton en Estados Unidos y del laborismo de Tony Blair, en Inglaterra.

En América Latina la historia fue un poco diferente, porque las nuevas políticas neoliberales aparecieron – en los años ´80 – asociadas a la renegociación de la deuda externa del continente, como si fuesen apenas un problema de política económica. Y fue sólo en Chile y en Brasil que la propuesta de la "tercera vía" tuvo una repercusión importante durante la década del ´90. En el caso de Chile, con la formación de la alianza entre socialistas y demócratas cristianos y, en particular, durante el gobierno de Ricardo Lagos (2000-2006), que adhirió personalmente al proyecto liderado por los anglo-sajones. Y, en el caso de Brasil, con la formación del Partido de la Socialdemocracia brasileña (PSDB), con la participación activa del presidente Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), en la formulación de las ideas y en las reuniones del movimiento, al lado de Tony Blair y Hill Clinton.

La "tercera vía" tuvo una vida muy corta. Tal vez por causa de la superficialidad y artificialidad de sus ideas, tal vez porque sus líderes más importantes terminaron siendo derrotados en las urnas o pasaron a la historia como grandes fracasos o bluffs político-ideológicos. Como en el caso del iniciador del movimiento, el ex primer ministro Tony Blair, que fue apartado de la dirección laborista en 2007 y se transformó en el enemigo número uno de la prensa y de la mayoría de la opinión pública inglesa, bajo la acusación de haber mentido para justificar la intervención de su país en la Guerra de Irak, además de encubrir casos de tortura por parte de sus tropas. Tony Blair fue sustituido por Gordon Brown, otro ideólogo de la "tercer vía" que terminó sufriendo una de las derrotas electorales más aplastantes de la historia del laborismo inglés.

Bill Clinton tampoco consiguió tener un sucesor y pasó a la historia como el símbolo del expansionismo imperial norteamericano, de la década de 1990, a despecho de su retórica "globalista" y democrática. Los demás participantes europeos del movimiento también tuvieron finales poco gloriosos, como fue el caso de Lionel Jospin, MassimoD´Alema y Gerhard Schröder; y hoy nadie más habla o recuerda, en Europa o en los Estados Unidos del proyecto de la "tercera vía". Sin embargo, este factóide anglo-norteamericano tuvo una sobrevida y sólo será enterrado en 2010 en América Latina. Primero, en Chile, después de la derrota electoral de la "Concertación" de Ricardo Lagos. Y luego en Brasil, con la probable derrota del partido socialdemócrata de Fernando Henrique Cardoso, en las elecciones presidenciales de este año. En los dos casos, lo que llama la atención no es la derrota en sí misma, es la anorexia ideológica de los dos últimos herederos de la "tercera vía". No se trata de incompetencia personal, ni de un problema de imagen, se trata del colapso final de un proyecto político-ideológico ecléctico y anodino que terminó de manera indigna: el proyecto del neoliberalismo socialdemócrata. ¡Que descanse en paz!

José Luis Fiori, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica en la Universidad Federal de Río de Janeiro.

Traducción para www.sinpermiso.info: Carlos Abel Suárez
sinpermiso electrónico se ofrece semanalmente de forma gratuita. No recibe ningún tipo de subvención pública ni privada, y su existencia sólo es posible gracias al trabajo voluntario de sus colaboradores y a las donaciones altruistas de sus lectores. Si le ha interesado este artículo, considere la posibilidad de contribuir al desarrollo de este proyecto político-cultural realizando una DONACIÓNo haciendo una SUSCRIPCIÓNa laREVISTA SEMESTRAL impresa.
Carta Maior-SinPermiso , 1 septiembre 2010





Fue el día 5 de febrero de 1998, cuando el ex primer ministro inglés, Tony Blair, anunció en Washington, junto con el ex presidente Bill Clinton, la decisión de convocar a una reunión internacional para discutir y actualizar la socialdemocracia, creando un movimiento que fue llamado la "tercera vía" o "gobernanza progresiva". En aquél momento, brillaba la estrella del nuevo líder inglés, quien recién había sido nombrado y consiguió reunir, sucesivamente, en Florencia, Washington y Londres a Bill Clinton, Lionel Jospin, Gerhard Schröeder, Massimo D'Alema, Fernando H. Cardoso y Ricardo Lagos, entre otros gobernantes e intelectuales ligados de una forma u otra a la socialdemocracia europea o al partido demócrata norteamericano. El proyecto común era construir un nuevo programa que adecuase la vieja socialdemocracia a las nuevas ideas y políticas neoliberales, hegemónicas en las últimas décadas del Siglo XX. El resultado fue una jalea ideológica, con propuestas extremadamente vagas e imprecisas, que mal ocultaban su núcleo duro inclinado hacia la apertura, la desregulación y la desestatización de las economías nacionales, y hacia un "prologement vaguement social de la révolution thatcheriste" [ la continuidad vagamente social de la revolución thatcherista], como caracterizó en la época la revista francesa Nouvelle Observateur.

Quiérase o no, las ideas y los partidos socialistas y socialdemócratas dieron una contribución decisiva a la historia del Siglo XX, en particular a la creación del "Estado de bienestar social", después de la II Guerra Mundial. Pero en la década del '80, la socialdemocracia perdió aliento político y terminó perdiendo su propia identidad ideológica asfixiada por la gran "restauración" liberal conservadora de Margareth Thatcher y Ronald Reagan. Esto ocurrió en la España de Felipe González, en la Francia de François Mitterand, en la Italia de Bettino Craxi, y también en la Grecia de Andreas Papandreu. En los años '90, entretanto, este movimiento adquirió otra densidad e importancia con la victoria demócrata de Bill Clinton en Estados Unidos y del laborismo de Tony Blair, en Inglaterra.

En América Latina la historia fue un poco diferente, porque las nuevas políticas neoliberales aparecieron – en los años ´80 – asociadas a la renegociación de la deuda externa del continente, como si fuesen apenas un problema de política económica. Y fue sólo en Chile y en Brasil que la propuesta de la "tercera vía" tuvo una repercusión importante durante la década del ´90. En el caso de Chile, con la formación de la alianza entre socialistas y demócratas cristianos y, en particular, durante el gobierno de Ricardo Lagos (2000-2006), que adhirió personalmente al proyecto liderado por los anglo-sajones. Y, en el caso de Brasil, con la formación del Partido de la Socialdemocracia brasileña (PSDB), con la participación activa del presidente Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), en la formulación de las ideas y en las reuniones del movimiento, al lado de Tony Blair y Hill Clinton.

La "tercera vía" tuvo una vida muy corta. Tal vez por causa de la superficialidad y artificialidad de sus ideas, tal vez porque sus líderes más importantes terminaron siendo derrotados en las urnas o pasaron a la historia como grandes fracasos o bluffs político-ideológicos. Como en el caso del iniciador del movimiento, el ex primer ministro Tony Blair, que fue apartado de la dirección laborista en 2007 y se transformó en el enemigo número uno de la prensa y de la mayoría de la opinión pública inglesa, bajo la acusación de haber mentido para justificar la intervención de su país en la Guerra de Irak, además de encubrir casos de tortura por parte de sus tropas. Tony Blair fue sustituido por Gordon Brown, otro ideólogo de la "tercer vía" que terminó sufriendo una de las derrotas electorales más aplastantes de la historia del laborismo inglés.
Bill Clinton tampoco consiguió tener un sucesor y pasó a la historia como el símbolo del expansionismo imperial norteamericano, de la década de 1990, a despecho de su retórica "globalista" y democrática. Los demás participantes europeos del movimiento también tuvieron finales poco gloriosos, como fue el caso de Lionel Jospin, MassimoD´Alema y Gerhard Schröder; y hoy nadie más habla o recuerda, en Europa o en los Estados Unidos del proyecto de la "tercera vía". Sin embargo, este factóide anglo-norteamericano tuvo una sobrevida y sólo será enterrado en 2010 en América Latina. Primero, en Chile, después de la derrota electoral de la "Concertación" de Ricardo Lagos. Y luego en Brasil, con la probable derrota del partido socialdemócrata de Fernando Henrique Cardoso, en las elecciones presidenciales de este año. En los dos casos, lo que llama la atención no es la derrota en sí misma, es la anorexia ideológica de los dos últimos herederos de la "tercera vía". No se trata de incompetencia personal, ni de un problema de imagen, se trata del colapso final de un proyecto político-ideológico ecléctico y anodino que terminó de manera indigna: el proyecto del neoliberalismo socialdemócrata. ¡Que descanse en paz!

José Luis Fiori, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica en la Universidad Federal de Río de Janeiro.

Traducción para www.sinpermiso.info: Carlos Abel Suárez
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Carta Maior-SinPermiso , 1 septiembre 2010





sábado, septiembre 04, 2010

del blog de emir sader, un excelente articulo

28/08/2010
Esfera pública x esfera mercantil
O neoliberalismo é a realização máxima do capitalismo: transformar tudo em mercadoria. Foi assim que o capitalismo nasceu: transformando a força de trabalho (com o fim da escravidão) e as terras em mercadorias. Sua história foi a crescente mercantilização do mundo. A crise de 1929 - de que o liberalismo foi unanimemente considerado o responsável - gerou contratendências, todas antineoliberais: o fascismo (com forte capitalismo de Estado), o modelo soviético (com eliminação da propriedade privada dos meios de produção) e o keynesianismo (com o Estado assumindo responsabilidades fundamentais na economia e nos direitos sociais).O capitalismo viveu seu ciclo longo mais importante do segundo pós-guerra até os anos 70. Quando foi menos liberal, foi menos injusto. Vários países – europeus, mas também a Argentina – tiveram pleno emprego, os direitos sociais foram gradualmente estendidos no que se convencionou chamar de Estado de bem-estar-social.Esgotado esse ciclo, o diagnóstico neoliberal triunfou, voltando de longo refluxo: dizia que o que tinha levado a economia à recessão era a excessiva regulamentação. O neoliberalismo se propôs a desregulamentar, isto é, a deixar circular livremente o capital. Privatizações, abertura de mercados, “flexibilização laboral” – tudo se resume a desregulamentações.Promoveu-se o maior processo de mercantilização que a história conheceu. Zonas do mundo não atingidas ainda pela economia de mercado (como o ex-campo socialista e a China) e objetos de que ainda usávamos como exemplos de coisas com valor de uso e sem valor de troca (como a água, agora tornada mercadoria) – foram incorporadas à economia de mercado.A hegemonia neoliberal se traduziu, no campo teórico, na imposição da polarização estatal/privado como o eixo das alternativas. Como se sabe, quem parte e reparte fica com a melhor parte – privado – e esconde o que lhe interessa abolir – a esfera pública. Porque o eixo real que preside o período neoliberal se articula em torno de outro eixo: esfera pública/esfera mercantil.Porque a esfera do neoliberalismo não é a privada. A esfera privada é a esfera da vida individual, da família, das opções de cada um – clube de futebol, música, religião, casa, família, etc.. Quando se privatiza uma empresa, não se colocam as ações nas mãos dos indivíduos – os trabalhadores da empresa, por exemplo -, se jogam no mercado, para quem possa comprar. Se mercantiliza o que era um patrimônio público.O ideal neoliberal é construir uma sociedade em que tudo se vende, tudo se compra, tudo sem preço. Ao estilo shopping center. Ou do modo de vida norteamericano, em que a ambição de todos seria ascender como consumidor, competindo no mercado, uns contra os outros.O neoliberalismo mercantilizou e concentrou renda, excluiu de direitos a milhões de pessoas – a começar os trabalhadores, a maioria dos quais deixou de ter carteira de trabalho, de ser cidadão, sujeito de direitos -, promoveu a educação privada em detrimento da publica, a saúde privada em detrimento da pública, a imprensa privada em detrimento da pública.O próprio Estado se deixou mercantilizar. Passou a arrecadar para, prioritariamente, pagar suas dívidas, transferindo recursos do setor produtivo ao especulativo. O capital especulativo, com a desregulamentação, passou a ser o hegemônico na sociedade. Sem regras, o capital – que não é feito para produzir, mas para acumular – se transferiu maciçamente do setor produtivo ao financeiro, sob a forma especulativa, isto é, não para financiar a produção, a pesquisa, o consumo, mas para viver de vender e comprar papéis – de Estados endividados ou de grandes empresas -, sem produzir nem bens, nem empregos. É o pior tipo de capital. O próprio Estado se financeirizou.O neoliberalismo destruiu as funções sociais do Estado e depois nos jogou como alternativa ao mercado: se quiserem, defendam o Estado que eu destruí, tornando-o indefensável; ou venham somar-se à esfera privada, na verdade o mercado disfarçado.Mas se a esfera neoliberal é a esfera mercantil, a esfera alternativa não é a estatal. Porque há Estados privatizados, isto é, mercantilizados, financeirizados; e há Estados centrados na esfera pública. A esfera pública é centrada na universalização dos direitos. Democratizar, diante da obra neoliberal, é desmercantilizar, colocar na esfera dos direitos o que o neoliberalismo colocou na esfera do mercado. Uma sociedade democrática, posneoliberal, é uma sociedade fundada nos direitos, na igualdade dos cidadãos. Um cidadão é sujeito de direitos. O mercado não reconhece direitos, só poder de comprar, é composta por consumidores.Na esfera da informação, houve até aqui predomínio absoluto da esfera mercantil. Para emitir noticias era necessário dispor de recursos suficientes para instalar condições de ter um jornal, um rádio, uma TV. A internet abriu espaços inéditos para a democratização da informação.A democratização da mídia, isto é, sua desmercantilização, a afirmação do direito a expressar e receber informações pluralistas, tem que combinar diferentes formas de expressão e de mídia. A velha mídia é uma mídia mercantil, composta de empresas financiadas pela publicidade, hoje aderida ao pensamento único. Uma mídia composta por empresas dirigidas por oligarquias familiares, sem democracia nem sequer nas redações e nas pautas dos meios que a compõem.A nova mídia, por sua vez, é uma mídia barata nos seus custos, pluralista, crítica. O novo espaço criado pelos blogueiros progressistas faz parte da esfera pública, promove os direitos de todos, a democracia econômica, política, social e cultural. A esfera pública tem expressões estatais, não- estatais, comunitárias. Todas comprometidas com os direitos de todos e não com a seletividade e a exclusão mercantil.São definições a ser discutidas, precisadas, de forma democrática, aberta, pluralista, de um fenômeno novo, que prenuncia uma sociedade justa, solidária, soberana. A possibilidade com que estão comprometidos Dilma e Lula de uma Constituinte autônoma permite que se possa discutir e levar adiante processos de democratização do Estado, de sua reforma em torno das distintas formas de esfera pública, desmercantilizando e desfinanceirizando o Estado brasileiro.

del blog de emir sader, un excelente articulo

28/08/2010
Esfera pública x esfera mercantil
O neoliberalismo é a realização máxima do capitalismo: transformar tudo em mercadoria. Foi assim que o capitalismo nasceu: transformando a força de trabalho (com o fim da escravidão) e as terras em mercadorias. Sua história foi a crescente mercantilização do mundo. A crise de 1929 - de que o liberalismo foi unanimemente considerado o responsável - gerou contratendências, todas antineoliberais: o fascismo (com forte capitalismo de Estado), o modelo soviético (com eliminação da propriedade privada dos meios de produção) e o keynesianismo (com o Estado assumindo responsabilidades fundamentais na economia e nos direitos sociais).O capitalismo viveu seu ciclo longo mais importante do segundo pós-guerra até os anos 70. Quando foi menos liberal, foi menos injusto. Vários países – europeus, mas também a Argentina – tiveram pleno emprego, os direitos sociais foram gradualmente estendidos no que se convencionou chamar de Estado de bem-estar-social.Esgotado esse ciclo, o diagnóstico neoliberal triunfou, voltando de longo refluxo: dizia que o que tinha levado a economia à recessão era a excessiva regulamentação. O neoliberalismo se propôs a desregulamentar, isto é, a deixar circular livremente o capital. Privatizações, abertura de mercados, “flexibilização laboral” – tudo se resume a desregulamentações.Promoveu-se o maior processo de mercantilização que a história conheceu. Zonas do mundo não atingidas ainda pela economia de mercado (como o ex-campo socialista e a China) e objetos de que ainda usávamos como exemplos de coisas com valor de uso e sem valor de troca (como a água, agora tornada mercadoria) – foram incorporadas à economia de mercado.A hegemonia neoliberal se traduziu, no campo teórico, na imposição da polarização estatal/privado como o eixo das alternativas. Como se sabe, quem parte e reparte fica com a melhor parte – privado – e esconde o que lhe interessa abolir – a esfera pública. Porque o eixo real que preside o período neoliberal se articula em torno de outro eixo: esfera pública/esfera mercantil.Porque a esfera do neoliberalismo não é a privada. A esfera privada é a esfera da vida individual, da família, das opções de cada um – clube de futebol, música, religião, casa, família, etc.. Quando se privatiza uma empresa, não se colocam as ações nas mãos dos indivíduos – os trabalhadores da empresa, por exemplo -, se jogam no mercado, para quem possa comprar. Se mercantiliza o que era um patrimônio público.O ideal neoliberal é construir uma sociedade em que tudo se vende, tudo se compra, tudo sem preço. Ao estilo shopping center. Ou do modo de vida norteamericano, em que a ambição de todos seria ascender como consumidor, competindo no mercado, uns contra os outros.O neoliberalismo mercantilizou e concentrou renda, excluiu de direitos a milhões de pessoas – a começar os trabalhadores, a maioria dos quais deixou de ter carteira de trabalho, de ser cidadão, sujeito de direitos -, promoveu a educação privada em detrimento da publica, a saúde privada em detrimento da pública, a imprensa privada em detrimento da pública.O próprio Estado se deixou mercantilizar. Passou a arrecadar para, prioritariamente, pagar suas dívidas, transferindo recursos do setor produtivo ao especulativo. O capital especulativo, com a desregulamentação, passou a ser o hegemônico na sociedade. Sem regras, o capital – que não é feito para produzir, mas para acumular – se transferiu maciçamente do setor produtivo ao financeiro, sob a forma especulativa, isto é, não para financiar a produção, a pesquisa, o consumo, mas para viver de vender e comprar papéis – de Estados endividados ou de grandes empresas -, sem produzir nem bens, nem empregos. É o pior tipo de capital. O próprio Estado se financeirizou.O neoliberalismo destruiu as funções sociais do Estado e depois nos jogou como alternativa ao mercado: se quiserem, defendam o Estado que eu destruí, tornando-o indefensável; ou venham somar-se à esfera privada, na verdade o mercado disfarçado.Mas se a esfera neoliberal é a esfera mercantil, a esfera alternativa não é a estatal. Porque há Estados privatizados, isto é, mercantilizados, financeirizados; e há Estados centrados na esfera pública. A esfera pública é centrada na universalização dos direitos. Democratizar, diante da obra neoliberal, é desmercantilizar, colocar na esfera dos direitos o que o neoliberalismo colocou na esfera do mercado. Uma sociedade democrática, posneoliberal, é uma sociedade fundada nos direitos, na igualdade dos cidadãos. Um cidadão é sujeito de direitos. O mercado não reconhece direitos, só poder de comprar, é composta por consumidores.Na esfera da informação, houve até aqui predomínio absoluto da esfera mercantil. Para emitir noticias era necessário dispor de recursos suficientes para instalar condições de ter um jornal, um rádio, uma TV. A internet abriu espaços inéditos para a democratização da informação.A democratização da mídia, isto é, sua desmercantilização, a afirmação do direito a expressar e receber informações pluralistas, tem que combinar diferentes formas de expressão e de mídia. A velha mídia é uma mídia mercantil, composta de empresas financiadas pela publicidade, hoje aderida ao pensamento único. Uma mídia composta por empresas dirigidas por oligarquias familiares, sem democracia nem sequer nas redações e nas pautas dos meios que a compõem.A nova mídia, por sua vez, é uma mídia barata nos seus custos, pluralista, crítica. O novo espaço criado pelos blogueiros progressistas faz parte da esfera pública, promove os direitos de todos, a democracia econômica, política, social e cultural. A esfera pública tem expressões estatais, não- estatais, comunitárias. Todas comprometidas com os direitos de todos e não com a seletividade e a exclusão mercantil.São definições a ser discutidas, precisadas, de forma democrática, aberta, pluralista, de um fenômeno novo, que prenuncia uma sociedade justa, solidária, soberana. A possibilidade com que estão comprometidos Dilma e Lula de uma Constituinte autônoma permite que se possa discutir e levar adiante processos de democratização do Estado, de sua reforma em torno das distintas formas de esfera pública, desmercantilizando e desfinanceirizando o Estado brasileiro.