Notas al paso
Por JOSÉ LUIS DE DIEGO
Algunos periodistas dicen que en las últimas legislativas la campaña de los políticos fue pobre porque no hubo propuestas concretas. Que "la gente" quería escuchar proyectos que tiendan a solucionar los problemas de todos los días. Mentira. Ganaron los que menos argumentos expusieron y casi nadie pudo decir lo que pensaba porque hubo censura. Por lo general, se piensa en censura cuando un poder hegemónico acalla las voces opositoras o rebeldes; pero no me refiero a eso. Me refiero a la censura que se ejerce sobre el propio discurso, que es lo primero que recomiendan los publicistas: "No se le ocurra decir lo que en verdad piensa". Cuando Mauricio Macri dijo que creía que había que privatizar nuevamente Aerolíneas Argentinas y los fondos del sistema previsional, se armó un revuelo en su propio partido. ¿Cómo se le ocurría decir lo que pensaba? Ha dicho con razón el filósofo esloveno Salvoj Zizek: "El discurso populista conservador constituye, entonces, un buen ejemplo de un discurso de poder cuya eficacia depende del mecanismo de autocensura". Si soy un político elitista, puedo decir algo que deje conforme al 20% de la población, pero el 80% restante me repudiará. Si soy un dirigente populista, trataré de dejar conforme a la mayoría, aunque algunas minorías protesten. Pero, ¿y si no digo nada y dejo conforme a todo el mundo, precisamente porque no digo nada? He aquí el secreto del éxito, y ganaron los que aprendieron la lección: Carlos Reutemann, Francisco De Narváez, Julio César Cobos. Pero entonces, ¿nadie sabe lo que harán? Sí, porque el acuerdo del conservadurismo con sus votantes nunca es explícito, como si los candidatos hicieran un guiño cómplice y dijeran: "A pesar de que no diga nada, vótenme, porque ustedes saben muy bien lo que voy a hacer". Muchos votantes son expertos en este tema de la autocensura: son los que votan sin culpa y, al poco tiempo, afirman "yo no lo voté".
Trabajo propuesto para los encuestólogos. Pensemos en diversos conjuntos: "los arrepentidos de haber votado a Menem"; "los arrepentidos de haber votado a De La Rúa", "los arrepentidos de haber votado a Néstor o a Cristina", y los arrepentidos que vendrán. Mi hipótesis es que si intersectamos esos cuatro conjuntos (como hacíamos en la escuela), la zona de intersección (la gris o rayada) es mucho más grande que lo que suponemos. Si esto es así, la única explicación posible es que buena parte de los ciudadanos votan al que gana, o al que parece que va a ganar. Por eso es que se fraguan encuestas que afirman que el que va a ganar es uno y no los otros. Confieso que este fenómeno es para mí un enigma. O bien existe una pulsión casi futbolera: a mí me gusta ganar a lo que sea, y poder decir que voté al que ganó. O bien existe una perversión de tipo masoquista: me encanta arrepentirme y decir que me mintieron, que me defraudaron, que son todos iguales. Si no es así, ¿cuál sería el problema de haber votado a un partido que salió tercero o cuarto?
COMO SI NADA
Veo que los militares en Honduras exiliaron "de facto" al Presidente Zelaya. Un nuevo golpe militar en América Latina da escalofríos. Y ya escuchamos las advertencias de los gurúes neoliberales: se lo merecía porque era chavista. La típica sospecha sobre la víctima, como quienes atenúan la culpa de un violador: "Bueno, ella también era bastante loquita". De manera que defender un gobierno constitucional contra un golpe de Estado es ser chavista; es increíble cómo se ha regresado a la lógica de la guerra fría. A veces pienso que no hemos aprendido nada. Otra vez Zizek: "el populismo actual, lejos de constituir una amenaza al capitalismo global, resulta un producto propio de él". Son los enemigos que se necesitan, porque justifican sus acciones en la amenaza del otro, igual que el capitalismo global y el fundamentalismo étnico o religioso. Mientras tanto, ambos hacen suculentos negocios, gracias al miedo (o al odio) por el otro.
Leo que Bernie Ecclestone, el jerarca de la Fórmula 1, criticó a la democracia y elogió a Hitler por su eficiencia, porque "hacía que las cosas funcionasen". Un buen mensaje para quienes sostienen que hay que terminar con los debates ideológicos y ser pragmáticos, resolver los problemas de "la gente". Conviene, entonces, advertir que a veces los problemas de "la gente" se pueden solucionar enviando a "la gente" a una cámara de gas. Y hay que reconocer que en eso Hitler sí fue eficiente.
Formulemos una de las preguntas clásicas de la teoría política: ¿cómo pudo ser que en Alemania, uno de los países más desarrollados y más cultos de Europa, se hubiese incubado el huevo de la serpiente, esa maquinaria de terror y muerte que constituyó el nazismo? No lo sé. Pero, salvando las distancias, cuando veo a Berlusconi, ese magnate decadente, rodeado de prostitutas semidesnudas que cobran en euros, como si fuera una reencarnación del Nerón kitsch que difundió Hollywood; cuando leo que el régimen del magnate endurece las leyes contra los migrantes ilegales, contra los desheredados del mundo; cuando pienso que eso ocurre en un país incomparable que produjo al Dante y a Leonardo, los textos de Antonio Gramsci y el cine de Luchino Visconti, no hago más que preguntarme a dónde diablos hemos ido a parar. ¿Estaremos generando, casi inadvertidamente, otro huevo de la serpiente?
En los "Diarios" de Franz Kafka hay una anotación muy llamativa. El 2 de agosto de 1914 escribe: "Alemania declaró la guerra a Rusia. A la tarde, fui a la escuela de natación". Nadie puede pensar que en Kafka hay cinismo o indiferencia; lo que se pone en evidencia en esas dos líneas es el contraste entre la pequeñez del sujeto frente a la magnitud del horror. Se calcula que EEUU (sólo EEUU) invirtió ochocientos mil millones de dólares del tesoro público para rescatar a un puñado de entidades financieras que habían estafado a medio planeta; hace unos días, el noticiero informó que los pobres del mundo ya llegan a mil millones; y yo riego las plantas, como si nada.
dediego_jl@yahoo.com.ar
Publicado en Diario El Dia 2/8/2009
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